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Home Conversaciones bajo la Señora

Conversaciones

Mes de Mayo

Queridos cofrades: ¿Cómo nos va este periodo pascual? Que la Virgen María nos consiga de su Hijo un mes de mayo consagrado al amor a la Santísima Trinidad.

Las intenciones del Papa, para este mes, son las siguientes:

GENERAL: Administración de la justicia

Que quienes administran la justicia actúen siempre con integridad y recta conciencia

MISIONERA: Los seminario

Que los seminarios, especialmente los que se encuentran en Iglesias de misión, formen pastores según el Corazón de Cristo, dedicados por entero al anuncio del Evangelio.

PALABRAS DEL PAPA

Homilía del Papa Francisco en San Juan de Letrán.

Queridos hermanos y hermanas: Con gran alegría celebro por primera vez la Eucaristía en esta Basílica Lateranense, catedral del Obispo de Roma. Saludo con sumo afecto al Cardenal Vicario, a los Obispos auxiliares, al Presbiterio diocesano, a los Diáconos, a las Religiosas y Religiosos y a todos los fieles laicos. Caminemos juntos a la luz del Señor Resucitado.

Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado «de la Divina Misericordia ». Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía.

En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.

Y recordemos también a Pedro: que tres veces reniega de Jesús precisamente cuando debía estar más cerca de él; y cuando toca el fondo encuentra la mirada de Jesús que, con paciencia, sin palabras, le dice: «Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí»; y Pedro comprende, siente la mirada de amor de Jesús y llora. Qué hermosa es esta mirada de Jesús – cuánta ternura –. Hermanos y hermanas, no perdamos nunca la confianza en la paciente misericordia de Dios. Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida. Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos.

A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Pensad en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve. ¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre. Romano Guardini decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza (cf. Glabenserkenntnis, Wurzburg 1949, 28).

Quisiera subrayar otro elemento: la paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida. Jesús invita a Tomás a meter su mano en las llagas de sus manos y de sus pies y en la herida de su costado. También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. San Bernardo, en una bella homilía, dice: «A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal (cf. Dt 32,13), es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sermón 61, 4. Sobre el libro del Cantar de los cantares). Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Tomás lo había entendido. San Bernardo se pregunta: ¿En qué puedo poner mi confianza? ¿En mis méritos? Pero «mi único mérito es la misericordia de Dios. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos» (ibid, 5). Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor. San Bernardo llega a afirmar: «Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia (Rm 5,20)» (ibid.).Tal vez alguno pudiese pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el valor de regresar a Él. Cuántas veces en mi ministerio pastoral me han repetido: «Padre, tengo muchos pecados»; y la invitación que he hecho siempre es: «No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo». Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, es más somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa.

Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona: si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: «Adán, ¿dónde estás?», lo busca. Jesús quedó desnudo por nosotros, cargó con la vergüenza de Adán, con la desnudez de su pecado para lavar nuestro pecado: sus llagas nos han curado. Acordaos de lo de san Pablo: ¿De qué me puedo enorgullecer sino de mis debilidades, de mi pobreza? Precisamente sintiendo mi pecado, mirando mi pecado, yo puedo ver y encontrar la misericordia de Dios, su amor, e ir hacia Él para recibir su perdón.

En mi vida personal, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas la determinación de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor.

Homilía del Papa Francisco con motivo de la , ordenación diez nuevos sacerdotes en Roma, en la basílica vaticana, el domingo 21 de abril de 2013, domingo del Buen Pastor, IV Domingo de Pascua, Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Queridísimos hermanos y hermanas:

Estos hermanos e hijos nuestros han sido llamados al orden del presbiterado. Reflexionemos atentamente a cuál ministerio serán elevados en la Iglesia. Como bien saben, el Señor Jesús es el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento, pero en Él también todo el pueblo santo de Dios ha sido constituido pueblo sacerdotal.

Sin embargo, entre todos sus discípulos, el Señor Jesús quiere elegir algunos en particular para que, ejerciendo públicamente en la Iglesia en su nombre el oficio sacerdotal en favor de todos los hombres, continúen su personal misión de maestro, sacerdote y pastor.

Así como en efecto, para ello Él había sido enviado por el Padre, del mismo modo Él envió a su vez al mundo, primero a los apóstoles y luego a los obispos y sus sucesores, a los cuales, en fin, se dio como colaboradores a los presbíteros, que –unidos a ellos en el ministerio sacerdotal – están llamados al servicio del pueblo de Dios.

Después de madura reflexión y oración, ahora estamos por elevar al orden de los presbíteros a estos hermanos nuestros, para que al servicio de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, cooperen en la edificación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia como pueblo de Dios y Templo Santo del Espíritu Santo.

En efecto, ellos serán configurados en Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, es decir que serán consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento y con este título que los une en el sacerdocio a su obispo, serán predicadores del Evangelio, pastores del Pueblo de Dios y presidirán las acciones de culto, especialmente en la celebración del sacrificio del Señor.

En cuanto a ustedes, hermanos e hijos amadísimos, que están por ser promovidos al orden del presbiterado, consideren que ejerciendo el ministerio de la Sagrada Doctrina serán partícipes de la misión de Cristo, único Maestro. Dispensen a todos aquella Palabra de Dios que ustedes mismos han recibido con alegría. Recuerden a sus mamás, abuelitas, catequistas, que les dieron la Palabra de Dios, la fe…. este don de la fe, que les transmitieron, este don de la fe. Lean y mediten asiduamente la Palabra del Señor, para creer lo que han leído, para enseñar lo que aprendieron en la fe, vivir lo que han enseñado. Recuerden también que la Palabra de Dios no es propiedad de ustedes: es Palabra de Dios. Y la Iglesia es la que custodia la Palabra de Dios.

Por lo tanto, que la doctrina de ustedes sea alimento para el Pueblo de Dios; alegría y sostén a los fieles de Cristo el perfume de vuestra vida, para que con su palabra y su ejemplo ustedes edifiquen la casa de Dios, que es la Iglesia. Ustedes continuarán la obra santificadora de Cristo. Mediante el ministerio de ustedes, el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto, porque se une al sacrificio de Cristo, que por medio de las manos de ustedes, en nombre de toda la Iglesia, es ofrecido de modo incruento sobre el altar de la celebración por los Santos Misterios.

Reconozcan pues lo que hacen. Imiten lo que celebren, para que participando en el misterio de la muerte y resurrección del Señor, lleven la muerte de Cristo en sus miembros y caminen con Él en novedad de vida.

Con el Bautismo agregarán nuevos fieles al Pueblo de Dios. Con el Sacramento de la Penitencia remitirán los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia: hoy les pido en nombre de Cristo y de la Iglesia, por favor, no se cansen de ser misericordiosos. Con el óleo santo darán alivio a los enfermos y también a los ancianos: no se avergüencen de dar ternura a los ancianos. Celebrando los sagrados ritos y elevando sus oraciones de alabanza y súplica durante las distintas horas del día, ustedes se harán voz del Pueblo de Dios y de la humanidad entera.

Conscientes de haber sido elegidos entre los hombres y constituidos en favor de ellos para cuidar las cosas de Dios, ejerzan con alegría y caridad sincera la obra sacerdotal de Cristo, con el único anhelo de gustar a Dios y a no a ustedes mismos. Sean pastores, no funcionarios. Sean mediadores, no intermediarios.

En fin, participando en la misión de Cristo, Cabeza y Pastor, en comunión filial con su obispo, comprométanse en unir a sus fieles en una única familia para conducirlos a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo.

Tengan siempre ante sus ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no ha ve-nido para ser servido, sino para servir y para tratar de salvar lo que estaba perdido.

LA IGLESIA EN ESPAÑA

El obispo de San Sebastián, D. José Ignacio Munilla, reflexiona en su último artículo, del pasado Domingo de Resurrección, 31 de marzo, sobre las teorías de la Nueva Era que ponen en entredicho el valor de las religiones, y más concretamente de la religión católica, para explicar el Misterio de Dios. El prelado donostiarra sale al paso de lo que dicen estas teorías para las que lo importante es la “espiritualidad” y no la religión.

Lo reproducimos de la web del Obispado de San Sebastián.

El vaso, el agua y el elefante

La Iglesia Católica se encuentra en plena celebración del Año de la Fe. Los obispos hemos recibido el ministerio de guardar la integridad de la fe. Se trata de una encomienda que abarca tres niveles: Tener una fe coherente, predicar con pedagogía y rebatir los errores contrarios. Pues bien, tengo que confesar que me preocupa cómo se difunden en nuestros días algunas imágenes sobre la religiosidad y la espiritualidad, que son claramente incompatibles con nuestra fe católica. Me refiero en concreto a las dos siguientes:

“El vaso y el agua”: Se pretende diferenciar entre la religión y la espiritualidad sirviéndose del referido símil. Las religiones serían como el vaso (hay muchos vasos); mientras que la espiritualidad sería como el agua. Se puede beber agua en diversos tipos de vasos o sin necesidad de ellos. Así ocurriría también con las religiones; todas ellas serían igualmente válidas para beber el agua de la espiritualidad.

“El elefante”: Se representa a un elefante rodeado de una serie de personajes vestidos con los atuendos típicos de diferentes religiones; todos ellos con los ojos totalmente vendados: Un obispo católico toca con sus manos la trompa; un monje budista palpa un colmillo del elefante; un imán acaricia una de las patas traseras; un rabino manosea una de las orejas del elefante… Y en la parte baja inferior de esta viñeta se puede leer: “Dios es mayor que lo que las religiones dicen sobre Él”. Es obvio que la conclusión a la que pretende hacernos llegar esta imagen del elefante es que todas las religiones se reducen a un intento infructuoso del hombre de alcanzar a Dios.

Alguien dijo que el relativismo es el ’santo y seña’ más característico de la cultura occidental secularizada. Y sin lugar a dudas, la reflexión teológica no está al margen de este riesgo. La teoría del “pluralismo religioso” -es decir, la presentación de todas las religiones como igual-mente verdaderas- no es sino la lectura del hecho religioso a la luz del relativismo. La Nueva Era ha resultado ser una aliada inestimable para la penetración del relativismo en el campo religioso. Lo que hoy en día se lleva es el sincretismo y el esoterismo, como distintivo de una espiritualidad que está abierta a “todo", sin necesidad de creer en “nada” en concreto.

Sin embargo, quienes piensan que por este camino están descubriendo una espiritualidad moderna, están muy equivocados. En el fondo, nos encontramos ante una reedición del paganismo del Imperio Romano con el que se tuvo que enfrentar el cristianismo. Pongo un ejemplo ilustrativo muy concreto; el debate entre Simanco y San Ambrosio en el siglo IV:

Un presidente del Senado romano, de nombre Simanco, colocó un “ara de la Victoria” en el aula del Senado. Cada uno de los senadores debía quemar incienso en ese altar, independientemente de sus creencias, porque a juicio de Simanco tanto el cristianismo como el paganismo eran igualmente válidos. En su opinión todas las religiones son igualmente válidas al tratarse de caminos de búsqueda de una realidad que nos supera y que nunca podremos alcanzar. Su disertación se resume en la siguiente frase: “A tan gran Misterio es imposible que se pueda llegar por un solo camino”.

Los cristianos se negaron en redondo a quemar incienso en ese altar pagano. San Ambrosio, obispo de Milán, fue el encargado de responder a Simanco: Ciertamente el misterio de Dios es inaccesible al ser humano por sus solas fuerzas, pero este misterio se nos ha hecho accesible por la Revelación de Dios. La religión cristiana no es el camino del hombre a Dios, sino el camino de Dios al hombre. Por lo tanto, en palabras de San Ambrosio, los caminos de acceso a Dios no son múltiples, sino uno solo: el camino por el que Dios se ha acercado al hombre.

El senador pagano Simanco -y con él, los defensores del pluralismo religioso en nuestros días- piensan que “a tan gran Misterio es imposible que se pueda llegar por un solo camino”. Sin embargo, San Ambrosio mantiene que el politeísmo es irracional, y que Dios nos ha librado de él gracias a la Revelación. A diferencia de otras religiones, la religión cristiana no es una gnosis, una salvación por el conocimiento, sino que nace del hecho histórico de la Encarnación, Muerte y Resurrección de Cristo, gracias a las cuales Dios nos ha abierto el camino de acceso a su Misterio de vida. Aquí reside la originalidad del cristianismo: El acontecimiento central de la historia humana ha sido la venida de Dios, quien en Cristo, ha salido al encuentro del hombre.

La teoría del pluralismo religioso es totalmente incompatible con nuestra fe en la Encarnación. Las tendencias relativistas y sincretistas ligadas en mayor o menor medida a la Nueva Era, tienen muy poco de “nuevas", ya que en el fondo son una reedición del paganismo romano, que no podía soportar que Jesucristo fuese presentado como el “único mediador entre Dios y los hombres” (1 Tm 2, 5). Y es que, después de dos mil años de historia, ¡es muy difícil inventar una herejía original!

Pasados cincuenta años, estamos ante una buena oportunidad de redescubrir el Concilio Vaticano II, en el que de una forma muy equilibrada, se afirma por una parte, que en las diversas religiones podemos encontrar semillas de verdad, e incluso una cierta preparación para el Evangelio (cfr. LG 16). Pero al mismo tiempo se recuerda que solamente en Cristo y en su Iglesia se pueden encontrar la Revelación de Dios y la plenitud de los medios de la salvación (cfr. UR 3).

En definitiva, Jesucristo no solo es el agua, sino que también es el vaso. Y es que, en el cristianismo no se puede distinguir entre religiosidad y espiritualidad; de la misma forma que en el ser humano no se pueden separar las venas de la carne, sin acabar con su vida.

DISCURSO ÍNTEGRO DEL CARDENAL ROUCO EN LA PLENARIA

15 de abril 2013

Señores cardenales, arzobispos y obispos, señor Nuncio, sacerdotes, consagrados y laicos colaboradores de esta Casa,

amigos todos que nos seguís a través de los medios de comunicación, señoras y señores:

Doy cordialmente la bienvenida y las gracias a los Hermanos en el episcopado, que hacen el sacrificio de dejar por cinco días sus sedes, que cubren el mapa entero de España, para encontrarnos todos aquí, durante esta semana, en la centésimo primera Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española.

Es la tercera semana del tiempo de Pascua. Hace solo ocho días celebrábamos el domingo de la Octava, bajo el signo de la Divina Misericordia. Haciendo memoria de la liturgia de ese domingo, invocamos sobre nuestra Asamblea la gracia del Dios de misericordia infinita, para que, en esta Pascua y en este encuentro nuestro, se reanime en nosotros la fe y podamos ser instrumentos aptos del Evangelio de la misericordia en favor del Pueblo santo de Dios y de todo el mundo. Así lo deseaba ardientemente el beato Juan Pablo II al establecer la celebración de la Divina Misericordia en el segundo domingo de Pascua, y así lo propone también con renovado empeño el papa Francisco, reiterando su invocación de la misericordia en casi todas sus apariciones: desde el primer ángelus hasta el domingo pasado[1].

I Especial tiempo de gracia para la Iglesia: cambio de pontificado

Desde que, el pasado día 11 de febrero, el papa Benedicto XVI anunció su decisión de renunciar al ministerio petrino, la Iglesia ha vivido un especial tiempo de gracia, desde la nunca vista despedida pública de un papa ejerciendo su ministerio de pastor de la Iglesia universal, hasta la celebración del cónclave, en un clima de extraordinaria expectación mundial, crecida, si cabe todavía más, con la elección del papa Francisco.

1. No hay precedentes de una renuncia como la de Benedicto XVI. Pero esta mera constatación histórica, por llamativa que sea, no implica en modo alguno que el gran papa alemán haya introducido alguna ruptura en la vida de la Iglesia. La renuncia al oficio del obispo de Roma es un hecho no solo perfecta-mente posible desde el punto de vista teológico, sino también expresamente previsto en el ordenamiento jurídico canónico: «Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie»[2]

Al hacer uso de esta posibilidad teológica y canónica, el papa Benedicto explicó las razones que le movieron a actuar así: «En el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado»[3]

Más allá de tantas especulaciones acerca de los motivos de su renuncia, que no pasan de meros supuestos -en muchos casos claramente infundados- hay que atenerse a la limpia explicación dada por el mismo papa Benedicto. No tiene que extrañar demasiado que un anciano de ochenta y seis años, a quien hemos visto claramente disminuido en estos días en sus condiciones físicas, se considere incapaz de seguir ejerciendo el oficio de sucesor de Pedro. Él alude a las transformaciones experimentadas por el mundo y a los enormes desafíos que este presenta a la misión de la Iglesia. En efecto, tanto a causa de las condiciones objetivas de un mundo tan global e intercomunicado, que posibilita y exige a la vez atención continua a todo el orbe e incluso la presencia física en todas partes, como a causa de la perspectiva pastoral abierta por el concilio Vaticano II, que presenta al papa como testigo y maestro vivo y directo de la fe, la forma de ejercer el oficio del obispo de Roma ha experimentado en la última mitad del siglo XX, especialmente con Juan Pablo II, un cambio muy grande. Nunca hasta entonces se había visto al papa ejerciendo como liturgo en clave universal, con continuas celebraciones en Roma seguidas en tiempo real desde todo el mundo; nunca se le había visto ejercer con tanta frecuencia e implicación personal el ejercicio del magisterio y de la catequesis en esas mismas circunstancias; nunca se había visto al papa solicitado por reiterados y agotadores viajes, convocando y guiando a la Iglesia en los más variados escenarios del mundo, como acontece en el caso de las visitas pastorales a numerosas Iglesias particulares o de los Encuentros Mundiales de las Familias y de las Jornadas Mundiales de la Juventud.

En estas circunstancias tan nuevas, se comprende bien la novedad de la renuncia del papa Benedicto. No solo se comprende, sino que se admira como un gesto de excepcional virtud personal. No era fácil dar ese paso; era también un modo de permanecer junto a la cruz del ministerio, como él mismo explicó en su última audiencia pública, en la plaza de San Pedro: «Amar a la Iglesia significa también tomar decisiones difíciles (...). No abandono la cruz, permanezco de otro modo ante el Señor Crucificado»[4]. Era un gesto que implicaba la fortaleza de seguir con rectitud la propia conciencia, sin permanecer inmóvil por miedos o cálculos de ningún tipo; era un gesto que ponía de manifiesto un espíritu acostumbrado al desprendimiento, humilde y generoso, atento al bien de los demás, de la Iglesia y de toda la humanidad.

Al retirarse al silencio de la oración, expresando públicamente su obediencia al próximo papa, Benedicto XVI nos ha dejado a todos, en particular a los pastores, un ejemplo excepcional de virtud. Ha sido como una visibilización de lo que nos había enseñado de diversos modos y volvió a repetirnos en su última catequesis: «Siempre he sabido que en esa barca está el Señor, y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino suya»[5]. ¡Qué gran lección para la nueva evangelización, de la que somos instrumentos o testigos, pero no señores! Hoy, cuando los desafíos y las dificultades que el mundo presenta a la Iglesia, a sus pastores y a todos los fieles, son tan grandes -como el papa Benedicto recordaba en su Declaración del 11 de febrero- es más necesario que nunca no perder de vista esta ver-dad: la evangelización es una obra, ante todo del Señor mismo; es Él quien fortalece y guía a su Iglesia; es cierto: todos nosotros somos colaboradores del Evangelio, llamados por el Señor y muy queridos por Él, pero nuestras ideas y nuestros planes no son, en realidad, ni la forma ni el fondo de la evangelización, ni siquiera nosotros mismos somos indispensables.

Todo esto es lo que tratamos de explicar en el encuentro al que convocamos a los periodistas en esta Casa la tarde misma de aquel 11 de febrero. Era necesario prestar nuestra humilde colaboración para iluminar la nueva situación, tan aireada por los medios de comunicación, y para pacificar los espíritus. El encuentro me dio ocasión para leer la breve nota que había publicado por la mañana, manifestando la gratitud de todos nosotros, los obispos de España, por el impagable servicio prestado a la Iglesia por Benedicto XVI, al tiempo que expresando la pena y la filial reverencia con que acogíamos su decisión. «Estamos seguros -escribíamos- de que el Señor bendecirá el costoso paso que [el papa Benedicto] acaba de dar con gracias abundantes para el nuevo papa y para toda la Iglesia»[6].

