Nos encontramos en el pórtico del tercer milenio de la era cristiana, en los albores de un nuevo siglo caracterizado, sobre todo, por los avances de la ciencia y la técnica, por unos sistemas informáticos que nos permiten conocer en segundos lo que ocurre en cualquier lugar del mundo, que permite a los seres humanos comunicarse en mayor medida, una sociedad que produce y vende, donde la persona es más herramienta de trabajo y sujeto de consumo que un corazón que late y un alma que siente.
Y en esta realidad, de sociedad del bien-estar por encima del bien-ser, en este imperio de lo efímero como lo llama el sociólogo Gilles Lipovetsky, donde se acomoda la increencia y el hedonismo, llega de nuevo la Semana Santa, con sus imágenes sagradas, sus exornos florales, sus bordados, sus cortejos penitenciales, sus bandas de tambores y cornetas. Pero sobre todo, llega la Semana Santa cargada de fe en el Resucitado, de esperanza en el hombre. Viene la Semana Santa para hacernos presente otro código de valores, para dar otro sentido a la vida, el único que da plenitud y realiza al ser humano. No es un hecho histórico que conmemoramos anualmente; ni una fiesta cultural que nos trae unos días de vacaciones; es ante y sobre todo la expresión de la religiosidad de un pueblo, en cuyo seno se conforman y nutren las hermandades y cofradías, la expresión de una fe sencilla, no sofisticada, pero arraigada y profunda, como la fe de aquélla hemorroísa que toca el manto de Jesús, o del ciego o el cojo que pide la sanación al Nazareno.
Qué pensará esta sociedad ante los Crucificados que mueren perdonando o los Divinos Maniatados por el pecado del hombre ó las Dolorosas de amor quebradas; pero sobre todo qué pensará ante miles de hombres y mujeres que se movilizarán en nuestra ciudad para acompañar con veneración, devoción y respeto a Cautivos y Nazarenos, junto a sus Vírgenes en la mayor concentración social que cada año se repite; qué decir ante los pies descalzos que andarán en plegaria las calles de la ciudad; ante los rostros anónimos bajo el cubrerrostro; ante el sudor del generoso esfuerzo costalero; ante las cruces portadas sobre cuerpos frágiles....
Los cofrades caminamos en las sociedad de hoy, pero con otro paso, otras miras, con otro sentido, concibiendo al ser humano como hermano, como imagen y semejanza de Dios más que por su valor productivo; poniendo nuestra esperanza en la gracia del Padre; realizándonos en plenitud con la vivencia de nuestra fe. Así, la vida florece y tiene sentido. Esa proclamación de fe sentida, ese anuncio evangélico del amor por encima de todo, esa catequesis plástica de la imaginería, del testimonio de miles de cofrades, y esa forma de expresión fecunda y barroca que penetra por los sentidos, es nuestra Semana Santa.
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