2. El cónclave, reunido el martes 12 de marzo, fue sin duda la primera de las grandes gracias del Señor para su Iglesia tras la renuncia de Benedicto XVI. Se celebraba también en circunstancias novedosas y bajo la mirada escrutadora de prácticamente todos los medios de comunicación importantes del mundo entero. La situación de sede vacante se había producido esta vez sin el tiempo previo que las semanas o meses inmediatamente anteriores a la muerte del pontífice suelen conceder para la reflexión. A ello se añadía el ambiente de especulaciones que se creó con la renuncia del papa. Por eso, y por otros motivos, algunos pensaban, no sin cierta razón, que la elección del nuevo papa no iba a ser fácil. Sin embargo, el cónclave fue brevísimo: de solo dos días; y el papa Francisco solo necesitó una votación más que el papa Benedicto para salir elegido.

No se lo esperaban los medios de comunicación y muchos de sus comentadores. El nombre del cardenal Bergoglio no había aparecido en ninguna de sus previsiones. El efecto sorpresa, unido a la personalidad del nuevo romano pontífice, dio lugar a que el papa Francisco fuera acogido con juicios por lo general muy favorables por parte de aquellos mismos medios que no habían sido capaces de influir mínimamente en la elección del papa con sus opiniones, valoraciones y previsiones, como tampoco de dar a sus lectores una información suficientemente fundada acerca de la preparación del cónclave. Con todo, hay que agradecer el enorme esfuerzo y el extraordinario trabajo desplegado por los medios, que llevaron la imagen y el hecho de la Iglesia y del papa a la opinión pública de todo el mundo, de modo también nunca visto, como lo hizo el mismo papa Francisco en la memorable audiencia que les concedió el 16 de marzo. Hemos de dar gracias a Dios, en todo caso, por la libertad e independencia mostrada por los cardenales, al tiempo que aprovechamos la experiencia vivida sobre las virtudes y los límites de los medios en lo que se refiere a lo más íntimo y relevante de la vida de la Iglesia. Es ciertamente el Espíritu Santo quien la guía.

Muchos de los miembros de nuestra Conferencia conocimos y tratamos al papa Francisco cuando, como cardenal-arzobispo de Buenos Aires, tuvo la generosidad de venir a darnos los Ejercicios Espirituales, en enero de 2006[7]. Aquel mismo año, algunos tuvimos también la ocasión de gozar de su exquisita hospitalidad en una visita a Buenos Aires. Aquí, en Madrid, quedamos impresionados de la humildad de nuestro director de Ejercicios, al tiempo que vimos en él un jesuita poseído por el amor a la Iglesia, la Esposa de Jesucristo, y profundo conocedor del método ignaciano y del discernimiento de espíritus, que supo animarnos a largas horas de oración y adoración al Señor y a poner ante Él nuestras vidas, sacando a la luz del Amor crucificado todo lo que ha de ser sanado y enderezado en ellas, sin miedos, sin componendas.

En su sede bonaerense lo encontramos como pastor entregado en cuerpo y alma a su pueblo; como un obispo que, sin alardes ni concesiones a la opinión publicada, acompaña a sus fieles para llevarles el ungüento de la fe y del amor de Dios allí donde ellos se encuentran. Aquí y allá, siempre afable y atento, con una autenticidad que transparenta un espíritu libre, forjado en la libertad para la que Cristo nos ha liberado.

En estas primeras semanas de su pontificado lo hemos visto y oído invitando a toda la Iglesia a lo esencial. Muchos han subrayado cómo el papa Francisco apareció aquel 13 de marzo en el balcón de las bendiciones de San Pedro con una pequeña pero muy significativa novedad: orando e invitando a la oración; por su predecesor, por la Iglesia, por él mismo. El cardenal Bergoglio no se cansaba nunca de pedir que rezaran por él. Tampoco el papa se cansará de hacerlo. ¡Qué mejor augurio! El papa Benedicto nos dejó bien claro que la oración es tal vez la clave más importante para entender a fondo la figura de Jesús y el ser de la Iglesia[8].

Los días de la Semana de Pasión y de la Semana Santa le hemos oído al papa hablarnos con gran unción de lo esencial del Evangelio: que la Iglesia vive de la misericordia de Dios manifestada en la cruz y Resurrección del Señor y que su misión es llevar esa vida hasta los confines del mundo, hasta las «periferias» de la existencia humana. Que podemos vencer en la batalla de la vida cristiana y no dejarnos engañar por la amargura y la tristeza, obras del Diablo, porque la gracia del Señor es infinitamente más pode-rosa[9].

En la homilía de la concelebración con los cardenales nos dijo: «El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Yo te sigo, pero ni hablar de cruz. Esto queda fuera. Te sigo con otras posibilidades, sin la cruz". Cuando caminamos con la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos a un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos; somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor»[10]. Es ponernos a los pastores, sin rodeos, ante el centro del Misterio de Cristo y de la Iglesia.

Luego, en la Misa del inicio del ministerio petrino del obispo de Roma, en la solemnidad de San José, inspirándose en el oficio de «Custodio» del patrono de la Iglesia universal, resumió con palabras sencillas y profundas el sentido de su ministerio: "Velar por Jesús, con María, velar por toda la creación, velar por toda persona -especialmente por los más pobres- velar por nosotros mismos: he aquí un servicio que el obispo de Roma está llamado a desempeñar; pero al que todos estamos llamados, para que resplandezca la estrella de la esperanza; ¡protejamos con amor lo que Dios nos ha dado!»[11]. Hay que notar que, por primera vez en la historia, había venido a Roma, para esta ocasión solemne, un patriarca de Constantinopla, Bartolomé I.

Fue muy bella la homilía de la Misa crismal, centrada en la «unción» de Cristo, simbolizada y anticipada en el ungüento que baja por barba de Aarón y alcanza los bordes de su ornamento (cf. Sal 133). La salvación de Dios ha de alcanzar, por los pastores, hasta «las periferias donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones». Después de pedir-nos a todos ser «pastores con olor a oveja», el papa continuaba diciendo: «Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestre claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual, donde solo vale la unción -y no la función- y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquel de quien nos hemos fiado: Jesús»[12].

¡Qué hermosa manera de concretar espiritual y prácticamente el programa de la nueva evangelización en el que estamos empeñados! Damos gracias a Dios, porque este admirable cambio de pontificado ha sido y está siendo un momento de gracia y de presencia especial del Espíritu Santo para la Iglesia y para el mundo: desde la renuncia y despedida de Benedicto XVI hasta la elección y primeras semanas del pontificado del papa Francisco. Oremos por el papa y por la Iglesia.

II. Adelante con la nueva evangelización, en el Año de la fe

En esta Asamblea seguiremos tratando de diversas acciones previstas en el Plan Pastoral, que orienta el trabajo de la Conferencia Episcopal en orden a la dinamización de la nueva evangelización en cada una de las Iglesias diocesanas que el Señor nos ha encomendado.

1. Si Dios quiere, publicaremos un Mensaje explicando brevemente el hondo significado de la Beatificación del Año de la fe e invitando a fieles y comunidades a participar espiritualmente en ella y, a todos los que puedan, a acercarse a Tarragona, donde celebraremos esa gran fiesta el domingo 13 de octubre próximo. «Al convocar el Año de la fe -dice el vigente Plan Pastoral- el papa recuerda que "por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores". La Iglesia que peregrina en España ha sido agraciada con un gran número de estos testigos privilegiados del Señor, tan unidos a Él, que han compartido de modo muy especial su suerte, al dar la vida, unidos a su muerte salvadora.

Los mártires del siglo XX en España son un estímulo muy valioso para una profesión de fe íntegra y valerosa. También son grandes intercesores. Unos mil de ellos ha sido ya canonizados o beatifica-dos»[13]. El próximo otoño, en el lugar y fecha mencionados, serán beatificados otro buen número de mártires de casi de toda España, previsiblemente unos quinientos. Ellos son eminentes testigos de la fe. Ese acto interdiocesano será para nosotros un hito importante del Año de la fe, cuando este ya se vaya acercando a su fin.

2. En el mismo contexto de la Tercera Parte del vigente Plan Pastoral, que subraya la «prioridad del encuentro con Cristo», viene por segunda vez a la consideración de los obispos un proyecto de catecismo destinado a niños y adolescentes, titulado Testigos del Señor, que es continuación del llamado Jesús es el Señor; este, implantado ya en casi todas las diócesis. La nueva evangelización implica profundamente a la catequesis, y esta ha de contar con el imprescindible instrumento que es el catecismo adecuado para cada etapa. «El Año de la fe -escribía el papa- deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Cate-cismo de la Iglesia Católica»[14]. Nuestra Conferencia sigue con su programa de publicar catecismos que adapten el mencionado "catecismo mayor" a las diversas edades y circunstancias; conscientes siempre de que «las dos dimensiones del acto de fe han de ser cultivadas equilibradamente en la acción catequética, si esta quiere contribuir con éxito a la transmisión de la fe: por un lado la dimensión volitiva, del amor que se adhiere a la persona de Cristo y, por otro, la dimensión intelectiva, del conocimiento que comprende la verdad del Señor»[15].

3. Naturalmente, la unión con Cristo a la que tiende la catequesis, tiene su culminación en la participación de la Mesa del Señor en la Eucaristía, la cual va íntimamente unida a la «Mesa de la Palabra». Así llama el Concilio a la proclamación litúrgica de la Sagrada Escritura, especialmente en la santa Misa. Seguimos con la preparación y aprobación de los nuevos Leccionarios del Misal Romano, renovados según la reciente traducción de la Sagrada Escritura. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. A esta Asamblea viene el Leccionario I, es decir, el dominical y festivo del Ciclo A.

4. «Existe una relación intrínseca -dice el Plan Pastoral- entre llamada a la santidad y misión evangelizadora. Todos los fieles cristianos, por el don de la vida nueva recibida en el bautismo, han recibido la vocación a una vida santa y apostólica». Viene de nuevo para su estudio un documento acerca de la vida consagrada en su relación con los pastores de la Iglesia. La llamada de todos a la santidad y al apostolado adquiere en el modo de vida de especial consagración unos acentos particulares, de especial relevancia para la nueva evangelización.

Escribiendo al prepósito general de la Compañía de Jesús, lo ponía de relieve recientemente el papa Francisco con unas palabras sencillas que, con las debidas adaptaciones, podrían entenderse como referidas a todos los consagrados: «Pido al Señor que ilumine y acompañe a todos los jesuitas, de modo que, fieles al carisma recibido y tras las huellas de los santos de nuestra amada Orden, puedan ser con la acción pastoral, pero sobre todo, con el testimonio de una vida enteramente entregada al servicio de la Iglesia, Esposa de Cristo, fermento evangélico en el mundo, buscando infatigablemente la gloria de Dios y el bien de las almas»[16].

III. Graves problemas del presente y responsabilidad de los católicos

1. Lamentablemente hemos de constatar que los problemas sociales a los que nos referíamos en la inauguración de la última Asamblea Plenaria siguen vivos. Persiste la crisis económica con su cortejo de paro -especialmente de desempleo juvenil- y de falta de medios para hacer frente a los compromisos contraídos en la adquisición de viviendas o a la debida atención a los ancianos y a los emigrantes. Persiste la desprotección legal del derecho a la vida de los que van a nacer y persiste una legislación sobre el matrimonio gravemente injusta. Persiste la ausencia de protección adecuada para la familia y la natalidad, en especial, para las familias numerosas. La calidad de la enseñanza sigue dejando mucho que se desear, siendo así que de ella depende en tan gran medida el futuro de la sociedad.

Los pasos dados en estos meses hacia la resolución de estos graves problemas resultan todavía muy in-suficientes. En particular, no es fácil entender que todavía no se cuente ni siquiera con un anteproyecto de Ley que permita una protección eficaz del derecho a la vida de aquellos seres humanos inocentes que no por hallarse en los primeros estadios de su existencia dejan de gozar de ese básico derecho funda-mental. Durante los años de vigencia de la actual legislación, que se basa en el absurdo ético y jurídico de que existe un derecho de alguien a quitarles la vida a los seres humanos que van a nacer, en contra de lo que falazmente se había afirmado, el número de abortos ha seguido creciendo hasta alcanzar cifras escalofriantes[17]. Es urgente la reforma en profundidad de la legislación vigente. Se ha de poner coto cuanto antes a este sangrante problema social de primer orden. No solo con medidas jurídicas proporcionadas a los bienes que se hallan en juego, sino también mediante la protección de la maternidad y el fomento de la natalidad. ¡España envejece y se debilita! Pero aunque no fuera así, una conciencia moral y cívica madura no puede permanecer impasible ante la conculcación legalmente amparada del derecho a la vida de un solo ser humano.

Hemos de reiterar también que es urgente la reforma de nuestra legislación sobre el matrimonio. No se trata de privar a nadie de sus derechos, ni tampoco de ninguna invasión legal del ámbito de las opciones íntimas personales. Se trata de restituir a todos los españoles el derecho de ser expresamente reconocidos por la ley como esposo o esposa; se trata de recuperar una definición legal de matrimonio que no ignore la especificidad de una de las instituciones más decisivas para la vida social; se trata de proteger adecuadamente un derecho tan básico de los niños como es el de tener una clara relación de filiación con un padre y una madre, o el de ser educados con seguridad jurídica como posibles futuros esposas o es-posos. El legislador, también después de la sentencia del Tribunal Constitucional a este respecto, es libre de legislar de modo justo reconociendo esos derechos de los ciudadanos y, en particular, de los niños. No se trata de algo que supuestamente afectara solo a la vida privada de las personas. Está en cuestión la estructuración básica de la vida social. Sobre el gobierno y el legislador recae en este campo una grave responsabilidad propia y cierta, que no puede ser transferida ni eludida.

Se espera todavía una legislación más justa en lo que se refiere a la libertad de enseñanza y, en concreto, al efectivo ejercicio del derecho fundamental que asiste a los padres en la elección de la formación ética y religiosa que desean para sus hijos. El deterioro progresivo de la situación a este respecto, junto con la imposición de materias impregnadas de relativismo e ideología de género -imposición vulneradora del mencionado derecho fundamental- constituye, sin duda, una de las razones básicas del deterioro de la enseñanza en general y de que buena parte de la juventud se halle tan carente de la formación humana necesaria para afrontar con éxito la vida personal, laboral, social y política.

2. Ante la difícil situación económica por la que atravesamos, las tensiones sociales no parecen disminuir. Es verdad que la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos siguen mostrando un admirable espíritu cívico que se muestra en la disposición a asumir sacrificios y a colaborar en la solución de los problemas que sufren las administraciones públicas, las empresas y las familias. Sin embargo, es necesario vigilar para que el delicado equilibrio de la paz social no sufra graves alteraciones que tendrían consecuencias negativas para todos. En particular, hemos de estar atentos a que no padezcan detrimento los bienes de la reconciliación, la unidad y la primacía del derecho, que se han podido tutelar en estos años de un modo suficiente, al amparo de las instituciones y mecanismos previstos en la Constitución de 1978, y con notable beneficio para el bien común. Nadie debería aprovechar las dificultades reales por las que atraviesan las personas y los grupos sociales para perseguir ningún fin particular, por legítimo que fuere, que perdiera de vista los mencionados bienes superiores. Menos aún se podrá tolerar que tales conductas particularistas fueran realizadas por medios contrarios a los derechos fundamentales de nadie y a la legalidad vigente.

Los responsables de la acción política y social han de mantener el espíritu de lealtad, concordia y respeto de la ley -de la ley civil y de la ley moral- sin los cuales su insustituible aportación al bien común quedaría en entredicho. Los medios de comunicación han de ser fieles a la verdad de las cosas, sin ceder a la tentación de acentuar los problemas o de azuzar las diferencias, que una visión poco veraz y poco generosa podría alimentar en ellos, presionados tal vez por las dificultades económicas de las que también son víctimas. Los agentes de la vida económica en el mundo de las finanzas y de la empresa, pero también todos los ciudadanos, en cuanto tenemos responsabilidades económicas, deben ser conscientes de que es el momento de ajustar las conductas a un modo de vida acorde con nuestras verdaderas posibilidades, huyendo de la codicia y de la ambición desmedida, actuando siempre de acuerdo con los imperativos de la honradez y de la auténtica solidaridad.

Una de las formas de responder a la vocación cristiana y a la llamada universal a la santidad, particular-mente en el caso de los fieles laicos, es la de la participación en la acción social y política. Hay incluso santos canonizados cuya principal actividad en el mundo ha consistido precisamente en una generosa dedicación a las actividades sociales, políticas y de gobierno. En este campo, la Iglesia declara que no es tarea suya formular soluciones concretas -y menos todavía soluciones técnicas- para los problemas de orden temporal. Por eso, es legítimo el pluralismo social y político entre los católicos. Sin embargo, el pluralismo legítimo no debe ser confundido con el relativismo. «La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre con esa enseñanza para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales»[18].

Más en concreto, hay que recordar que «cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad»[19].

Naturalmente, la acción social y política no es el único medio por el que los católicos ejercitan la caridad social, es decir, la acción que brota de su compromiso de fe en favor del bien común. También se ejerce la caridad social a través del ejercicio honrado y laborioso del propio trabajo o profesión, de los deberes para con la familia y de la solidaridad práctica con los más desfavorecidos. En este último campo hemos de agradecer una vez más el trabajo de los voluntarios que dedican su tiempo a las obras por las que diversas instituciones de la Iglesia asisten a los necesitados y a los más afectados por la crisis, en primer lugar, en las diversas Cáritas parroquiales y diocesanas, así como en la federación de estas en Cáritas española; pero son muchas otras las instituciones de servicio de la caridad que promueven los miembros de la vida consagrada, las hermandades, cofradías, etc. Los obispos en sus sedes, presidentes natos de las Cáritas diocesanas y los párrocos, que lo son igualmente de Cáritas parroquial, trabajan y exhortan a todos a trabajar y colaborar con esta institución oficial de la Iglesia y con las demás que se dedican también a procurar la ayuda inmediata que se presta a los hermanos como al Señor mismo.

Conclusión

Vienen también a esta Asamblea las intenciones que nuestra Conferencia ha de confiar al Apostolado de la Oración para el próximo año. El papa Francisco es, sin duda, quien hoy nos recuerda de un modo más autorizado la necesidad de la oración en nuestra vocación personal y para el éxito de la nueva evangelización. Agradecemos su oración, de modo especial, a las comunidades contemplativas; la oración incesante de tantas comunidades ante Jesús sacramentado; la oración de las familias que rezan y alaban juntas al Señor; la oración de los jóvenes, que se preparan para la Jornada Mundial a la que el papa les ha convocado, después de Madrid, en Río de Janeiro; la oración de los enfermos y de los niños. Les encomendamos de nuevo a todos que oren por el papa y por la Iglesia; que oren por los gobernantes y por los que sufren las consecuencias de la crisis moral y económica; que oren por la unidad y la concordia en nuestra patria y por la paz en el mundo entero.

Ponemos en manos de la Virgen María nuestro trabajo de estos días. Que ella nos alcance de su Hijo la inmensa gracia de ser pastores del Pueblo santo de Dios, según el Corazón de Cristo. Muchas gracias.

MEDITACION EVANGÉLICA

Los dos ladrones (Lc 23,39-43).

39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40 Pero el otro, respondiéndole e increpándole le decía: ¿Ni siquiera temes tu a Dios, estando en la misma condena? 41 Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo. 42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 41 Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.

COMENTARIO DE SAN AGUSTÍN

Colgaba Cristo de la cruz, y colgaba también el ladrón. Cristo en el medio, ellos a un lado cada uno. Uno lo insulta, el otro cree, y hace de juez el que está en el medio. El que lo insultaba dijo: Si eres Hijo de Dios, libérate. Y el otro le replica: ¿No temes a Dios? Nosotros sufrimos Justamente, a causa de nuestras acciones; pero él, ¿qué hizo? Y dirigiéndose a Jesús: Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino (Lc 23,39-43). Grande es esta fe; ignoro que pueda añadírsele todavía. Dudaron quienes vieron a Cristo resucitando muertos y creyó él en quien veía que colgaba del madero a su lado. Precisamente cuando aquéllos dudaron, creyó él. ¡Qué fruto recogió Cristo de un árbol seco! ¿Qué dijo el Señor? Escuchémoslo: En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43). Tú lo retrasas, pero yo te reconozco. ¡Cuándo iba a esperar el ladrón pasar del atraco al juez, del juez a la cruz, y de juez la cruz al paraíso! De esta manera, considerando lo que merecía, no dijo: «Acuérdate de mí y líbrame hoy mismo»; sino: «Cuando llegues a tu reino, entonces acuérdate de mí; si merezco tormentos, que duren, lo más, hasta que llegues a tu reino». Y Jesús: «No sea así; has asaltado el reino de los cielos, hiciste violencia, creíste, lo arrebataste. Hoy estarás conmigo en el paraíso. No te hago esperar; hoy mismo pago lo merecido a fe tan grande». El ladrón dice: Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. No sólo creía que iba a resucitar, sino hasta que iba a reinar. A un hombre colgado, crucificado, ensangrentado y pegado al madero le dice: llegues a tu reino. Y aquellos discípulos, en cambio: Nosotros esperábamos (Lc 24.21).

Donde el ladrón encontró la fe, allí la perdió el discípulo.

Hasta aquí San Agustín.

 

 

Según el derecho judío, no podían ser ejecutadas dos personas el mismo día 13, pero la crucifixión y la justicia aquí eran romanas.

Y en el uso romano esto era frecuente, o por comodidad de no repetir mas ejecuciones, o por ejemplaridad de la pena. En las «actas de los mártires» son frecuentes las ejecuciones colectivas. Quinlilio Varo condenó una vez a 2.000 judíos a la cruz.

Éstos que van a ser crucificados con Cristo eran “malhechores y «salteadores”, bandidos que asaltan a mano armada. Es la conducta que justifica su muerte en aquella época que Josefo refleja con numerosas alteraciones sociales.

Cuando Cristo estaba en la cruz, el mal ladrón le injuriaba. Mt-Mc ponen que lo injuriaban los crucificados con Él Se pensó, como solución fácil, que primero lo injuriaban los dos, y luego uno se convirtió. Pero psicológicamente es increíble que, de haber sido así en un principio, el buen ladrón censure al otro en la forma que lo hace. La razón es que Mt-Mc hablan de categorías de los que injuriaban a Cristo, y así los grupos anteriores condicionan esta redacción literaria en plural.

La escena debió de tener lugar algún tiempo después de la crucifixión. Pues supone el haberse este ladrón recuperado algo de los espasmos del suplicio; también requiere esto el ver que insultaba a Cristo con las palabras que oye a los asistentes.

La injuria era que, si era el Mesías, que había de estar dotado de poderes sobrenaturales, que bajase de la cruz y que los bajase con El. Así sería más espectacular su triunfo. Era iniquidad. Pero probablemente también servilismo, a ver si lograba una conmiseración en los presentes, y que, excepcionalmente, un movimiento de masas le perdonase la vida (Act 7,56-58; Le 4,28-30).

Pero el buen ladrón le reprende, y, reconociendo la justicia de la pena a sus culpas, proclama la inocencia de Cristo, al tiempo que, por los insultos que el otro dirige a un inocente, demuestra no temer a Dios, que le aguarda ya en su tribunal. Seguramente el buen ladrón habla oído hablar de Cristo: de su vida de portentos y de su mesianismo. Y ahora, ante su majestad y conducta en la cruz, se confirmaba en ello. Aquella conducta era sobrehumana.

Y, volviéndose a Cristo, le pidió que se «acordase de él», no cuando llegase a su reino, como vierte la Vulgata (cum veneris tn regnum tuum), sino conforme al texto griego: «cuando vengas con tu reino» (en te basileia sou). Le pide que se acuerde de él cuando venga a establecer su reino en el momento «escatológico», a la hora de la resurrección de los cuerpos.

Uno de los temas más oscuros del mesianismo es la concepción del mismo según las especulaciones rabínicas. Se lo concibe de varias formas. Una de las preferidas es la concepción mesiánica de «formas complejas o confusas». Es la de los que «confunden los días del Mesías y la consumación última escatológica; porque la resurrección y el juicio son situados en los tiempos mesiánicos» I5. Es la concepción que se refleja en este relato. La respuesta de Cristo es prometerle, con gran solemnidad, que «hoy estarás conmigo en el paraíso». Este disponer Cristo de la muerte eterna de los hombres le presenta dotado de poderes divinos. No es un profeta que anuncia una revelación tenida; es Cristo que aparece disponiendo él mismo de la suerte eterna de un hombre. Y esto es poder exclusivo de Dios.

El «paraíso», palabra persa, significa jardín. Los judíos conocían éste como lugar de las almas justas bajo el nombre de «Gran Edén», «Jardín del Edén» 16. Sin embargo, aquí no es el cielo como fugar, ya que en éste no entró nadie hasta después que ingresó en él Cristo resucitado. No obstante, al descender Cristo ad inferos, confirió la visión beatífica a las almas ya justificadas 17. Los autores suelen valorar esta expresión no de lugar, sino de participación de la felicidad con Cristo (Fil 1,23). Se basan en la locución análoga «seno de Abraham», que no indica propiamente lugar, sino participación en la felicidad del padre de los creyentes. Lo mismo que en otras locuciones semejantes: «estar entre los santos», «congregarse con los padres» I8.

Tomado de la Biblia Comentada por los Profesores de Salamanca.

OTRAS MEDITACIONES

Les echó en cara su incredulidad

Donde más señales y testimonios concurren, menos merecimiento hay en creer. Estas maravillas nunca las obra Dios sino cuando son necesarias meramente para creer; que, por eso, porque sus discípulos no careciesen

de mérito si tomaran experiencia de su resurrección, antes que se les mostrase, hizo muchas cosas para que sin verle le creyesen.

Porque a Mana Magdalena primero le mostró vacío el sepulcro y después de que se lo dijesen los ángeles -porque la fe es por el oído, como dice san Pablo- y oyéndolo, lo creyese primero que lo viese. Y aunque le vio, fue como hombre común, para acabarla de instruir en la creencia que le faltaba con el calor de su presencia.

Y a los discípulos primero se lo envió a decir con las mujeres, después fueron a ver el sepulcro. Y a los que iban a Emaús, primero les inflamó el corazón en fe que le viesen, yendo él disimulado con ellos; y, finalmente, después los reprehendió a todos porque no habían creído a los que les habían dicho su resurrección; y a santo Tomás porque quiso tomar experiencia en sus Hagas, cuando le dijo que eran «bienaventurados los que no viéndole le creían».

San Juan de la Cruz

En la casa de mi Padre hay muchas estancias

Durante mucho tiempo me he preguntado por qué tenía Dios preferencias, por qué no recibían todas las almas las gracias en igual medida. Jesús ha querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su perfume ni a la mar-garita su encantadora sencillez.

Comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su engalanamiento primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florecillas.

Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos. Comprendí también que el amor de nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más sencilla que no opone resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime. Y es que, siendo propio del amor el abajarse, si todas las almas se parecieran a las de los santos doctores que han iluminado a la Iglesia con la luz de su doctrina, parecería que Dios no tendría que abajarse demasiado al venir a sus corazones.

Santa Teresa del Niño Jesús.

UN EJERCICIO DE MEDITACIÓN PARA EL PRÓXIMO MES

Se apareció Jesús, en el tiempo pascual, a su madre?

Si se apareció para qué y por qué?

Si no se apareció por qué?

En la próxima carta os haré saber mi opinión

POESIA

Vivo sin vivir en mí

Vivo sin vivir en mí,

y de tal manera espero,*

que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí

después que muero de amor;

porque vivo en el Señor,

que me quiso para sí;

cuando el corazón le di

puse en él este letrero:

que muero porque no muero.

Esta divina prisión

del amor con que yo vivo

ha hecho a Dios mi cautivo,

y libre mi corazón;

y causa en mí tal pasión

ver a Dios mi prisionero,

que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!

¡Qué duros estos destierros,

esta cárcel, estos hierros

en que el alma está metida!

Sólo esperar la salida

me causa dolor tan fiero,

que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga

do no se goza el Señor!

Porque si es dulce el amor,

no lo es la esperanza larga.

Quíteme Dios esta carga,

más pesada que el acero,

que muero porque no muero.

Sólo con la confianza

vivo de que he de morir,

porque muriendo, el vivir

me asegura mi esperanza.

Muerte do el vivir se alcanza,

no te tardes, que te espero,

que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte,

vida, no me seas molesta;

mira que sólo te resta,

para ganarte, perderte.

Venga ya la dulce muerte,

el morir venga ligero,

que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba

es la vida verdadera;

hasta que esta vida muera,

no se goza estando viva.

Muerte, no me seas esquiva;

viva muriendo primero,

que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle

a mi Dios, que vive en mí,

si no es el perderte a ti

para mejor a Él gozarle?

Quiero muriendo alcanzarle,

pues tanto a mi Amado quiero,

que muero porque no muero.


Esta es de Santa Teresa de Jesús

Y nada más, que el Señor, por mediación de su Madre, nos conceda un mes de mayo lleno de amor a la Virgen María

Un fuertísimo abrazo

Paco

 

 

Mes de Abril

 

Queridos cofrades: Que este periodo pascual nos sirva, por la mediación de María, para llevar con mayor amor la “cruz” que Nuestro Señor nos ha preparado con todo el amor que sólo él sabe dar.

Las intenciones del Papa, para este mes, son las siguientes:

General: La Liturgia, fuente de vida

Que la celebración pública y orante de la fe sea fuente de vida para los cristianos.

Misionera: La Iglesia en misión

Que las Iglesias locales de los territorios de misión sean signos e instrumentos de esperanza y de resurrección.

Palabras del Papa:

El papa Francisco almorzó ayer (28 de marzo) con siete sacerdotes de Roma.

Entre otras cosas les dijo: «Dejen las puertas abiertas de las iglesias, así la gente entra, y dejen una luz encendida en el confesionario para señalar su presencia y verán que la fila se formará».

Creo que estas palabras del Papa deben de ser muy meditadas por la Cofradía, y, en consecuencia, estudiar muy seriamente la siguiente posibilidad, que nuestra Iglesia esté abierta a los fieles un significativo mayor número de horas.

 

Discurso del Papa Francisco al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede (viernes 22 marzo 2013).

Excelencias, Señoras y señores:

Agradezco sinceramente a vuestro decano, el Embajador Jean-Claude Michel, las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos, y os acojo con gozo en este intercambio de saludos, simple pero intenso al mismo tiempo, que quiere ser idealmente el abrazo del Papa al mundo. En efecto, por vuestro medio encuentro a vuestros pueblos, y así puedo en cierto modo llegar a cada uno de vuestros conciudadanos, con todas sus alegrías, sus dramas, sus esperanzas, sus deseos.

Vuestra numerosa presencia es también un signo de que las relaciones que vuestros países mantienen con la Santa Sede son beneficiosas, son verdaderamente una ocasión de bien para la humanidad. Efectivamente, esto es precisamente lo que preocupa a la Santa Sede: el bien de todo hombre en esta tierra. Y precisamente con esta idea comienza el Obispo de Roma su ministerio, sabiendo que puede contar con la amistad y el afecto de los Países que representáis, y con la certeza de que compartís este propósito. Al mismo tiempo, espero que sea también la ocasión para emprender un camino con los pocos Países que todavía no tienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede, algunos de los cuales –se lo agradezco de corazón– han querido estar presentes en la Misa por el inicio de mi ministerio, o enviado mensajes como gesto de cercanía.

Como sabéis, son varios los motivos por los que elegí mi nombre pensando en Francisco de Asís, una personalidad que es bien conocida más allá de los confines de Italia y de Europa, y también entre quienes no profesan la fe católica. Uno de los primeros es el amor que Francisco tenía por los pobres. ¡Cuántos pobres hay todavía en el mundo! Y ¡cuánto sufrimiento afrontan estas personas! Según el ejemplo de Francisco de Asís, la Iglesia ha tratado siempre de cuidar, proteger en todos los rincones de la Tierra a los que sufren por la indigencia, y creo que en muchos de vuestros Países podéis constatar la generosa obra de aquellos cristianos que se esfuerzan por ayudar a los enfermos, a los huérfanos, a quienes no tienen hogar y a todos los marginados, y que, de este modo, trabajan para construir una sociedad más humana y más justa.

Pero hay otra pobreza. Es la pobreza espiritual de nuestros días, que afecta gravemente también a los Países considerados más ricos. Es lo que mi Predecesor, el querido y venerado Papa Benedicto XVI, llama la «dictadura del relativismo», que deja a cada uno como medida de sí mismo y pone en peligro la convivencia entre los hombres. Llego así a una segunda razón de mi nombre. Francisco de Asís nos dice: Esforzaos en construir la paz. Pero no hay verdadera paz sin verdad. No puede haber verdadera paz si cada uno es la medida de sí mismo, si cada uno puede reclamar siempre y sólo su propio derecho, sin preocuparse al mismo tiempo del bien de los demás, de todos, a partir ya de la naturaleza, que acomuna a todo ser humano en esta tierra.

Uno de los títulos del Obispo de Roma es «Pontífice», es decir, el que construye puentes, con Dios y entre los hombres. Quisiera precisamente que el diálogo entre nosotros ayude a construir puentes entre todos los hombres, de modo que cada uno pueda encontrar en el otro no un enemigo, no un contendiente, sino un hermano para acogerlo y abrazarlo. Además, mis propios orígenes me impulsan a trabajar para construir puentes. En efecto, como sabéis, mi familia es de origen italiano; y por eso está siempre vivo en mí este diálogo entre lugares y culturas distantes entre sí, entre un extremo del mundo y el otro, hoy cada vez más cercanos, interdependientes, necesitados de encontrarse y de crear ámbitos reales de auténtica fraternidad.

En esta tarea es fundamental también el papel de la religión. En efecto, no se pueden construir puentes entre los hombres olvidándose de Dios. Pero también es cierto lo contrario: no se pueden vivir auténticas relaciones con Dios ignorando a los demás. Por eso, es importante intensificar el diálogo entre las distintas religiones, creo que en primer lugar con el Islam, y he apreciado mucho la presencia, durante la Misa de inicio de mi ministerio, de tantas autoridades civiles y religiosas del mundo islámico. Y también es importante intensificar la relación con los no creyentes, para que nunca prevalezcan las diferencias que separan y laceran, sino que, no obstante la diversidad, predomine el deseo de construir lazos verdaderos de amistad entre todos los pueblos.

La lucha contra la pobreza, tanto material como espiritual; edificar la paz y construir puentes. Son como los puntos de referencia de un camino al cual quisiera invitar a participar a cada uno de los Países que representáis. Pero, si no aprendemos a amar cada vez más a nuestra Tierra, es un camino difícil. También en este punto me ayuda pensar en el nombre de Francisco, que enseña un profundo respeto por toda la creación, la salvaguardia de nuestro medio ambiente, que demasiadas veces no lo usamos para el bien, sino que lo explotamos ávidamente, perjudicándonos unos a otros.

Queridos Embajadores, Señoras y Señores, gracias de nuevo por todo el trabajo que desarrolláis, junto con la Secretaría de Estado, para edificar la paz y construir puentes de amistad y hermandad. Por vuestro medio, quisiera reiterar mi agradecimiento a vuestros Gobiernos por su participación en las celebraciones con motivo de mi elección, con la esperanza de un trabajo común fructífero. Que el Señor Todopoderoso colme de sus dones a cada uno vosotros, a vuestras familias y a los Pueblos que representáis. Muchas gracias.

LA IGLESIA EN ESPAÑA

Don Marcelo y el concilio Vaticano II.

Cuando el Beato Juan XXIII anunció, el 25 de enero de 1959, el deseo de celebrar un concilio, Don Marcelo, sacerdote en Valladolid, recibió la noticia con sorpresa, como todo el mundo, y a la vez, con ilusión y con gran esperanza, pero no le pilló desprevenido.

En enero de 1961 fue nombrado obispo y el día de San José hizo su entrada en la Diócesis de Astorga. Desde la Nunciatura recibió, como todos los obispos, comunicaciones diversas para invitar a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos a que rezaran por el éxito del Concilio, animando a que lo recibieran con esperanza y se interesaran por todo lo que se relacionara con la celebración, orando y disponiéndose a aceptar y aplicar lo que el Concilio decidiese. Para animar a que unos y otros se prepararan a la celebración, publicó dos Cartas pastorales: “Ante el próximo Concilio Ecuménico” y “Al salir para el Concilio”, y pronunció numerosas conferencias dentro de la diócesis y en otras ciudades de España.

Empieza el Concilio

En la Primera etapa tuvo una intervención en el Aula Conciliar, el 24 de noviembre de 1962, al tratar de “Los medios de comunicación social”, dijo:

“Dado que el documento se dirige a todos los hombres de buena voluntad, debemos empezar por hacer una declaración general, empezando por la observancia de la ley natural y exponiendo también los derechos y deberes de la Iglesia.

Hemos de ser ejemplares en la información y en el modo de adquirirla, sobre todo, entre los católicos. Hemos de hacerlo con verdad, sin faltar a la caridad, y sobre todo nosotros, los obispos, antes de actuar en asuntos de otros países, debemos informarnos de la realidad, consultando a la Jerarquía del lugar. Lo cual exige que la Jerarquía facilite la información y no fomente el secretismo. También hemos de facilitar que se forme una opinión pública favorable y objetiva, en relación con la Iglesia y las obras que realiza”.

Las ideas de esta intervención aparecen reflejadas en los nºs. 5, 11, 14 y 24 del documento que aprobó el Concilio.

El 3 de junio de 1963 falleció el Papa Juan XXIII y diez y ocho días después fue elegido Papa el cardenal Montini, que escogió el nombre de Pablo VI. Inmediatamente después de su elección convocó de nuevo el Concilio para el mes de septiembre.

En este segundo período, en el Aula siguieron las intervenciones sobre los documentos de Liturgia y de Medios de Comunicación Social, que ya tenían el trabajo muy avanzado de la etapa anterior, y se volcaron también en el tratado sobre la Iglesia.

1ª intervención de esta etapa (2ª). El día 16 de octubre de 1963 entregó, por escrito, una intervención sobre “el oficio de santificar de los Obispos”. En resumen decía:

“El documento dedica sólo diez líneas al oficio principal de los Obispos, que es el de santificar. Debe tratar este asunto con más profundidad y más amplitud. El Obispo debe cumplir el mandato de Cristo de predicar, pero sobre todo, debe orientar todo a promover la santificación, de manera especial por el ministerio del sacerdocio de primer orden que ha recibido, como ministro especial de algunos sacramentos. El Concilio llama a todos a la santidad. Los obispos hemos de ir por delante de todos, sacerdotes y laicos, porque estamos llamados a garantizar la perpetuidad del sacerdocio en la Iglesia y a transmitir los dones recibidos de los apóstoles”.

2ª intervención en la segunda etapa (3ª). Nueve días después, el día 25, habló en el Aula Conciliar, sobre el mismo documento e insistía más directamente en la santidad personal de los Obispos. Dijo:

Todos estamos llamados a ser santos, los primeros los obispos.

“No parece digno exhortar a los demás a la santidad si no empezamos por insistir en nuestra obligación de ser santos. ¿Cómo queremos renovar la iglesia si no empezamos por empujarnos a nosotros mismos hacia una vida más santa?”.

“Un obispo es ante todo un santificador, mucho antes que un maestro o un gobernante. Y hace falta aclarar esto, sobre todo hoy, cuando los hombres no creen en las palabras, sino en los hechos. Si los obispos vamos a dar muchas leyes en este Concilio y vamos a cuidar después de que se cumplan en la reforma del clero y del pueblo cristiano, pongamos aquí el fundamento de toda reforma, afirmando nuestra obligación de ser santos y de promover la santidad, para que no seamos consideramos inspectores y vigilantes, sino padres y pastores”.

El Concilio recogió esta idea en el número 41 de la Constitución Lumen gentium, y en el número 15 del Decreto Christus Dominus.

Esta intervención fue muy aplaudida por el papa, Paulo VI, que la había seguido a través de TV.

COMUNICACION DE BIENES ENTRE LAS DIOCESIS

“Se está hablando de la autonomía necesaria que ha de existir en la creación, existencia y vida práctica pastoral de cada diócesis.

Los obispos a quienes se les encarga de diócesis de reciente creación reciben una verdadera cruz, porque han de construir templos, escuelas, sostener a los sacerdotes, muchas veces a los catequistas, y realizar otras obras necesarias para la salvación de las almas y no tienen medios económicos para ello. Esto produce escándalo entre los fieles y debemos hacer algo para solucionar estas situaciones, que van contra la práctica de la comunicación de bienes que predicamos y contra la función social de la propiedad. El mismo concepto de colegialidad del que tanto estamos hablando no debe permitir esto. Las diócesis que tengan medios deben ayudar a las que carecen de ellos y lo mismo han de hacer las parroquias. Se debe buscar alguna solución a estas situaciones. Aunque ahora no se ponga ningún principio obligatorio, se debe estudiar esto y buscar una solución”.

El Concilio recogió esta observación en el Decreto Christus Dominus, número 6.

4ª intervención, (5ª) Primera EN LA TERCERA ETAPA

(14 de octubre de 1964)

Cuidar la formación de los sacerdotes, después de salir del seminario

“Hoy los sacerdotes necesitan mayor formación que nunca, precisamente porque ésta es la hora de los laicos. Por eso hay que facilitar que sigan formándose después de la ordenación y sería necesaria la institución de postseminarios, a los que los sacerdotes volvieran después de algún tiempo de práctica pastoral. Si la gran obra del Concilio de Trento fue la fundación de los seminarios, sería otra gran obra de éste Concilio la de los postseminarios”.

El Concilio recogió la idea de la formación permanente, en el Decreto Ecclesiae sanctae, nº 22, aunque no dijo nada de la institución del postseminario.

Por escrito

A la Gaudium et spes (Esquema XIII)

Se debe precisar más el concepto de “Iglesia “y de “mundo de hoy”

“Alabo el tono vital del documento y la forma en que están expuestas las ideas.

No obstante, creo que se deben precisar más algunos conceptos, que considero esenciales: por ejemplo: qué se entiende “por Iglesia” y” por mundo de hoy”.

Aparece un mundo ideal, como si en él no existiera mal alguno. Ciertamente en el mundo hay muchas cosas muy buenas y bellas, pero, como criaturas que son, están inclinadas al mal y Cristo vino al mundo para salvar lo que estaba perdido.”

Los miembros de la comisión redactora no hicieron mucho caso a esta intervención y el concepto “de mundo de hoy-mundo moderno” no quedó demasiado bien precisado. Lo ha dicho el Papa Benedicto XVI:

“Detrás de la vaga expresión “mundo de hoy” está la cuestión de la relación con la edad moderna. Para clarificarla era preciso definir con mayor precisión lo que es esencial y constitutivo de la edad moderna. El “Esquema XIII” no lo consiguió.

Aunque esta Constitución afirma muchas cosas importantes para comprender al “mundo” y da contribuciones notables a la cuestión de la ética cristiana, en este punto no logró ofrecer una aclaración sustancial” (Benedicto XVI, en Castelgandolfo, 2 de agosto de 2012, L´Osservatore Romano, 11-10-2012: Ecclesia, número 3.646, 27-Octubre-2012, pág. 1580).

Como realización concreta, Don Marcelo pidió que el Concilio propusiera la creación de un Organismo Central de la Iglesia, compuesto de eclesiásticos y laicos, cuya misión podría ser: a) tratar asuntos que interesan al mundo de hoy; b) ofrecer doctrina con rigor doctrinal sobre los mismos; c) colaborar con los organismos nacionales e internacionales ya existentes (ONU, UNESCO, OIT, etc.); d) servir de ayuda a los pastores sobre estos temas.

Esta sugerencia fue recogida por el Papa Pablo VI, el 6 de enero de 1967, con la creación del Consejo Pontifico “Justitia et pax”.

7ª intervención, 3ª en la tercera etapa, el 20 de octubre de 1964

Expuesta de palabra en el Aula Conciliar

De Ecclesia in mundo huius temporis. “Gaudium et spes (Esquema XIII)

Sobre el ejercicio de la caridad

En el Cap. IV el documento habla dirigiéndose de forma directa a los laicos, a quienes corresponde de manera especial construir la ciudad terrena. Es verdad que tienen esa misión. Creo que los obispos y los teólogos tenemos también la nuestra: debemos anticiparnos y estudiar los problemas y sus posibles consecuencias, como hicieron las Universidades de la Sorbona, en Paris, y la de Salamanca en España, y como hizo el Papa León XIII.

En el cap.III se habla de la Caridad de la Iglesia “bien entendida”, como obra de los seglares. Ciertamente que es obra de los seglares. Pero se debe señalar que no es obra sólo de los seglares, es obra de toda la Iglesia, porque todos estamos obligados a ser buenos samaritanos, que socorren al pobre abandonado en el camino.

Que no se confundan la caridad y la justicia. Que la Iglesia cree algún Organismo, que sirva de asesoramiento y estímulo para formar a los seglares en este sentido.

Aplicación del Concilio en Toledo

El 23 de enero de 1972 hizo su entrada en la Diócesis de Toledo como Arzobispo Primado.

En la homilía de entrada ya marcó las líneas generales de lo que iba a ser su actuación. Entre otras cosas, dijo:

“Vamos a trabajar todos juntos, en paz y con amor, con una responsabilidad compartida dentro de la misión que a cada uno nos corresponde, según nos lo confía la Santa Iglesia; con mucho espíritu de oración tal como de ella nos habla Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia en esta época del Vaticano II, iglesia muy necesitada de oración y de silencio; con amor eficaz y verdadero a los pobres, velando por la justicia de los derechos que les corresponden, sin quebrantar los derechos de los demás, con obediencia amorosa al Magisterio y a la guía del Papa en quien reside la autoridad, el amor, la auténtica interpretación del Concilio Vaticano II y la sana modernidad de la Iglesia.”

A los dos o tres días, un Profesor del Seminario le avisó: “Algunos seminaristas le van a pedir que vaya pronto a verles, porque quieren que les diga claramente qué es lo que Ud. piensa sobre el Seminario y si les conviene se quedan y, si no les gusta, se van”.

Pocos días después Don Marcelo visitó el Seminario para saludar al clero de la ciudad y de los arciprestazgos vecinos. A la puerta le recibió el Rector, Don Luis Ferrer, que le expuso la situación en que se encontraba el Seminario en ese preciso momento. “Los seminaristas –le dijo- están reunidos en asamblea, a la que no nos permiten asistir a los superiores y profesores, si no somos llamados por ellos”. Después le dijo que le habían encargado a él, como Rector, “que comunicara al Sr. Arzobispo que, cuando terminase de hablar a los sacerdotes, pasara al lugar en que ellos estaban reunidos porque querían hacerle unas preguntas”.

Como respuesta a la petición que hacían los seminaristas constituidos en asamblea, dio en el acto una norma clara, con otra opción igual de sencilla: “Dígales de mi parte -fue la respuesta de Don Marcelo al Rector- que, cuando yo termine de hablar a los sacerdotes deben estar todos en su sitio, que es cada uno estudiando en su habitación y, si no lo aceptan, esta misma tarde quedan todo expulsados, se cierra el seminario y ya veré cómo empezamos de nuevo. Si aceptan lo que digo y se van a estudiar, muy pronto les iré llamando a todos, de uno en uno, para conocerles personalmente y ver cómo piensa cada uno”.

Había entonces 17 alumnos residentes en el seminario y otros 6 que vivían fuera. Hasta final de ese curso fue una época de consultas y de escuchar a seminaristas, superiores y profesores. En septiembre de 1973 escribió la carta pastoral “Un seminario nuevo y libre”, publicada íntegramente en L´Osservatore Romano- edición en italiano (lo que significaba que la Santa Sede aprobaba el proyecto) y puso un nuevo plan de estudios, en el que instituía una cátedra sobre Teología Pastoral y Magisterio Pontificio, para estudiar el Concilio Vaticano II y los documentos y las catequesis del Santo Padre, y nombró profesor de la misma a Don Rafael Palmero, que pronto sería nombrado Vicario General y después Obispo Auxiliar.

A principios de 1974 publicó un documento sobre nuevos criterios sobre el Seminario Menor, que venía siendo un Colegio diocesano y establecía normas muy concretas sobre la admisión de alumnos, los cuales debían manifestar desde el principio, un germen de posible vocación al sacerdocio y habían de vivir internos.

Para atención al clero, promovió eficazmente la práctica de los ejercicios espirituales y de los retiros mensuales, con exhortaciones pastorales, cartas dirigidas personalmente a los interesados y frecuentes visitas a los sacerdotes de las diversas zonas de la Diócesis.

En al apostolado con los laicos, promovió la renovación de las Hermandades y Cofradías, impulsó la creación de los consejos parroquiales de pastoral y de economía, creó las escuelas de teología para seglares en Toledo y Talavera. Instituyó igualmente el Foro diocesano de laicos.

Otra preocupación grande suya fue, junto con el seminario y las vocaciones, la formación de catequistas. En ello insistía en todas las visitas a las parroquias. Al año siguiente de llegar a Toledo ya se fundó la escuela de padres catequistas, y después las escuelas de catequistas, de las que llegaron a crearse 50 en toda la diócesis, coordinadas por la Vicaría de Enseñanza y Catequesis.

Magisterio de Don Marcelo sobre el Concilio y elogios de los Papas.

El Siervo de Dios Pablo VI, alabó su intervención en el Aula Conciliar, y el Beato Juan Pablo II y Benedicto XVI, elogiaron en repetidas ocasiones su ejemplar aplicación del Concilio en las obras pastorales que realizó.

El Papa Benedicto XVI dijo al Cardenal Don Antonio Cañizares en tres ocasiones, poco más menos estas mismas palabras: “El Cardenal Marcelo González, Don Marcelo, es el Obispo que entendió a la perfección el Concilio Vaticano II y es modelo para todos por la forma en que lo aplicó”.

Notas tomadas de un trabajo de Don Santiago Calvo. Fiel colaborador suyo.

LA UNIDAD ENTRE CRISTIANOS

La verdadera unidad no es un pacto. La unidad entre los cristianos no es una realidad que se gesta y cuece en la urna de nuestras mutuas concesiones con el adversario. Porque ese tira y afloja, ese tejemaneje, no genera la verdadera unidad, sino simplemente unos pactos precarios… hasta la siguiente bronca, desencuentro o fisura.

Monseñor Jesús Sanz Montes. Arzobispo de Oviedo

MEDITACION EVANGÉLICA

SEXTA BIENAVENTURANZA

También esta sexta bienaventuranza es exclusiva de Mt. La formula así: «Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios».

L." formulación literaria de esta bienaventuranza está hecha con un vocabulario «legal», «ritual» del cuito. Literariamente, los «puros» evocan aquellos que tienen en su culto la «pureza» cultual. Algún pasaje del A.T. sitúa bien este vocabulario. «¿Quién subirá al monte de Yahvé (para verle así) y se estará en su lugar santo? El de limpias manos y puro corazón» (Sal 24,3.4).

La psicología hebrea usa indistintamente las palabras corazón y espíritu. Así, con puros «de corazón» se indica la voluntad—la persona—como principio responsable de la actividad moral.

Sin embargo, estas expresiones en el A.T. no tienen un simple valor «legal», como si esta «pureza» no fuese más que el cumplimiento «jurídico» y materia-lista de lo cultualmente preceptuado, sino que, al poner «de corazón» u otras formas equivalentes, hacen ver que se resalta la autenticidad moral.

Esto mismo se incluye «a fortiori» en el propósito evangélico de Mt, que desta-ca el valor especialmente moral de las bienaventuranzas y de su evangelio «antifarisaico».

En este destacar, en este caso de la «pureza», el valor moral de la conducta de los «puros de corazón», se ve un contraste y un marcado intento de hacer ver cómo la conducta cristiana tiene que superar la moral «farisaica», la cual, a fuerza de prescripciones legales y purificaciones, vino a degenerar en un ritualismo infértil y materialista. Aquí mismo, en el sermón del Monte, recoge el mismo Mt estas palabras de Jesucristo: «Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos». El gran comentario a esta bienaventuranza se lee en el mismo evangelio de Mt. Las palabras de Cristo al censurar la hipocresía farisaica, son sobre su porte exterior de “justos” y su interior de pecado (Mt 23,25-28).

El premio que se les asigna es que estos «puros de corazón», que tienen la verdadera rectitud moral en su conducta, «verán a Dios».

En el A.T.» ver a Dios, «ver la faz de Yahvé», significa: a) Estar presente en el templo, donde él mora, asistir a las solemnidades litúrgicas. Así se dice: «Mi alma deseó al Dios fuerte, vivo. ¿Cuándo vendré y me presentaré ante tu faz?» (el templo) (Sal 42,3; 36,9.10).

b) Otras veces, «ver la faz de Dios» es experimentar la benevolencia divina, ser sacado de una situación difícil (Sal 31,17; 13,1; 31,13).

La formulación de la promesa de esta bienaventuranza se encuentra en el vocabulario del A.T. «Los rectos verán su benigna faz. (de Dios) (Sal n,7-b).

Si, por fórmula, la expresión de la bienaventuranza está más próxima al primer tipo de ver la «faz de Dios»—templo del cielo 17—, por contenido rebasa el concepto del A.T., pues las bienaventuranzas tienen en Mt un sentido de premio escatológico en el cielo. El mismo Mt habla de los ángeles tutelares de los niños, los cuales «en el cielo ven siempre la faz de (m¡) Padre» (Mt 18,10).

Un pasaje del Apocalipsis evoca bien, con la fórmula del elemento cultual, el contenido profundo de ella: «El trono de Dios y del Cordero será erigido en la ciudad, y sus servidores le rendirán culto, y verán su faz* (Apoc 22,3.4: cf. 4,2-11).

Es claro que, en el contexto de las bienaventuranzas, «ver a Dios» no significa simplemente presentarse ante Dios en el templo de Jerusalén. Se trata ahora de la felicidad del reino, evocada bajo la forma de una participación en el culto que en el ciclo se rinde ante Dios I8. En el templo del A.T., para ingresar en él había que

estar legalmente «puros»; de igual modo, para ingresar en el santuario del N.T., en el cielo, y gozar de la «faz de Dios», hay que estar espiritual y moralmente puros Teniendo en cuenta que, en la perspectiva de Mt, el premio de las biena-venturanzas es escatológico, en el cielo, este premio es el gozo de Dios. Es lo que San Pablo enseña al decir que se verá a Dios «facie ad faciem» (1 Cor 13,12).

SÉPTIMA BIENAVENTURANZA

También esta séptima bienaventuranza es propia de Mt: «Bienaventurados los hacedores de la paz (eirenopoioi), porque serán llamados hijos de Dios».

No se beatifica, como se ve por el texto, a los que tienen paz, y no se habla de una simple paz temperamental, sino de una paz, fruto religioso, en función del reino, sino que se beatifica a los «hacedores de paz». Supone, pues, esta biena-venturanza un sentido dinámico. Son los que actúan, los que se mueven en orden a establecer entre otros la paz. Así valorada esta bienaventuranza, habría que pensar que en su contenido se incluía a todo el que buscase difundir y exhortar la «justicia» del reino para que se obtuviese asi, como fruto de ella, la «paz», lo mismo que el que por «oficio» lucha y debela la injusticia en función de obtenerse la paz del reino.

Lemonnyer y otros, basándose en el salmo 82, creen que estos “obradores de la paz” son las autoridades y magistrados, que por «”ficio” tienen la obligación de hacer respetar al derecho de los débiles.

Pero esta hipótesis no es suficiente. Pues la “adaptación” de Mt le da un senti-do de universalidad, lo mismo que en las otras bienaventuranzas, al usar la tercera persona. Es el premio de estos “pacificadores” en función del reino. En los pasajes bíblicos en que sale este término tiene el sentido de reconciliación con los enemigos (Col 1,20; Ef 2,15.16; cf. Act 7.26). Lo mismo se ve en la literatura

rabínica. Así interpretada esta bienaventuranza, vendría a estar próxima a la de Mt sobre los “misericordiosos”: sería especie de un género.

Aunque la portada es universal, se pensaría que estos «hacedores de la paz» son preferentemente, al menos en su sentido primitivo, si no exclusivamente, los «apóstoles», que tienen la misión de divulgar la «justicia» del reino, lo que traería consigo la paz del reino.

El premio que se les asigna es que «serán llamados hijos de Dios».

«Serán llamados» no significa solamente que se los llamará, en cierto sentido metafórico o conveniente, «hijos de Dios», sino que “ser llamado” significa ser reconocido por tal, ser en verdad, conforme al uso bíblico usual.

Cuándo «serán llamados» estos «pacificadores» «hijos de Dios»? Encuadrada esta bienaventuranza en un contexto escatológico, el premio que aquí se indica es en el cielo. «Serán llamados» es además, en este contexto, equivalente a las expresiones escatológicas del mismo «serán consolados» (v.5), «serán saciados» (v.6), «recibirán misericordia» (v.7). Es, pues, el premio en el cielo. ¿Qué relación hay entre esta beatificación y su premio?

Dios aparece en la Escritura muchas veces descrito como Dios de paz. Esta especial relación de estos «pacificadores» con el Dios de paz hace que se formule literariamente esta relación o dependencia, al modo semita, con la palabra «hijo» (ben = hebreo; bar = arameo), por lo que se les llama como «hijos de Dios». Así se lee en Le: «Los que fueron juzgados dignos de tener parte en aquel siglo (otro mundo) y en la resurrección de los muertos... son semejantes a los ángeles, e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección» (Le 20,35.36).

En boca de Cristo, esta bienaventuranza promete la filiación divina participada a los hombres que asi hayan trabajado en difundir entre los hombres la paz de su reino.

También se percibe en esta bienaventuranza una enseñanza sobre el modo de establecer el reino. No con armas ni ruido de conquistas, sino actuando espiritual mente y difundiendo la paz del reino entre los hombres.

Tomada de Biblia comentada, por los profesores de Salamanca

POESIA

Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

1. En mí yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo;
pues sin él y sin mí quedo,
este vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo porque no muero.

2. Esta vida que yo vivo
es privación de vivir;
y así, es continuo morir
hasta que viva contigo.
Oye, mi Dios, lo que digo:
que esta vida no la quiero,
que muero porque no muero.

3. Estando ausente de ti
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padecer
la mayor que nunca vi?
Lástima tengo de mí,
pues de suerte persevero,
que muero, porque no muero.

4. El pez que del agua sale
aun de alivio no carece,
que en la muerte que padece
al fin la muerte le vale.
¿Qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero,
pues si más vivo más muero?

5. Cuando me pienso aliviar
de verte en el Sacramento,
háceme más sentimiento
el no te poder gozar;
todo es para más penar
por no verte como quiero,
y muero porque no muero.

6. Y si me gozo, Señor,
con esperanza de verte,
en ver que puedo perderte
se me dobla mi dolor;
viviendo en tanto pavor
y esperando como espero,
muérome porque no muero.

7. ¡Sácame de aquesta muerte
mi Dios, y dame la vida;
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte;
mira que peno por verte,
y mi mal es tan entero,
que muero porque no muero.

8. Lloraré mi muerte ya
y lamentaré mi vida,
en tanto que detenida
por mis pecados está.
¡Oh mi Dios!, ¿cuándo será
cuando yo diga de vero:
vivo ya porque no muero?

SAN JUAN DE LA CRUZ

El próximo mes, si me acuerdo, os pondré la del mismo título de Santa Teresa de Jesús.

Y nada más, que el Señor, por mediación de su Madre, nos conceda una Pascua alegre que sirva de meditación a los que nos vean.

Un fuertísimo abrazo

Paco

 

 

Mes de Marzo

Queridos cofrades: Que los sucesos fuera de lo corriente acaecidos en el mes de febrero nos hagan meditar e investigar qué es lo que Dios nos pide en cada momento y tengamos la generosidad, con la ayuda de Nuestra Señora de las Angustias, de llevarlo a término.
Las intenciones del Papa (antes de dimitir), para este mes son las siguientes:
General: Respeto por la naturaleza.
Que crezca el respeto por la naturaleza, obra de Dios, confiada a nuestra responsabilidad.
Misionera: El clero.
Que los obispos, sacerdotes y diáconos sean incansables anunciadores del Evangelio hasta los confines de la tierra.

Palabras del Papa:

Ultimo ángelus del papa Benedicto XVI.

Queridos hermanos y hermanas: En el segundo domingo de Cuaresma la Liturgia nos presenta siempre el Evangelio de la Transfiguración del Señor. El evangelista Lucas resalta de modo particular el hecho de que Jesús se transfiguró mientras oraba: la suya es una experiencia profunda de relación con el Padre durante una especie de retiro espiritual que Jesús vive en un monte alto en compañía de Pedro, Santiago y Juan, los tres discípulos siempre presentes en los momentos de la manifestación divina del Maestro (Lc 5, 10; 8, 51; 9, 28). El Señor, que poco antes había preanunciado su muerte y resurrección (9, 22), ofrece a los discípulos un anticipo de su gloria. Y también en la Transfiguración, como en el bautismo, resuena la voz del Padre celestial: "Éste es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo" (9, 35).

Además, la presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas de la antigua Alianza, es sumamente significativa: toda la historia de la Alianza está orientada hacia Él, hacia Cristo, quien realiza un nuevo "éxodo" (9, 31), no hacia la tierra prometida como en tiempos de Moisés, sino hacia el Cielo. La intervención de Pedro: "¡Maestro, qué bello es estar aquí!" (9, 33) representa el intento imposible de demorar tal experiencia mística. Comenta san Agustín: "[Pe-dro]... en el monte... tenía a Cristo como alimento del alma. ¿Por qué habría tenido que descender para regresar a las fatigas y a los dolores, mientras allá arriba estaba lleno de sentimientos de santo amor hacia Dios que le inspiraban, por tanto, una santa conducta?" (Discurso 78, 3).

Meditando este pasaje del Evangelio, podemos aprender una enseñanza muy importante. Ante todo, la primacía de la oración, sin la cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo. En la Cuaresma aprendemos a dar el justo tiempo a la oración, personal y comunitaria, que da trascendencia a nuestra vida espiritual. Además, la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones, como en el Tabor habría querido hacer Pedro, sino que la oración reconduce al camino, a la acción. "La existencia cristiana – he servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios " (n. 3). escrito en el Mensaje para esta Cuaresma – consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de

Queridos hermanos y hermanas, esta Palabra de Dios la siento de modo particular dirigida a mí, en este momento de mi vida. El Señor me llama a "subir al monte", a dedicarme aún más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia, es más, si Dios me pide esto es precisamente para que yo pueda seguir sirviéndola con la misma entrega y el mismo amor con que lo he hecho hasta ahora, pero de modo más apto a mi edad y a mis fuerzas. Invoque-mos la intercesión de la Virgen María, que ella nos ayude a todos a seguir siempre al Señor Jesús, en la oración y en la caridad activa.

LA RENUNCIA DEL SANTO PADRE (EXPLICADA POR EL PROPIO SANTO PADRE)

En este momento mi ánimo se alarga para abrazar a toda la Iglesia esparcida en el mundo. Siento de llevar a todos en la oración, en un presente que es aquel de Dios. En este momento existe en mí una gran confianza porque se, lo sabemos todos, que la palabra de verdad del evangelio es la fuerza de la Iglesia, su vida. El evangelio purifica y renueva, lleva fruto, donde sea la comunidad de creyentes lo escucha y acoge la gracia de Dios en la verdad y en la caridad. Esta es mi confianza, esta es mi alegría.

Cuando el 19 de abril de casi ocho años atrás, acepté asumir el ministerio petrino, tuve firme esta certeza que me ha siempre acompañado. En aquel momento, como ya expresé en muchas ocasiones, las palabras que resonaron en mi corazón son: ¿Señor, qué me pides? Es un peso grande el que me pones sobre las espaldas, pero si tú me lo pides, sobre tu palabra echaré las redes, seguro que tú me guiarás. Y el señor me ha verdaderamente guiado, me ha sido cercano, he podido percibir cotidianamente su presencia.

Ha sido un tramo del camino de la Iglesia que ha tenido momentos de gloria y de luz, pero también momentos no fáciles, me sentí como san Pedro con los apóstoles en la barca sobre el mar de Galilea: el señor nos ha donado tantos días bellos y de briza ligera, días en los cuales la pesca ha sido abundante, hubieron también momentos en los cuales las aguas estaban agitadas y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia y el señor parecía dormir.

Pero supe siempre que en esta barca está el señor y que esta barca no es mía, no es nuestra, es suya y no la deja hundirse, es él que la conduce, ciertamente también a través de los hombres que él ha elegido, porque así ha querido. Esta ha sido y es una certeza, que nada puede ofuscar.

En estos últimos meses he sentido que mis fuerzas habían disminuido y he pedido a Dios con insistencia, en la oración, de iluminarme con su luz para hacerme tomar la decisión más justa no por mi bien, sino por el bien de la Iglesia. He dado este paso en la plena conciencia de su gravedad y también novedad, pero con profunda serenidad de ánimo.

Amar a la Iglesia significa también tener la valentía de tomar decisiones difíciles, sufridas, poniendo siempre en primer lugar el bien de la Iglesia y no sí mismos.

Aquí permitidme regresar una vez más al 19 de abril de 2005. La gravedad de la decisión estuvo justamente en el hecho que desde ese momento quedaba empeñado siempre y para siempre por el señor.

Siempre, porque quien asume el ministerio petrino no tiene más alguna privacidad. Pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia. A su vida, por así decir, es quitada la dimensión privada. El siempre es también un para siempre, no existe más un regresar a la vida privada. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio no revoca esto. No regreso a una vida de viajes, encuentros, recepciones y conferencias.

No abandono la cruz, sino que permanezco en modo nuevo adherido al crucifijo. No tendré más la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia, pero en el servicio de la oración me quedo, por así decir, en el recinto de San Pedro.

He podido experimentar, y lo experimento precisamente ahora, que uno recibe vida cuando la dona. El Papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas en todo el mundo, y que se siente seguro en el abrazo de su comunión, porque no pertenece más a sí mismo, pertenece a todos y todos pertenecen a él.

Agradezco a todos y a cada uno también por el respeto y la comprensión con la cual habéis acogido esta decisión tan importante. Yo continuaré a acompañar el camino de la Iglesia con la oración y la reflexión, con la dedicación al señor y a su esposa que he buscado de vivir hasta ahora cada día y que quiero vivir siempre.

Emotivo discurso ante el clero de Roma

«Aunque esté oculto al mundo, siempre estaré cerca de todos vosotros y estoy seguro de que vosotros también lo estaréis de mí»

Benedicto XVI se ha despedido del clero de Roma en una emotiva reunión en la que ha contado anécdotas, ha reído y ha confiado a los sacerdotes que, aunque se retira para la oración y para el mundo permanecerá «desaparecido», estará cerca de ellos El Santo Padre, al que se le ha visto cordial y relajado, ha hablado del Concilio Vaticano II, del ecumenis-mo, del holocausto, del ministerio petrino y de sus experiencias personales. Además afirmó que una vez se retire dejará por completo de aparecer ante el público. Al final del discurso, los obispos y sacerdotes romanos pasaron a besarle las manos y mostrarle su cariño.

Benedicto XVI fue sido acogido con las notas del himno Tu es Petrus. «Gracias a todos por vuestro afecto, por vuestro amor por la Iglesia y por el Papa: ¡gracias!», ha dicho antes de escuchar el saludo del cardenal Vallini.

El Papa empezó su discurso asegurando que era un don especial de la Providencia poder reunirse de nuevo con el clero de la diócesis de Roma.

El Santo Padre recordó su vivencia ante el Concilio Vaticano II. «Fuimos al Concilio con alegría y entusiasmo. La expectativa era increíble», ha dicho, y ha añadido que aunque la Iglesia entonces era bastante robusta y con muchas vocaciones se sentía que empezaba a disminuir y que era cosa del pasado y no portadora del futuro. El contraste entre la Iglesia y el mundo moderno era evidente, ha explicado.

Testigo excepcional de los debates conciliares, en los que participó como experto invitado por el cardenal de Colonia – el mismo contó algunas divertidas anécdotas sobre ello –, desgranó uno a uno los temas de mayor controversia: la cuestión litúrgica, la eclesiología, el estudio de la Escritura y la relación con el mundo contemporáneo.

Pero ante todo, subrayó que no se trató de una ruptura con la tradición, y lo hizo recordando uno de los gestos más significativos del Concilio, cuando los Padres conciliares rechazaron los textos preparados con anterioridad por el Sínodo romano, y se lanzaron a un debate profundo sobre la Iglesia: no fue un acto revolucionario, subrayó, sino de conciencia.

Muchos sectores de la Iglesia en aquellos momentos, recordó el Papa, eran conscientes de su propio anquilosamiento ante los retos del mundo contemporáneo. La Iglesia, afirmó, rememorando los sentimientos de aquella época, no debía ser un ente del pasado, sino la fuerza del futuro.

Se detuvo en primer lugar en la importancia de la renovación litúrgica traída por el Concilio, pues, reconoció, había llegado un momento en que se daba de hecho «casi» una liturgia paralela: por un lado los fieles leían sus libros de oración; por otro, el sacerdote y los asistentes realizaban el acto litúrgico.

Es verdad que el Concilio no resolvió muchas cuestiones prácticas que luego han suscitado controversia, reconoció, pero sí puso el principio fundamental: hablar de Dios, y de la liturgia como adoración a Dios, poner a Dios en el centro.

Otro de los principios que el Concilio subrayó, dijo el Papa, fue poner el misterio de la Pascua como centro de la vida cristiana. A este propósito, como ya hizo en otras ocasiones a lo largo de su pontificado, recordó la importancia del domingo, que lejos de ser el «fin de semana», debe ser vivido por los fieles como el primer día, como la nueva creación.

Pero, subrayó, esta reforma buscaba favorecer la participación de los fieles en la liturgia, no cambiar el sentido de ésta. Inteligibilidad no significa banalidad, este fue un error posterior de interpretación del Concilio.

En conexión con el tema de la liturgia, el Papa abordó la cuestión de la eclesiología. Una cuestión en la que muchos han interpretado que el Concilio Vaticano II, poniendo el acento en el término «Pueblo de Dios» y «colegialidad», corregía al Vaticano I, que ponía el acento en la suprema autoridad e infalibilidad del Papa.

No fue así, subrayó el Papa, recordando que las reflexiones del Vaticano I fueron interrumpidas por la guerra franco prusiana de 1870. La infalibilidad del Papa era un elemento, pero no el único, del ser de la Iglesia. Faltaba una reflexión sobre el Cuerpo Místico.

El error de interpretación en este caso, subrayó el Papa, es haber visto a la Iglesia con ojos humanos, como un ente institucional, y no como un organismo, un cuerpo vivo espiritual. Desde esta óptica, la cuestión de la colegialidad (el gobierno de los obispos en comunión con el Papa) era vista como una lucha de poder.

La intención del Concilio iba más allá, explicó; fue insistir en el principio de la comunión, por el que el cuerpo místico es un ser completo en el que la Iglesia, cada uno de los creyentes, está unido a Cristo, y así a los cristianos de todos los tiempos.

La acuñación del término Pueblo de Dios, que expresaba la continuidad con el Antiguo Testamento, explicó el Papa, respondía más bien a la comprensión de la Iglesia desde una eclesiología trinitaria: Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios y Templo del Espíritu Santo.

Sobre la interpretación de la Sagrada Escritura, el Papa explicó que el Concilio supuso el redescubrimiento de la centra-lidad de la Escritura, y al mismo tiempo, de la necesidad de su interpretación por parte de la tradición de la Iglesia: si no, afirmó, la Escritura es una letra muerta que puede ser interpretada de cualquier forma.

Respecto a la cuestión de la declaración Nostra Aetae, el Papa subrayó que se trata de un documento providencial que respondía de una forma muy concreta a los desafíos de la época, especialmente después del Holocausto del pueblo judío en la Segunda Guerra Mundial.

El Santo Padre explicó que los obispos de los países de mayoría musulmana propusieron que se evitara solo hablar de la cuestión de Israel, introduciendo una mención al islam. Y entonces se llegó a la conclusión de que tampoco se podían dejar de lado a las otras religiones importantes del mundo.

LA IGLESIA EN ESPAÑA

LA PILDORA DEL DÍA DEPUÉS. Juan Antonio Reig Pla.- Obispo de Alcalá de Henares

La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los padres (cf. incesto) o de educadores con los niños que les están confiados» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2356).

1. Una de las primeras preguntas que se plantea cuando se produce una violación de una mujer en edad fértil es si es lícito evitar un posible embarazo. Vayamos por partes.

Si ya se ha producido la fecundación de un óvulo nos encontramos ante un nuevo ser humano, y a este respecto la doctrina de la Iglesia es clara: «Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2271). Que la fecundación se haya producido como consecuencia de una violación no cambia en nada esta valoración del aborto. Nunca es legítimo matar al hijo concebido, tampoco en estas brutales circunstancias, aunque ciertamente su padre haya cometido una atrocidad. Por otra parte también hay que aclarar que el hecho de que el óvulo ya fecundado, es decir el embrión, esté implantado o no en la pared del útero no cambia en nada la valoración moral de la que hablamos. Se encuentre donde se encuentre situado el embrión, su destrucción deliberada (el llamado aborto provocado directo) es siempre gravemente inmoral, en todo caso es un crimen abominable, aunque la fecundación, insistimos, sea fruto de una violación.

2. Aborto procurado directo no, en ningún caso; pero ¿en caso de violación, es lícito intentar evitar que los espermato-zoides del injusto agresor puedan fecundar un óvulo de su víctima?

La Iglesia enseña que todo «acto matrimonial en sí mismo debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (HV 11). «Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (HV 12). Por lo expuesto los esposos no deben utilizar la anticoncepción para regular la natalidad, pues es un medio moralmente reprobable que no salvaguarda ambos significados esenciales del acto conyugal.

Sin embargo esta norma moral, que ni ha cambiado, ni puede cambiar, no es de aplicación en una violación. La violación es un acto inhumano y gravemente injusto y por tanto, al caso son de aplicación todos los principios morales referidos a la legítima defensa. El violador no tiene ningún derecho a acceder carnalmente a su víctima y por lo tanto tampoco a que sus espermatozoides fecunden los óvulos de la mujer a la que viola. Por tanto, es lícito intentar evitar dicha fecundación con medios, para el caso, también lícitos; por ejemplo: el lavado vaginal para la eliminación de los espermatozoides del injusto agresor (siempre y cuando no se realicen maniobras que puedan inducir un aborto si la fecundación ya se hubiera producido).

Pero la siguiente pregunta es: ¿es lícito administrar a la mujer, tras la violación, una «píldora del día siguiente», que evite la fecundación, es decir que evite que los espermatozoides del injusto agresor alcancen los óvulos de la víctima? La respuesta es sencilla: Sí, siempre y cuando no exista riesgo de que ese mismo fármaco provoque un aborto si la fecun-dación ya se hubiera producido (hay que volver a recordar que impedir la anidación del embrión es un aborto).

3. Naturalmente la pregunta siguiente es obvia: ¿existe tal fármaco? Hasta la fecha ni la Santa Sede, ni la Conferencia Episcopal Española han publicado documento alguno en el que se haga referencia a una «píldora del día siguiente» de tales características; al contrario, hasta la fecha, todos los documentos publicados, por las referidas instancias, sobre las llamadas «píldoras del día siguiente» (LXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española. Exhortación, La «píldora del día siguiente», nueva amenaza contra la vida, 27-04-2001; Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida, Nota Sobre la píldora del día siguiente, 12-12-2000, Pontificia Academia para la Vida, Comunicado sobre la llamada píldora del día siguiente, 31-10-2000) insisten en que todas estas píldoras tienen como posible efecto evitar la anidación del embrión; es decir, todas son potencialmente abortivas y por tanto su utilización es siempre inmoral, también en caso de violación. Por su parte, también la Federación Internacional de Asociaciones de Médicos Católicos (FIAMC) coincide plenamente con lo hasta aquí expuesto. Es cierto que la química farmacéutica evoluciona. Si se ha desarrollado, o en el futuro se desarrolla, una «píldora del día siguiente» que reúna todos los requisitos morales exigidos para su uso tras una violación, la Santa Sede nos lo hará saber, pero desde luego, a fecha de hoy, nada de eso se nos ha comunicado.

Alcalá de Henares, 23 de febrero de 2013.- San Policarpo, obispo y mártir.- + Juan Antonio Reig Pla.- Obispo de Alcalá de Henares

MEDITACION EVANGÉLICA

TERCERA BIENAVENTURANZA

La tercera bienaventuranza de Mt, en la Vulgata, es conceptualmente común con Lc.

Mt: «Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados». El término de Mt (penthaúntes) indica, conforme a la ley oriental de los fuertes «contrastes», una angustia muy profunda del alma.

Este dolor, sin matizar su naturaleza ni extensión, conforme al género sapiencial, es un dolor real. Es el dolor en la vida, como se ve por estar encuadrado en las demás bienaventuranzas, que tienen el sentido realista de su proceso en la vida de aquí.

Conceptualmente no está muy lejos de la primera bienaventuranza de los pobres. Si acaso esta última se diferencia de la otra como una especie o matiz dentro del género.

Sin embargo, no se beatifica “el llanto” o “gran dolor” sin más. Si no tiene, en Mt, de , se ha de suponer como encuadrada en un mismo contexto literario, y, por tanto, en una misma intención del autor. Es el , como recta actitud moral ante Dios y valorado ante Cristo desde el punto de vista del reino, el tomar la cruz y negarse a sí mismo en vista de Cristo y de su reino, que es el tema general del sermón del Monte, y más especialmente del contexto literario.

La perspectiva que Cristo abre añora al es nueva. En el A.T. se hablaba de la providencia de Dios que cambia el dolor en contento. Los judíos creían todavía en la época neotestamentaria que el dolor era efecto de pecados (Jn 9.2). Los paganos lo veían como efecto de una . El libro de Job ya había mostrado que el dolor tenía una visión de purificación y mérito. Pero ahora se eleva la mira del dolor como actitud ante el reino. Así enfocado, el dolor» de la vida tiene un valor de premio en él.

Posiblemente Mt griego le da este aspecto general . Acaso primitivamente se refiriese a esos “anawím” de la primera bienaventuranza, como desecho de las gentes, castigo del pecado, y casi como indignos de ser participes del reino mesiánico.

El premio que se asigna a los que llevan el dolor de su vida, así valorado, es que -serán consolados» (Mt). ¿Cuándo? Este premio se anuncia “el cielo” (Mt V.12). Sin embargo, estas contraposiciones, con su valor extremista, no son exclusivas. SÍ se presenta el premio en su fase final y definitiva, por razón del contraste, esto no excluye otro tipo, parcial y temporal—en esperanza-, de premios, como da a suponer aquí mismo Mt (5.12).

Con esta bienaventuranza, en la que beatifica el -dolor» en función del reino (Mt 3.11; Lc v.20.2S), apare-ce Cristo proclamándose Mesías, al cumplir así la profecía de Isaías. Del Mesías profetizó Isaías que tendría, entre otras misiones, consolar a los tristes (Is 61.3). Precisamente el Mesías era llamado «la Consolación de Israel (Lc 2, 25), y también (Menahém). Esta coincidencia literal del texto de Mt con la versión griega de los LXX de este pasaje de Isaías seguramente no es fortuita, ya que Mt evoca varias veces a Isaías en su evangelio como prueba de que Cristo cumple vaticinios mesiánicos de aquél.

CUARTA BIENAVENTURANZA

Mt: -Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Mt, siguiendo un procedimiento bien acusado en su cuadro de las bienaventuranzas, algo, no tanto para modificar el sentido original cuanto para evitar posibles desviaciones en su recta interpretación.

La frase más competa de Mt, que añade al «hambre» el complemento de «sed», con relación a Lc, en nada modifica el sentido. Es un complemento semita de la primera expresión (Is 49,10; Am8,ti).

En su original aramaico, probablemente era la formulación de esta bienaventuranza muy semejante a la de Lc, como se ve porque en la redacción actual, con las «adiciones» indicadas, se rompe el ritmo semita de su estructura. Pero en la redacción actual del Mt griego la redacción literaria de la misma parece que cambia, aunque conservando su contenido original, al tiempo que es profundizado, al pasarse de la beatificación del “hambre” material al sentido metafórico del hambre y sed.

El cambio literario queda modificado a causa de la adición intencionada de Mt griego, de «a la justicia» (tén dikaiosynen). Esta construcción es, gramaticalmente, el acusativo, complemento directo del sujeto, que es participio verbal de presen-te, de los que tienen “hambre y sed”. Traduciendo materialmente estos participios es como se acusa mejor el valor de complemento que tiene «a la justicia». Bienaventurados son, o serán, «los hambreantes y los sedientes de la justicia».

Esta construcción gramatical postula dar a esta «hambre y sed» un sentido metafórico, el cual es, ambientalmente posible, (Sal 42,3; 63,21; Ecli 24,29, etc.).

Así, su sentido metafórico es el siguiente: Bienaventurados los que ansían grandemente la justicia de Dios en orden al reino. No se beatifica aquí el que se desee que Dios intervenga realizando su obra de «justicia», de Dios justiciero, en la tierra, sino que lo que se beatifica es la actitud moral del alma que desea ansiosa-mente incorporarse a los planes de Dios: a su «justicia». Es éste el concepto que se desprende de todo el sermón de la Montana. Nada está tan cerca del pensamiento de esta bienaventuranza como lo que el mismo Jesucristo dice aquí mismo: «Buscad el reino y su justicia» (Mt 6,33). Esta «justicia» incluida en el concepto de reino es todo lo que hace al hombre justo, porque es el cumplimiento de la voluntad divina.

Pero «buscar el reino y su justicia» es equivalente a «tener hambre y sed de (esta) justicia». Y «buscar» o «tener hambre» de ella es desearla y buscarla por medio de una conducta, que es: de unas

disposiciones morales convenientes para lograr esto. Por eso, el concepto de «justicia», en esta bienaventuranza, orienta más al ansia de tener estas disposiciones morales convenientes en función del reino que a una interpretación de una intervención justiciera de Dios, «El tema evocado por la expresión y el contexto del sermón no nos orienta hacía la idea de una justicia que Dios hace, sino más bien hacia aquella justicia que se esfuerza en adquirir a los ojos de Dios cumpliendo su voluntad» 13. Y es así como esta «justicia» viene a ser aquella de la que, en este mismo discurso, dice Cristo: que «si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos1) (Mt 5.20). “La justicia en la cual piensa el evangelista es una justicia moral hecha del conjunto de obras cristianas”.

Mas no porque Mt griego dé esta interpretación mera! a la formulación original de la bienaventuranza desvirtúa su contenido, sino que la precisa e interpreta al proyectarla en un plano más densamente espiritual.

Si la bienaventuranza aramaica de Mt era equivalente a la actual de Lc, no era' una beatificación de los .hambrientos» al margen de un enfoque religioso y mesiánico, ya que ante esta perspectiva es donde tendrá justificación ese cambio de situaciones. Por eso. al transformar Mt griego la formulación material de la bienaventuranza en metafórica, la transforma en espiritual. Y con ello destaca que, si la simple “hambre y sed”, valoradas en función mesiánica, habían de tener un día por premio el de bienes mesiánicos, «ser saciados- no hace otra cosa que, conservando el valor fundamental de la bienaventuranza aramaica, potencial izar ahora el espíritu y el contenido virtual de la misma. Y con ello presentar a un tiempo el pro-fundo contenido espiritual y el sentido moral y mesiánico que va en el propósito de su evangelio.

El premio asignado a estos .hambrientos» es que, en contraposición de esa .hambre y sed» de ahora (Lc), luego, en su fase celeste, como término de la contraposición establecida, serán “saciados”. El término griego es originariamente de un fuerte grafismo. No es sólo el quitar el hambre, sino henchir y saturar con algo: .saciar» (jortasthésontai).

QUINTA BIENAVENTURANZA

Esta bienaventuranza es propia de Mt; no tiene paralelo en Lc. Está formulada así: «Bienaventurados los misericordio-sos, porque ellos encontrarán misericordia».

Con la misma estructura que las otras, Mt transmite esta bienaventuranza sobre la «misericordia». Los que sean “miseri-cordiosos” obtendrán, a su vez, como premio el que se los recibirá “misericordiosamente”. Pero lo que interesa precisar es cómo ha de ser esta misericordia y cuándo se recibirá el premio prometido.

La formulación de esta bienaventuranza aparece con un valor absoluto y universal. Sin embargo, no bastaría esto, ya que es una formulación “sapiencial”, que podría tener restricciones y matices.

Lo primero que se ve en la beatificación de estos «misericordiosos» es que no se trata de beatificar, sin más, un tempe-ramento sensible y sólo humanamente compasivo, ni de beatificar una sola misericordia afectiva y no efectiva en la medida de lo posible, como se ve encuadrándole en el contexto literario de todo el sermón del

Monte. Es una misericordia que está en función del «mesianismo» y de la conquista del reino, como lo exige su encua-dramiento en el contexto.

Tratando de valorar el término de «misericordia* que aquí se beatifica, lo mejor es contrastarlo con otros pasajes neotes-tamentarios, sobre todo del mismo Mt. Y de éstos se deducen dos sentidos:

a) Perdonar ofensas (Mt 9,13; 12,17; 18, 33; 23,23). b) Pero también la «misericordia» en Mt reviste una amplitud mayor. Así, dos ciegos piden al Señor que les cure, y el término que para ello usa Mt es precisamente éste: eleémones

(Mt 0,27; 20,30.31), lo mismo que la mujer cananea, para pedir que cure a su hija, le pide que tenga “misericordia” (Mt 15,22).

Este segundo concepto, que amplía el primero, hace ver que Mt no reduce el concepto de misericordia, sino que tiene en él el valor ordinario de hacer el bien a todo necesitado. Formulada esta bienaventuranza en tono «sapiencial», evita decir la medida en que se ha de practicar la «misericordia para obtener el premio a ella prometido. Se leía en los Proverbios (17,5): «El que tiene compasión encontrará misericordia».

El pensamiento, pues, de esta bienaventuranza es sólo afirmar la excelencia y necesidad de la misericordia para que Dios tenga misericordia. Pero ésta, por parte de Dios, siempre será un secreto y un exceso sobre lo que el hombre ejecuta. Si algo puede sugerir sobre esta amplia proporción, o desproporción, entre la misericordia del hombre y la de Dios, son aquellas palabras del mismo Cristo: «Con la medida con que midiereis se os medirá» (Mt 7,1.2).

Esta «misericordia» que Cristo promete a los misericordiosos, ¿para qué momento se promete? En el contexto literario de Mt, esta promesa tiene un valor escatológico. Algunas bienaventuranzas de Mt tienen un sentido «escatológico». Acaso, originariamente, éste fuera el sentido preferente de todas, lo que incluía el ingreso de la fase temporal del mismo. En varias de ellas (v.3.8.10.12) se promete explícitamente el premio para el cielo. Es, pues, la promesa de obtener la gran «misericordia* del ingreso definitivo en el reino.

La gran novedad de esta bienaventuranza de Cristo está en prometer la gran misericordia del reino en su ingreso final -fase celeste- a los que aquí han practicado la misericordia. Pero para los que la han practicado con todos los hombres. Los rabinos sólo defendían la beneficencia con el “prójimo”, que era el judío. Los rabinos defendían, como norma general, que la misericordia no era debida ni al “pueblo de la tierra” ni a los gentiles. Pero ahora se beatifica la misericor-dia en su sentido ancho y pleno, a toda persona, pero hecha en función del reino y como precepto de la misma ley.

«La bienaventuranza de los misericordiosos aparece así como la expresión de una exigencia moral. Mateo se para especialmente a considerar el aspecto moral de la enseñanza de Jesús; es él quien parece haber introducido este aspecto en las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas del primer evangelio no se contentan con anunciar

la buena nueva de la venida del reino; presentan el reino como la recompensa prometida a aquellos que practicasen en su vida las exigencias de la Ley nueva, más profundas que las de la Ley judía».

Tomada de Biblia comentada, por los profesores de Salamanca

MEDITACIÓN PROPIA

RENUNCIA DEL PAPA

El papa anuncia públicamente que es su intención renuncia al papado el próximo día 28 de febrero. . .

Este hecho, no muy frecuente en la historia, produce una serie numerosa de comentarios.

El papa señala como fundamento de su decisión que no se encuentra con las fuerzas físicas necesarias para llevar a cabo su misión; y desde luego es evidente que, al menos aparentemente, que últimamente ha sufrido un importante deterioro físico.

Que el papa alegue esta causa nos lleva, casi sin querer, comparar su comportamiento con el de su precursor en el papado, Juan Pablo II, quien arrastró su deterioro físico, muy importante por cierto, hasta el último segun-do de su vida. El mostrarnos su enfermedad y sufrimiento fue muy edificante, ya que nos enseño que el dete-rioro físico nos puede servir para unirnos más con El Señor.

¿Qué postura es mejor? Aquí se han dado respuestas para todos los gustos¡¡¡

Yo os voy a dar mi opinión.

Dado que estamos en presencia de dos personas que nos han dado abundantes pruebas de su amor a Dios, no podemos dudar de que ambos antes de tomar su decisión, lo han meditado mucho y han implorado al Señor que les ilumine.

Y estoy plenamente seguro que ambos se han abrazo con amor, sin duda alguna, a la cruz que el Señor le ha entregado. A Juan Pablo II le dio una y a Benedicto XVI otra.

He encontrado en apoyo de este razonamiento el evangelio de San Juan (21,15-19): Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?". Él le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos".

Le volvió a decir por segunda vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". Él le respondió: "Sí, Señor, sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas".

Le preguntó por tercera vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?". Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas.

Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, exten-derás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras".

De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: "Sígue-me".

Pedro, volviéndose, vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre Jesús y le había preguntado: "Señor, ¿quién es el que te va a entregar?"

Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: "Señor, ¿y qué será de éste?"

Jesús le respondió: "Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa? Tú sígueme".

Entonces se divulgó entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría, pero Jesús no había dicho a Pedro: "Él no morirá", sino: "Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa?"

Y en Mateo 16, 24 (lo mismo en Marcos 8, 34 y en Lucas 9, 23), que dice: Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

De todo ello, a mi juicio, se deduce que para cada uno el Señor nos tiene preparada una cruz, y que esa es la cruz que cada debe tomar sobre sus hombros y seguirle. Esa cruz que Cristo nos tiene preparada no es mejor ni peor que otra, es simplemente la nuestra, la que tenemos que colocar sobre nuestros hombros ya que esa es la voluntad de Dios. Así de sencillo y de simple.

En cuanto a los comentarios que se hacen sobre las “posibles” luchas de poder en la Curia y aleaños, sí es que existen son debilidades humanos, que han existidos y existirán siempre. Los mismos apóstoles discutían entre sí porque querían ocupar los primeros puestos, como nos recuerda los evangelios. Todos sabemos los que les decía el Señor. Sigamos el consejo de Jesucristo.

Conclusión: Recemos para que el Espíritu Santo ilumine a los cardenales que asisten al cónclave, y sigan sus iluminaciones. Amén

POESIA

Recibe el don del cielo y nunca pidas

nada a los hombres; pero da si puedes;

Da sonriendo y con amor; no midas

jamás la magnitud de tus mercedes.

Nada te debe aquél a quien le distes;

por eso tú su ingratitud esquiva.

Él fue el que te hizo el bien, ya que pudistes

ejercer la mejor prerrogativa.

que es el dar, y que a pocos Dios depara.

Da, pues, como el venero cristalino,

Que siempre brinda más del agua clara

Que le pide el sediento peregrino.

Amado Nervo

Ya que estamos en cuaresma, época de sacrificios, os recuerdo que estas cartas esperan vuestra colaboración…

Y nada más, que el Señor, por mediación de su Madre, nos conceda que sepamos aprovechar todo lo que el Señor nos ha enseñado en esta cuaresma por medios de los hechos en ella ocurridos.

Un fuertísimo abrazo

Paco

Post-data

Por si fuera de vuestro interés os pongo como postdata el comentario que hice sobre el año de la FE en el acto del pasado jueves.

Rvo. Padre Capellán, queridos alcaldes Antiguo y Moderno,

Queridos cofrades, hermanos todos en Nuestro Señor Jesucristo.

Como no podía ser de otro modo, la Cofradía quiere sacar el máximo provecho al don que se nos ha dado de un nuevo Año de Fe, y este acto, que tiene su cúspide en la Oración ante Jesús Sacramentado, quiere, además, como parte marginal, realizar una breve meditación sobre el Credo del Pueblo de Dios, confeccionado por Paulo VI, como colofón del año de la fe por el ordenado, con motivo de la conmemoración del aniversario de la celebración del XIX centenario de la muerte de los apóstoles Pedro y Pablo.

Pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine a todos y saquemos el máximo provecho de la lectura y meditación de este Credo.

El señor mando a los apóstoles, después de su resurrección y antes de su ascensión: Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y se bautizaré, se salvará; el que no creyere se condenará (Mc 16,15s).

El predicar el Evangelio es una obligación que Jesús impuso a los apóstoles, no una acto potestativo de ellos. Es, pues, su obligación la predicación del Evangelio, tal como este es, no como nos gustaría que fuere. Se podrá, incluso se deberá, expresar de una forma u otra, pero su contenido no puede alterarse, es por eso que la Iglesia, como muy acertadamente ha dicho el Padre Domínico Reginald Garrigu-Lagrange, “La iglesia es intolerante en los principio porque cree; pero es tolerante en la práctica porque ama. Los enemigos de la iglesia son tolerantes en los principios porque no creen, pero son intolerantes en la práctica porque no aman.

¿Por qué se produjo la proclamación este Credo?

Ha sido usual en la historia de la Iglesia, que terminado un concilio ecuménico, se publicara un Credo, como culminación de lo aprobado por el mismo.

Así vemos que el credo que normalmente rezamos los domingos, es el credo del concilio de Nicea. El concilio de Trento y el de Vaticano I, confeccionaron, asimismo, sus credos, si bien siguieron el criterio de dejar inalterado el credo de Nicea, añadiéndole unos apéndices.

Al terminar el concilio Vaticano II, muchos padres conciliares pidieron al Papa, Paulo VI, que se proclamara un Credo. De este criterio participaba el Padre Congar, que incluso hizo un proyecto de Credo, por encargo del papa. Proyecto que no debió de gustar al papa, puesto que no hizo caso alguno al mismo.

Parece que esta comúnmente aceptado, que la base del credo fue concebida y redactada por Jacque Maritain, con posterioridad a la publicación de su libro El paisano de Garona, en la que se critica severamente cierta posición de la iglesia postconciliar, por considerarla “arrollada ante el mundo”. En carta de Maritain al cardenal suizo Charles Jounert de fecha 12 de enero de 1967 expresa que es su deseo que “El Soberano Pontífice redacte una profesión de fe completa y detallada, en la cual sea explícito todo lo que está realmente contenido en el Símbolo de Nicea. Ésta será, en la historia de la Iglesia, la profesión de fe de Pablo VI”.

Por encargo del citado cardenal suizo, que había recibido una insinuación papal, Maritain redacto un proyecto de Credo, que fue asumido en su casi totalidad por el papa.

Este credo se separa del criterio de los concilios de Trento y Vaticano, que como hemos dicho mantuvieron el credo de Nicea, con la apostilla de unos apéndices. El Credo de Paulo VI, coincidiendo sustancialmente con el credo de Nicea, tiene, como luego veremos una redacción propia.

En las palabras previas a la proclamación del Credo, el papa dice que hace tal declaración, por exigencias de su obligación, como sucesor de Pedro, por mandato de Cristo de confirmar a sus hermanos en la fe, ya que hay un grupo de hombres que está agitado en la fe. Y finalice el preámbulo diciendo:

“Así, pues, este día, elegido por Nos para clausurar el año llamado de la fe, y en esta celebración de los santos apóstoles Pedro y Pablo, queremos prestar a Dios, sumo y vivo, el obsequio de la profesión de fe. Y como en otro tiempo en Cesárea de Filipo, Simón Pedro, fuera de las opiniones de los hombres, confesó verdaderamente, en nombre de los doce Apóstoles, a Cristo, Hijo del Dios vivo, así hoy su humilde Sucesor y Pastor de la Iglesia universal, en nombre de todo el pueblo de Dios, alza su voz para dar un testimonio firmísimo a la Verdad divina, que ha sido confiada a la Iglesia para que la anuncie a todas las gentes.

Queremos que esta nuestra profesión de fe sea lo bastante completa y explícita para satisfacer, de modo apto, a la necesidad de luz que oprime a tantos fieles y a todos aquellos que en el mundo—sea cual fuere el grupo espiritual a que pertenezcan—buscan la Verdad.

Por tanto, para gloria de Dios omnipotente y de nuestro Señor Jesucristo, poniendo la confianza en el auxilio de la Santísima Virgen María y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, para utilidad espiritual y progreso de la Iglesia, en nombre de todos los sagrados pastores y fieles cristianos, y en plena comunión con vosotros, hermanos e hijos queridísimos, pronunciamos ahora esta profesión de fe”.

¿Qué valor teológico tiene esta Profesión de fe?

Aunque el mismo Paulo VI dice que no hay que dar a la misma “el carácter de verdadera y propiamente definición dogmática”, es evidente que por reproducir declaraciones definidas en los concilios y recogidas en la Tradición de la Iglesia, nos encontramos ante un acto de su magisterio de especial gravedad, como lo muestra las palabras del pontífice antes dichas.

Estructura del Credo: El credo de Paulo VI sigue la estructura del credo de Nicea, y en él se pueden distinguir, siguiendo su propia estructura, nueve partes: a) Unicidad y Trinidad de Dios, b) Cristología, c) Espíritu Santo, d) Mariología, e) Pecado original, f) Eclesiología, g) Eucaristía, h) Encarnacionismo, e i) Escatología.

De la parte destinada a la Mariología ya he hecho un pequeño escrito, que creo que muy pronto estará a disposición de todos los cofrades, por lo que no diré nada más de de la misma.

De las ocho partes restantes tenía que elegir necesariamente, por razones de tiempo, necesariamente entre hacer un brevísimo comentario de cada una de ellas, o por un examen más minucioso de alguna de ella. He optado por esto último, por entender que sirve mejor para el fin propuesto.

Tampoco voy a proceder a la lectura íntegra del Credo, porque ello consumiría de sobras el tiempo de que disponemos. Me conformaré con deciros que cualquiera de vosotros lo puede encontrar en internet poniendo El credo de Paulo VI. También lo podéis encontrar, como postdata, en una de mis cartas que están en la página de la Cofradía, en concreto en la que corresponde al mes de diciembre.

Voy a centrarme, ahora, a examinar, con un mínimo detalle, la parte dedicada a la Cristología. De esta forma tendremos una ligera idea de lo que hace referencia, en el Credo, a la Madre y al hijo.

La parte dedicada a la cristología dice:

Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y con-sustancial al Padre, u homoousios to Patri; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra del Espíritu Santo, de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad, completamente uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona.

El mismo habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y fundó el reino de Dios, manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos enseñó el camino de las bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espíritu y mansos, tolerar los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios de corazón, pacíficos, padecer persecución por la justicia. Padeció bajo Poncio Pilatos; Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo, murió por nosotros clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con la sangre de la redención. Fue sepultado, y resucitó por su propio poder al tercer día, elevándonos por su resurrección a la participación de la vida divina, que es la gracia. Subió al cielo, de donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según los propios méritos: los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará.

Y su reino no tendrá fin.

Como podéis comprobar es bastante más extenso que lo dicho por el concilio de Nicea, que como todos sabéis se limita a decir:

Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilatos; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

La "Profesión de fe" en Cristo comienza con una confesión de su divinidad, mediante el término técnico de "Señor" tradicional-mente aplicado a Cristo, y que tiene sentido estrictamente diva-no. Como es obvio, las palabras siguientes "el Hijo de Dios" tienen en este contexto—como sucedía también en el Símbolo Niceno — el sentido propio de Hijo natural de Dios, es decir, la segunda Persona de la Santísima Trinidad.

El tema de la divinidad del Hijo es desarrollado aún más con la afirmación de "consubstancialidad" con el Padre. La afirmación se hace con la expresión técnica latina ("consubstancial al Padre") reforzada por la expresión técnica griega (homoousios to Patri). Sin duda es curioso este deliberado uso de un doble tecnicismo, latino y griego respectivamente.

La afirmación de que por el Hijo (el Verbo) "han sido hechas todas las cosas" tiene su origen en el prólogo del evangelio de San Juan: Todas las cosas han sido hechas por él (Jn 1,3)'"; la frase se encontraba ya en el Símbolo Niceno: "señalemos el que el Hijo ha colaborado [en la obra creadora] en su calidad de Verbo, Sabiduría y Virtud del Padre.

El Verbo se hizo carne (Jn 1,14). Pasamos a la afirmación de la Encarnación. La "Profesión de fe" de Pablo VI recoge, al igual que el Símbolo Niceno, las dos expresiones: "se encarnó" y "se hizo hombre". En el concilio de Nicea se hizo ver que "con decir que el Hijo de Dios tomó nuestra carne no queda aún inequívocamente afirmado el que haya tomado una humanidad perfecta y completa. Precisamente por ello se dijo “'se hizo hombre”, que no deja lugar a dudas" '\

La Encarnación se realizó "por obra del Espíritu Santo, de María la Virgen". La encarnación se hizo sin obra de varón. No puede haber duda alguna de que la fórmula tiene, históricamente considerada, el sentido que hoy, en ciertos ambientes, se ha dado en llamar "biológico".

Pero la fórmula del Símbolo Niceno-Constantinopolitano, empleada aquí por Pablo VI, no subraya sólo la virginidad de María en la concepción de Jesús, sino también su actividad maternal en esa misma concepción: "por obra del Espíritu Santo, de María la Virgen". Con ello históricamente se pretendía cerrar el paso a toda tendencia gnóstica: la carne de Cristo es carne verdaderamente humana producida de María. Se colocaban así sólidamente los dos polos del misterio de maternidad y virginidad de María en la concepción de Cristo.

El credo continúa diciendo:

Habito entre nosotros, lleno de gracia y de verdad. Anuncio y fundó el Reino de Dios, que se inicia en esta vida, y tendrá su plenitud en la otra.

Nos enseñó y ordeno un mandato nuevo: Que nos amaramos los unos a los otros como Él no amo. No tiene el carácter de caridad cristiana aquel que ama al prójimo, por mucho que haga en su favor, sino el que le quiere porque ve el prójimo a un hermano en Jesucristo. Decía Teresa de Calcuta, cuando le dijeron, que ellos no harían por todo el oro del mundo lo que ella hacía con sus pacientes, Yo tampoco lo haría por todo el oro del mundo, lo hago porque vemos en ellos a Jesucristo.

Nos enseñó las bienaventuranzas

Padeció bajo Pilatos, fue muerto, con su muerte asumió para sí todos los pecados del mundo, y con esta asunción de los pecados nos trajo la salvación. Ningún ser humano se salva por sí mismo, sino por los méritos de Jesucristo.

Resucitó al tercer día, y con su resurrección nos hizo participes de la vida divina. Subió a los cielos y de allí ha de volver para juzgarnos a todos, a los muertos y a los vivos (estos son los que vivan en el momento de la Nueva llegada de Jesús).

Habrá premio y castigo, y este premio o castigo será para siempre.

CONCLUSIÓN:

Una vez sabidas estas cosas, de habernos percatado de inmenso amor que Dios nos tiene (tanto amo Dios al mundo que nos envió a su hijo), no nos queda otro camino, que seguir con todo amor del que seamos capaces, las enseñanzas y los mandatos que nos dio, en la seguridad de que si así lo hacemos no solo alcanzaremos el premio en la vida eterna, sino que también seremos felices en esta vida terrena, porque la cruz que Jesucristo nos da a cada uno de nosotros es suave, y su carga ligera, y por lo tanto fácil de llevar, y más todavía si no percatamos que además que el Señor nos ha dado un cirineo fuera de serie, Nuestra Señora la Virgen María. A la que en una generosidad extrema, nos la dio como Madre.

 

 

Mes de febrero

 

Queridos cofrades: Que la cuaresma que muy pronto va comenzar nos sirva de preparación para un maravilloso domingo de Resurrección. Amén.

Las intenciones del Papa para este mes son las siguientes:

General: Familia inmigrante.

Que se apoye y acompañe a las familias de inmigrantes en sus dificultades, especialmente a las madres.

Misionera: Construcción de la paz

Que quienes sufren por causa de guerras y conflictos sean protagonistas de un futuro de paz.

Palabras del Papa:

En el mes de enero, días 18 al 25, ha tenido  lugar la Semana de oración por la unidad de los cristianos, con tal motivo el papa en el Ángelus del domingo día 20 de enero, entre otras cosas dijo

: Queridos hermanos y hermanas: La liturgia de hoy  propone el Evangelio de las bodas de Caná, un episodio narrado por Juan, testigo ocular del hecho. Tal relato se ha situado en este domingo que sigue inmediatamente al tiempo de Navidad porque, junto él la visita de los Magos de Oriente y  el Bautismo de Jesús, forma la trilogía de la epifanía, es decir de la manifestación de Cristo. El episodio de la bodas de Caná; es  en efecto, «el primero de los signos» (Jn 2, 11), es decir, el primer milagro realizado por Jesús, con el cual El manifestó su gloria en público, suscitando la fe  sus discípulos. Nos remitimos brevemente a  lo que ocurre durante aquella fiesta de bodas en Caná de Galilea. Sucede que falta el vino, y María, la Madre de Jesús, lo hace notar a su Hijo. Él le responde que aún no había llegado su hora; pero luego atiende la solicitud de María y  tras hacer llenar de agua  seis grandes ánforas, convirtió el agua  en vino, un vino excelente, mejor que el anterior. Con este «signo», Jesús se revela como el Esposo mesiánico que vino a sellar con su pueblo la nueva y eterna Alianza, según las palabras de los profetas: «Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo» (Is 62, 5). Y el vino es símbolo de esta alegría del amor; pero hace referencia a la sangre, que Jesús derramará al final, para sellar su pacto nupcial con la humanidad.

La Iglesia es la esposa de Cristo, quien la hace santa y  bella con su gracia. Sin embargo, esta esposa, formada por seres humanos, siempre necesita purificación.  Y una  de las culpas más graves que desfiguran el rostro de la Iglesia es aquella contra su unidad visible, en particular las divisiones históricas que han separado  a los cristianos y que aún no se han superado. Precisamente en estos días, del  18 al 25 de enero, tiene lugar la Semana de oración por la unidad de los cristianos, un momento siempre grato a los creyentes y a las comunidades, que despierta en todo el deseo y  el compromiso espiritual por la comunión plena. En este sentido ha sido muy significativa la vigilia que pude celebrar hace casi un mes,  en esta plaza, con miles de jóvenes de toda Europa y con la comunidad ecuménica de Taizé: un momento de gracia donde hemos experimentado la belleza de  formar en Cristo una cosa sola. Aliento a  todos a rezar juntos a fin de que podamos realizar «lo que el Señor exige de nosotros» (cf. Miq  6, 6-8), como dice este año el tema de la Semana; un tema propuesto por algunas comunidades cristianas de la India,  que invitan a comprometerse con decisión hacia la unidad visible entre todos los cristianos y él superar, como hermanos en Cristo, todo tipo de discriminación injusta. El viernes próximo, al final de estas jornadas de oración, presidiré las Vísperas en la basílica de San Pablo Extramuros, con la presencia de los representantes de las demás Iglesias y Comunidades eclesiales.

Queridos amigos. a la oración por la unidad de los cristianos quisiera añadir una vez  más la oración por la  paz, para que, en los diversos conflictos por desgracia en curso, cesen las  viles masacres de civiles indefensos, tenga fin toda violencia y se encuentre la valentía del diálogo y de la negociación. Por ambas intenciones invocamos la intercesión de María santísima, mediadora de gracia.

En una de las audiencias de los miércoles del mes de enero, el Papa nos ha dicho que:

“el cristiano "no debe tener miedo de ir a contracorriente" para vivir su propia fe y denunció que en la sociedad actual Dios se ha convertido en el "gran ausente" y en su puesto el hombre ha colocado numerosos ídolos, "el primero, él mismo".

El Pontífice hizo estas manifestaciones ante varios miles de fieles que asistieron en el Aula Pablo VI del Vaticano a la audiencia pública de los miércoles, cuya catequesis dedicó al primer artículo del Credo "Creo en un solo Dios".

El Obispo de Roma afirmó que creer implica adhesión, acogida y obediencia, que es un acto personal, una respuesta libre.

"Creer en Dios nos hace portadores de valores que muchas veces no coinciden con la moda y la opinión de momento, nos exige adoptar criterios y asumir comportamientos que no pertenecen al común modo de pensar", subrayó.

El Pontífice agregó que el cristiano "no debe tener miedo de ir a contracorriente para vivir su propia fe, resistiendo la tentación de 'uniformarse'" y denunció que la sociedad actual relega a Dios a un segundo plano.

"En muchas sociedades, Dios se ha convertido en el gran ausente y en su puesto se han colocado muchos ídolos, el primero, él mismo. También los notables y positivos progresos de la ciencia y de la técnica han llevado al hombre a una ilusión de omnipotencia y de autosuficiencia, a la vez que un creciente egocentrismo ha creado no pocos desequilibrios en las relaciones interpersonales y en los comportamientos sociales", destacó.

Benedicto XVI animó a los hombres a seguir a Dios "sin miedo", un camino -precisó- que muchas veces "es difícil, que conoce la muerte, pero que se abre a la vida, transformando la realidad y que sólo los ojos de la fe pueden ver y gustar en total plenitud".

Palabras del Papa Benedicto XVI sobre el enamoramiento y el amor

«Desde el s. XIX, viene la emancipación del individuo, de la persona, y el matrimonio no se basa en la voluntad de otros, sino en la propia elección; comienza con el enamoramiento, se convierte luego en noviazgo y finalmente en matrimonio. En aquel tiempo, todos estábamos convencidos de que ese era el único modelo justo y de que el amor garantizaba de por sí el «siempre», puesto que el amor es absoluto y quiere todo, también la totalidad del tiempo: es «para siempre». Desafortunadamente, la realidad no era así: se ve que el enamoramiento es bello, pero quizás no siempre perpetuo, como lo es también el sentimiento: no permanece por siempre. Por tanto, se ve que el paso del enamoramiento al noviazgo y luego al matrimonio exige diferentes decisiones, experiencias interiores. Como he dicho, es bello este sentimiento de amor, pero debe ser purificado, ha de seguir un camino de discernimiento, es decir, tiene que entrar también la razón y la voluntad; han de unirse razón, sentimiento y voluntad. En el rito del matrimonio, la Iglesia no dice: «¿Estás enamorado?», sino «¿quieres?», «¿estás decidido?».Es decir, el enamoramiento debe hacerse verdadero amor, implicando la voluntad y la razón en un camino de purificación, de mayor hondura, que es el noviazgo, de modo que todo el hombre, con todas sus capacidades, con el discernimiento de la razón y la fuerza de voluntad, dice realmente: «Sí, esta es mi vida».Yo pienso con frecuencia en la boda de Caná. El primer vino es muy bueno: es el enamoramiento. Pero no dura hasta el final: debe venir un segundo vino, es decir, tiene que fermentar y crecer, madurar. Un amor definitivo que llega a ser realmente «segundo vino» es más bueno, mejor que el primero. Y esto es lo que hemos de buscar. Y aquí es importante también que el yo no esté aislado, el yo y el tú, sino que se vea implicada también la comunidad de la parroquia, la Iglesia, los amigos. Es muy importante esto, toda la personalización justa, la comunión de vida con otros, con familias que se apoyan una a otra; y sólo así, en esta implicación de la comunidad, de los amigos, de la Iglesia, de la fe, de Dios mismo, crece un vino que vale para siempre. ¡Os felicito!» (Benedicto XVI. Milán, 02-06-2012).

Mensaje del Papa para la próxima cuaresma.

En su mensaje, el Obispo de Roma señala que la Cuaresma es una ocasión propicia para meditar sobre la relación entre fe y razón, entre creer en Dios, «el Dios de Jesucristo», y el amor que es fruto de la acción del Espíritu Santo. También explica que la fe muestra a los hombres que Dios nos ha dado a su Hijo y suscita la firme certeza de que Dios es amor.

«El amor es una luz -en el fondo la única- que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar y todo ello nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente el amor fundado en la fe y plasmado por ella», escribe el Santo Padre.

El Papa añade que la fe es conocer la Verdad y adherirse a ella y la caridad «caminar» en la Verdad y que por ello nunca se puede separar u oponer fe y caridad y menos hacer hincapié en la prioridad de una sobre otra.

«No se puede dar prioridad a la fe y casi despreciar las obras de caridad reduciéndolas a un humanitarismo genérico y tampoco se puede sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista», asegura.

El fideísmo es la herejía que afirma que a Dios solo se le puede conocer por la fe y nunca por la razón. Benedicto XVI advierte asimismo de que muchas veces se tiene la tendencia de reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria, cuando la «mayor obra de caridad es precisamente la evangelización».

El Papa asegura que «ninguna acción es más benéfica» y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios. «La evangelización es la promoción más alta e integral del ser humano», escribe el papa, que insiste en que una fe sin obras «es como un árbol sin frutos».

En referencia a la Cuaresma, Benedicto XVI afirma que este tiempo de preparación a la muerte y resurrección de Cristo invita al cristiano a alimentar la fe escuchando con más atención y de manera prolongada la Palabra de Dios y participando en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo.

LA IGLESIA EN ESPAÑA

El Obispo de Córdoba,  sobre  la ideología de género ha escrito:

¿En qué consiste la ideología de género, de la que oímos hablar continuamente? –El Papa (B16) acaba de referirse a ella, con tonos suaves pero profundamente alarmantes. La ideología de género destroza la familia, rompe todo lazo del hombre con Dios a través de su propia naturaleza, sitúa al hombre por encima de Dios, y entonces Dios ya no es necesario para nada, sino que hemos de prescindir de Él, porque Dios es un obstáculo para la libertad del hombre.

La ideología de género es una filosofía, según la cual «el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía» (B16). La frase emblemática de Simone de Beauvoir (1908-1986), pareja de Jean Paul Sartre: «Mujer no se nace, sino que se hace» expresa que el sexo es aquello que uno decide ser. Ya no valdrían las ecografías que detectan el sexo de la persona antes de nacer. Esperamos un bebé. ¿Es niño o niña? –La ecografía nos dice claramente que es niña. No. Lo que vale es lo que el sujeto decida. Si quiere ser varón, puede serlo, aunque haya nacido mujer. Y si quiere ser mujer puede serlo, aunque haya nacido varón. No se nace, se hace. Al servicio de esta ideología existen una serie de programas formativos, médicos, escolares, etc. que tratan de hacer «tragar» esta ideología a todo el mundo, haciendo un daño tremendo en la conciencia de los niños, adolescentes y jóvenes.

La ideología de género no respeta para nada la propia naturaleza en la que Dios ha inscrito sus huellas: soy varón, soy mujer, por naturaleza. Lo acepto y lo vivo gozosamente y con gratitud al Creador. No. Relacionar con la naturaleza, y por tanto con Dios, mi identidad sexual es una esclavitud de la que la persona tiene que liberarse, según esta ideología equivocada. De aquí viene un cierto feminismo radical, que rompe con Dios y con la propia naturaleza, tal como Dios la ha hecho. Un feminismo que se va extendiendo implacablemente, incluso en las escuelas. La iglesia católica es odiada por los promotores de la ideología de género, precisamente porque se opone rotundamente a esto. «Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación» (B16).

Y, sin embargo, una de las realidades más bonitas de la vida es la familia. La familia según su estructura originaria, donde existe un padre y una madre, porque hay un varón y una mujer, iguales en dignidad, distintos y complementarios. Donde hay hijos, que brotan naturalmente del abrazo amoroso de los padres. La apertura a la vida prolonga el amor de los padres en los hijos. Donde hay hermanos, y abuelos, y tíos, y primos, etc. ¡Qué bonita es la familia, tal como Dios la ha pensado! Dios quiere el bien del hombre, y por eso ha inventado la familia. Aunque la ideología de género intenta destruirla, la fuerza de la naturaleza y de la gracia es más potente que la fuerza del mal y de la muerte. La familia necesita la redención de Cristo, porque Herodes sigue vivo, y no sólo mata inocentes en el seno materno, sino que intenta mentalizar a nuestros niños, adolescentes y jóvenes con esta ideología, queriendo hacerles ver que hay «otros» tipos de familia.

El Hijo de Dios nació y vivió en una familia y santificó los lazos familiares. La fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret en el contexto de la Navidad es una preciosa ocasión para dar gracias a Dios por nuestras respectivas familias, que son como el nido donde hemos nacido o donde crecemos y nos sentimos amados. Es ocasión para pedir por las familias que atraviesan dificultades, para echar una mano a la familia que tengo cerca y cuyas necesidades no son sólo materiales, sino a veces de sufrimientos por conflictos de todo tipo. La fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, compuesta por Jesús, María y José es una oportunidad para reafirmar que sólo en la familia, tal como Dios la ha instituido, encuentra el hombre su pleno desarrollo personal y, por tanto, la felicidad de su corazón. En la familia está el futuro de la humanidad, en la familia que responde al plan de Dios.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

Carta del Obispo de Alcalá de Henares sobre San Valentín

La festividad de San Valentín: una ocasión de gracia

San Valentín, obispo y mártir, patrón de la ciudad de Terni (Italia) y protector de los enamorados de todo el mundo nació en Terni en el 175 d.C. Valentín dedicó toda su vida a la comunidad cristiana que se había formado en la ciudad a cien kilómetros de Roma, donde arreciaba la persecución contra los seguidores de Jesús.

El eco de los clamorosos milagros realizados por el santo, llegó hasta Roma y se difundió pronto por todo el imperio. El Papa San Feliciano lo consagró  primer Obispo de la ciudad de Terni, y todavía hoy conserva los restos mortales. Su nombre está siempre unido al amor por un episodio que en aquel tiempo fue  muy clamoroso: cuenta la tradición que San Valentín fue el primer religioso que celebró la unión entre un legionario pagano y una joven cristiana. Seguidamente fueron muchos los que desearon su bendición. Todavía hoy  este hecho se recuerda durante la fiesta de la promesa en la Basílica que lleva su nombre en Terni  (www.diocesi.terni.it).

Consciente de que el hombre [varón y mujer] es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión (Beato Juan Pablo II, Redemptor hominis, 14), he querido recoger la experiencia pastoral que viene realizándose en la diócesis de Terni (Italia), donde se veneran las reliquias de San Valentín, para promover en Alcalá de Henares una Vigilia de oración por los novios, los prometidos y los matrimonios. También oraremos, en particular, por los matrimonios con dificultades, separados o divorciados.

Todos buscamos amar y ser amados; pero para ello necesitamos un maestro. Necesitamos volver a Jesucristo, el divino Maestro, para aprender a amar y para tener la fuerza para amar, cada cual según su propio estado y condición. El Espíritu Santo, que es Amor, es quien abre nuestros corazones para recibir el don del amor auténtico.

En este sentido es necesario recordar a todos, y de manera especial a los jóvenes, al menos tres verdades sin las cuales la vida conyugal está llamada al fracaso. Primero: la unidad sustancial cuerpo-espíritu. No somos sólo cuerpo o sólo espíritu. Somos un espíritu encarnado; el cuerpo no es una prótesis de la persona, es sacramento de la persona, su visibilizarían. Segundo: la diferencia sexual, no es un accidente, es constitutiva de la persona. Somos persona-varón o persona-mujer por voluntad de Dios, y desde esa diferencia somos llamados al amor. Nuestro cuerpo, cada aspecto de nuestra anatomía, tiene una dimensión nupcial, está creado para el don, para amar, y en el ámbito del matrimonio se hace lenguaje del amor en el abrazo conyugal abierto a la posibilidad del don de una nueva vida. Tercero: como consecuencia del pecado original, todos somos víctimas de la concupiscencia, es decir, de una inclinación al mal que permanece en los seres humanos aún después del bautismo; por ello, es necesaria la redención del corazón, la gracia de Jesucristo que nos capacita para amar y perdonar.

Desde estos presupuestos es necesario explicar, como lo hace Papa Benedicto XVI, que “el enamoramiento es bello, pero quizás no siempre perpetuo”, por ello “el enamoramiento debe hacerse verdadero amor, implicando la voluntad y la razón en un camino de purificación, de mayor hondura” (02-06-2012). La Iglesia quiere ayudar, paso a paso, sin quemar etapas, a quienes legítimamente desean aprender a amar de un modo conyugal, ofreciendo las gracias que brotan del costado abierto de Cristo, desposado con la humanidad en el lecho de la cruz. Es necesario iluminar a esta generación y combatir con amor y ardor evangélico el materialismo y el emotivismo, pero también el espiritualismo y el voluntarismo, e incluso las supersticiones entorno al enamoramiento y el amor. Sin la conversión, sin la inteligencia y la voluntad sanadas por la gracia de Dios no es posible un amor verdadero y duradero que implique a toda la persona: cuerpo, psique y espíritu. Con ánimo de buen samaritano, con el aceite de la misericordia y el vino del amor, deseamos acoger a todos en la posada de la Iglesia, aprovechando la festividad de San Valentín como una ocasión de gracia que alcance a cercanos y lejanos. El hombre no puede vivir sin amor (RH, 10). Que la Sagrada Familia de Nazaret vele sobre todos nosotros y sea nuestro modelo y guía para aprender a amar.

Con mi bendición y afecto,

+ Juan Antonio Reig Pla

Obispo Complutense

Arzobispo de Oviedo

Es vieja aquella invitación de buscar la unidad, de labrar juntos caminos que nos lleven a la comunión, superando todo cuanto puede insidiar, enfrentar, dividir. No se trata, lógicamente, de una especie de buenismo en el que renunciando a la verdad, descuidando la bondad y manchando la belleza, construyamos un paraíso irreal e insostenible fruto de nuestro consenso servil y paniaguado.

La deseada unidad, la auténtica comunión, se nutre de la apasionada búsqueda de la verdad, esa Verdad que va con mayúsculas, la que únicamente nos hace libres, como Jesús prometió. Por eso la unidad entre los cristianos no es una realidad que se gesta y cuece en la urna de nuestras mutuas concesiones con el adversario. Porque ese tira-y-afloja, ese teje-maneje, no genera la verdadera unidad, sino simplemente unos pactos precarios… hasta la siguiente bronca, desencuentro o fisura.

Se trata de algo más grande, y de mayor envergadura. Jesús mismo lo pidió en su discurso de la última Cena: «Padre, que todos sean uno en nosotros para que el mundo crea» (Jn 17,21). Es una oración bellísima y que viene a denunciar cada episodio de increencia, cada atisbo de apostasía, tal vez por el escándalo o la indiferencia que ha podido provocar la falta de comunión sincera entre los discípulos de Cristo.

Para evitar confundir esta comunión que nos hace verdaderamente uno, con un simple asenso de tibieza y mediocridad que no vale para nada, ya nos advertía el Papa Benedicto XVI que  «la unidad plena y visible de los cristianos, a la que aspiramos, exige que nos dejemos transformar y conformar, de modo cada vez más perfecto, a la imagen de Cristo. La unidad por la que oramos requiere una conversión interior, tanto común como personal. No se trata simplemente de cordialidad o de cooperación; hace falta fortalecer nuestra fe en Dios, en el Dios de Jesucristo, que nos habló y se hizo uno de nosotros; es preciso entrar en la nueva vida en Cristo, que es nuestra verdadera y definitiva victoria; es necesario abrirse unos a otros, captando todos los elementos de unidad que Dios ha conservado para nosotros y que siempre nos da de nuevo; es necesario sentir la urgencia de dar testimonio del Dios vivo, que se dio a conocer en Cristo, al hombre de nuestro tiempo».

Por eso, como cada año, estamos celebrando una semana de oración pidiendo al Señor por la unidad de los cristianos. Este año se ha encargado su preparación a los cristianos de la India, en donde se vive la lucha de las castas que les lleva a la división violenta entre las distintas religiones, siendo la cristiana objeto de persecución martirial. Tomando pie en un pasaje del profeta Miqueas:

«¿Qué exige el Señor de nosotros?» (cf. Mi 6 6-8), también nosotros nos preguntamos cómo hacer para crear puentes de unidad que nos permitan salir al encuentro de unos y otros, movidos por la sincera búsqueda de la verdad a la que el Señor nos llama.

No es algo cualquiera, como el beato Juan Pablo II nos recordó sobre la índole esencial de ese compromiso: «Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece, en cambio, al ser mismo de la comunidad» (Ut unum sint, 9).

La unidad nace del amor que busca en el otro a un hermano, sin traicionar la verdad que nos hace libres a los dos. Es lo que nos pidió Jesús. Es lo que ayuda a aumentar nuestra fe y a que los demás puedan también creer.

¿Qué podemos hacer esta Cuaresma?

Podemos rezar todos los viernes un VÍA-CRUCIS.

Para facilitar este rezo, al final de la carta, os pongo, como postdata, dos modelos de VÍA-CRUCIS, uno muy breve, y otro un poco más largo.

Entiendo que estaría muy bien, que entre nuestros rezos incluyamos estos viernes, día que Jesucristo hace su caminar al Calvario, el rezo del Vía Crucis, para prepararnos a coger Su Cruz, y seguirle, porque “su carga es suave y su peso ligero”.

MEDITACION EVANGÉLICA

La segunda bienaventuranza de san Mateo (5, 3-12).

BIENAVENTURADOS LOS MANOS, PORQUE ELLOS POSEERÁN LA TIERRA.

Esta bienaventuranza aparece en muchos códices griegos (cód. sinaítico, B, C,) y versiones—Itala, syr.-sin., Peschitta—en tercer lugar; ponen antes la bienaventuranza de los que «lloran». Por ser  el orden de la Vulgata, se la considera aquí. Esta bienaventuranza es propia de Mt. Si originariamente estas bienaventuranzas estaban unidas, no es fácil que fuesen luego desglosadas. Ni tampoco parece razón suficiente pensar en un <desdoblamiento> de la primera por su semejanza con la misma. Pues es manifiesto que Mt intenta con ella expresar algo distinto de la primera. El porqué de esta oscilación de lugar en la tradición manuscrita acaso puede ser debido a un cierto ensayo de <aproximación>. La formula así: «Bienaventurados  los mansos, porque ellos poseerán la tierra».

¿Cuál es el significado de esta bienaventuranza? El texto griego pone para su traducción una palabra (praeis) cuya raíz significa dulzura, mansedumbre. Si esta bienaventuranza perteneció, como parece por su estructura, al texto original, entonces es una traducción del aramaico. Pero el griego de los LXX traduce por esta misma palabra lo mismo ser «pobre, «ser miserable», etc. (ani), que ser •manso* o «mansedumbre» (anah). Por pura vía filológica no sería fácil venir a una conclusión precisa. Pero lo que puede orientar algo el significado de su contenido es, además del término griego usado, el que, indudablemente, Mt trata de expresar algo distinto de la bienaventuranza anterior de los «pobres», que traduce al griego por otro término.

Por otra parte, esta bienaventuranza, en su forma literaria, es una citación textual del salmo 37,11. Este puede ser ya un elemento que más directamente oriente a la interpretación de la misma, por el encuadramiento de este pasaje en el contexto del salmo.

El término hebreo que usa el salmo ('anawim), lo mismo puede significar «pobre», «miserable», que «manso». Y del contexto de este salmo (v,6a.7b.8a.b.14.32) se ve que no se trata de establecer solamente una contraposición de la providencia de Dios sobre el pobre y el rico, es decir, sobre la resignación del pobre frente a la prosperidad genérica de los ricos, sobre todo en sentido peyorativo, sino sobre el rico opresor y el pobre que lleva su suerte con resignación y paz: con «mansedumbre».

Pero otro elemento que permite comprender el sentido de la palabra griega usada aquí es el contexto tota! del evangelio de Mt.  Sólo Mt es el único de los evangelistas que habla de la <mansedumbre>. Dos son los pasajes de su evangelio en los que usa esta misma palabra.

Al describir la entrada mesiánica de Jesucristo en Jerusalén el día de Ramos evoca sobre este acontecimiento la profecía de Zacarías (9,9), que dice así: «Decid a la hija de Sión: He aquí que tu rey viene a ti, manso y montado sobre un asno... (Mt 21,5).

En el otro pasaje, Jesucristo destaca que sus preceptos no son una carga como lo son los preceptos insoportables de los fariseos. Y concluye: «Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29).

En los pasajes evangélicos citados, el sentido de esta palabra es, en el primero, la carencia de violencia-—resignación—, y en el segundo, el de benevolencia y compasión.

¿Cuál sentido ha de prevalecer? Seguramente que estos pasajes evangélicos son los que han de interpretar mejor el sentido de la cita del salmo, ya que es la misma palabra, de un mismo autor, la que ha de valorar esa misma palabra en otro pasaje del mismo evangelio.

Pero, además, «la práytes es esencialmente mansedumbre y modestia, teniendo una afinidad particular con la humildad, de una parte, y con la benignidad o la compasión, de otra. Es paciente y buena, tan enemiga de la cólera vengadora como del orgullo extremoso. Tenemos razón al decir que la distancia no parece grande entre la bienaventuranza de los «mansos», al menos en la redacción griega de Mt, y la bienaventuranza de los 'misericordiosos». Una y otra expresan una misma actitud de alma, fundamental, característica del espíritu de la nueva ley».

Posiblemente la diferencia esté en que en la primera se beatifica la pobreza llevada libremente, y en ésta se beatifica ese pobre humillado, que no sólo lleva libremente su pobreza, sino que hay en él incluso una actitud de benevolencia hacia los demás, en lugar de una actitud de vida agria con los mismos, como reflejo de su estado interno.

El premio que se le asigna a esta bienaventuranza es que los que la practiquen «poseerán la tierra*. Palabras tomadas del mismo salmo y que es el que allí mismo se asigna a estos «pobres» (Sal 37,11; 9,22). Es un salmo en el que se plantea el problema de la «retribución*. Con una repetición insistente se dice lo que es la brevedad de la vida y cómo el rico malvado pasa y es castigado, mientras que el <pobre> justo es premiado. Como término expresivo se le promete que «poseerá la tierra». Esta es Palestina. Lo que fue <promesa> de los patriarcas, fue el eterno ideal del judío piadoso. La Tierra Prometida vino a ser el <tipo> ideal del premio del reino de los cielos.

La palabra usada por Mt (kleronomésousen), «heredarán», no tiene de suyo el sentido de herencia por un legado de muerte. Puede también tener el simple significado de recibir algo por voluntad de alguno. Es sinónimo de poseer *°. En el salmo corresponde al verbo yarash, que significa igualmente ambas cosas. Por eso sólo se dice el hecho: «poseer». No el modo. Este lo descubre la revelación. Se poseerá precisamente por «herencia*. Jesucristo es el <heredero> del reino, por ser Hijo de Dios; y los que posean el reino lo obtendrán por ser «coherederos» con él de ese reino (Rom 8,17).

Como en la bienaventuranza anterior, dirigida ésta a los apóstoles y discípulos, que ya han ingresado en la fase terrena del reino, este premio se refiere a la fase escatológica y celeste del mismo. Sin olvidarse el valor de universalidad «moral» con que se «adapta» en Mt.

Tomada de Biblia comentada, por los profesores de Salamanca

POESIA

CALVARIO

En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y sólo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta. Amén.

Gabriela Mistral

Y nada más, que el Señor, por mediación de su Madre, nos conceda una cuaresma que responda a sus deseos.

Un fuertísimo abrazo

Paco

Post-data

VIA CRUCIS (BREVE)

1ª. Estación: Jesús es condenado a muerte.

¡Oh Jesús mío! Tu silencio me enseña a llevar las contradicciones con paciencia.

2ª. Estación: Jesús toma la Cruz

Esta Cruz, ¡Jesús mío!, debía ser mía; mis pecados te crucificaron.

3ª. Estación: Jesús cae por primera vez.

¡Jesús mío! Por esta primera caída no me dejes caer en pecado mortal.

4ª. Estación: Jesús encuentra a su Santísima Madre.

Que ningún afecto humano, ¡Jesús mío!, me impida seguir el camino de la Cruz.

5ª. Estación: Simón el Cirineo ayuda a Jesús a llevar la Cruz.

¡Jesús mío!, que yo acepte con resignación cualquier prueba que sea tu voluntad enviarme.

6ª. Estación: Jesús encuentra a la Verónica

Imprime ¡Jesús mío!, tu sagrado rostro sobre mi corazón, y concédeme que nunca sea borrado por el pecado.

7ª. Estación: Jesús cae por segunda vez.

Que esta segunda caída. ¡Jesús mío! me libre de recaer en la culpa.

8ª.  Estación: Jesús habla a las hijas de Jerusalén.

Mi mayor consuelo, ¡Jesús mío!, sería oírte decir; «Muchos pecados te son perdonados, porque me amado mucho».

9ª. Estación: Jesús cae por tercera vez.

Cuando me sienta cansado, ¡Jesús mío! En el camino de la vida, sé Tú mi sostén y mi perseverancia en los trabajos.

10ª. Estación: Jesús es despojado de sus vestidos.

Despójame ¡Jesús mío! del afecto a las cosas terrenas, y revísteme de la túnica de contrición y de penitencia.

11ª. Estación: Jesús es crucificado.

Enséñame, ¡amado Jesús mío!, a perdonar las injurias y olvidarlas.

13ª. Estación: Jesús muere en la Cruz.

Ya estás en la agonía, ¡dulce Jesús mío!, pero tu Sagrado Corazón late de amor por los pobres pecadores. Haz, que te ame.

13ª. Estación: Jesús es bajado de la Cruz.

Recíbeme en tus brazos, ¡oh afligida Madre!, y concédeme un verdadero dolor de mis pecados.

14ª. Estación: Jesús es sepultado

Cuando yo, ¡Jesús mío! te reciba en mi corazón en la Sagrada Eucaristía, haz que halles digna morada para Ti.

Padrenuestro, Ave María y Gloría.

VÍA CRUCIS  (extenso)

Por la señal de la Santa Cruz... Señor mío Jesucristo...

O en su lugar:

En el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Primera Estación

JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

«Reo es de muerte», dijeron de Jesús los miembros del Sanedrín, y, como no podían ejecutar a nadie, lo llevaron de la casa de Caifás al Pretorio. Pilato no encontraba razones para condenar a Jesús, e incluso trató de liberarlo, pero, ante la presión amenazante del pueblo instigado por sus jefes: «¡Crucifícalo, crucifícalo!», «Si sueltas a ése, no eres amigo del César», pronunció la sentencia que le reclamaban y les entregó a Jesús, después de azotarlo, para que fuera crucificado.

San Juan el evangelista nos dice que, pocas horas después, junto a la cruz de Jesús estaba María su madre. Y hemos de suponer que también estuvo muy cerca de su Hijo a lo largo de todo el Vía crucis.

Cuántos temas para la reflexión nos ofrecen los padecimientos soportados por Jesús desde el Huerto de los Olivos hasta su condena a muerte: abandono de los suyos, negación de Pedro, flagelación, corona de espinas, vejaciones y desprecios sin medida. Y todo por amor a nosotros, por nuestra conversión y salvación.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Segunda Estación

JESÚS CARGA CON LA CRUZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

Condenado muerte, Jesús quedó en manos de los soldados del procurador, que lo llevaron consigo al pretorio y, reunida la tropa, hicieron mofa de él. Llegada la hora, le quitaron el manto de púrpura con que lo habían vestido para la burla, le pusieron de nuevo sus ropas, le cargaron la cruz en que había de morir y salieron camino del Calvario para allí crucificarlo.

El peso de la cruz es excesivo para las mermadas fuerzas de Jesús, convertido en espectáculo de la chusma y de sus enemigos. No obstante, se abraza a su patíbulo deseoso de cumplir hasta el final la voluntad del Padre: que cargando sobre sí el pecado, las debilidades y flaquezas de todos, los redima. Nosotros, a la vez que contemplamos a Cristo cargado con la cruz, oigamos su voz que nos dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame».

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Tercera Estación

JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

Nuestro Salvador, agotadas las fuerzas por la sangre perdida en la flagelación, debilitado por la acerbidad de los sufrimientos físicos y morales que le infligieron aquella noche, en ayunas y sin haber dormido, apenas pudo dar algunos pasos y pronto cayó bajo el peso de la cruz. Se sucedieron los golpes e imprecaciones de los soldados, las risas y expectación del público. Jesús, con toda la fuerza de su voluntad y a empellones, logró levantarse para seguir su camino.

Isaías había profetizado de Jesús: «Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba. Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros». El peso de la cruz nos hace tomar conciencia del peso de nuestros pecados, infidelidades, ingratitudes..., de cuanto está figurado en ese madero. Por otra parte, Jesús, que nos invita a cargar con nuestra cruz y seguirle, nos enseña aquí que también nosotros podemos caer, y que hemos de comprender a los que caen; ninguno debe quedar postrado; todos hemos de levantarnos con humildad y confianza buscando su ayuda y perdón.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Cuarta Estación

JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

En su camino hacia el Calvario, Jesús va envuelto por una multitud de soldados, jefes judíos, pueblo, gentes de buenos sentimientos... También se encuentra allí María, que no aparta la vista de su Hijo, quien, a su vez, la ha entrevisto en la muchedumbre. Pero llega un momento en que sus miradas se encuentran, la de la Madre que ve al Hijo destrozado, la de Jesús que ve a María triste y afligida, y en cada uno de ellos el dolor se hace mayor al contemplar el dolor del otro, a la vez que ambos se sienten consolados y confortados por el amor y la compasión que se transmiten.

Nos es fácil adivinar lo que padecerían Jesús y María pensando en lo que toda buena madre y todo buen hijo sufrirían en semejantes circunstancias. Esta es sin duda una de las escenas más patéticas del Vía crucis, porque aquí se añaden, al cúmulo de motivos de dolor ya presentes, la aflicción de los afectos compartidos de una madre y un hijo. María acompaña a Jesús en su sacrificio y va asumiendo su misión de corredentora.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Quinta Estación

JESÚS ES AYUDADO POR EL CIRENEO

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

Jesús salió del pretorio llevando a cuestas su cruz, camino del Calvario; pero su primera caída puso de manifiesto el agotamiento del reo. Temerosos los soldados de que la víctima sucumbiese antes de hora, pensaron en buscarle un sustituto. Entonces el centurión obligó a un tal Simón de Cirene, que venía del campo y pasaba por allí, a que tomara la cruz sobre sus hombros y la llevara detrás de Jesús. Tal vez Simón tomó la cruz de mala gana y a la fuerza, pero luego, movido por el ejemplo de Cristo y tocado por la gracia, la abrazó con resignación y amor y fue para él y sus hijos el origen de su conversión.

El Cireneo ha venido a ser como la imagen viviente de los discípulos de Jesús, que toman su cruz y le siguen. Además, el ejemplo de Simón nos invita a llevar los unos las cargas de los otros, como enseña San Pablo. En los que más sufren hemos de ver a Cristo cargado con la cruz que requiere nuestra ayuda amorosa y desinteresada.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Sexta Estación

LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

Dice el profeta Isaías: «No tenía apariencia ni presencia; lo vimos y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no lo tuvimos en cuenta». Es la descripción profética de la figura de Jesús camino del Calvario, con el rostro desfigurado por el sufrimiento, la sangre, los salivazos, el polvo, el sudor... Entonces, una mujer del pueblo, Verónica de nombre, se abrió paso entre la muchedumbre llevando un lienzo con el que limpió piadosamente el rostro de Jesús. El Señor, como respuesta de gratitud, le dejó grabada en él su Santa Faz.

Una letrilla tradicional de esta sexta estación nos dice: «Imita la compasión / de Verónica y su manto / si de Cristo el rostro santo / quieres en tu corazón». Nosotros podemos repetir hoy el gesto de la Verónica en el rostro de Cristo que se nos hace presente en tantos hermanos nuestros que comparten de diversas maneras la pasión del Señor, quien nos recuerda: «Lo que hagáis con uno de estos, mis pequeños, conmigo lo hacéis».

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Séptima Estación

JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

Jesús había tomado de nuevo la cruz y con ella a cuestas llegó a la cima de la empinada calle que daba a una de las puertas de la ciudad. Allí, extenuado, sin fuerzas, cayó por segunda vez bajo el peso de la cruz. Faltaba poco para llegar al sitio en que tenía que ser crucificado, y Jesús, empeñado en llevar a cabo hasta la meta los planes de Dios, aún logró reunir fuerzas, levantarse y proseguir su camino.

Nada tiene de extraño que Jesús cayera si se tiene en cuenta cómo había sido castigado desde la noche anterior, y cómo se encontraba en aquel momento. Pero, al mismo tiempo, este paso nos muestra lo frágil que es la condición humana, aun cuando la aliente el mejor espíritu, y que no han de desmoralizarnos las flaquezas ni las caídas cuando seguimos a Cristo cargados con nuestra cruz. Jesús, por los suelos una vez más, no se siente derrotado ni abandona su cometido. Para Él no es tan grave el caer como el no levantarnos. Y pensemos cuántas son las personas que se sienten derrotadas y sin ánimos para reemprender el seguimiento de Cristo, y que la ayuda de una mano amiga podría sacarlas de su postración.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Octava Estación

JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

Dice el evangelista San Lucas que a Jesús, camino del Calvario, lo seguía una gran multitud del pueblo; y unas mujeres se dolían y se lamentaban por Él. Jesús, volviéndose a ellas les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos»; añadiéndoles, en figuras, que si la ira de Dios se ensañaba como veían con el Justo, ya podían pensar cómo lo haría con los culpables.

Mientras muchos espectadores se divierten y lanzan insultos contra Jesús, no faltan algunas mujeres que, desafiando las leyes que lo prohibían, tienen el valor de llorar y lamentar la suerte del divino Condenado. Jesús, sin duda, agradeció los buenos sentimientos de aquellas mujeres, y movido del amor a las mismas quiso orientar la nobleza de sus corazones hacia lo más necesario y urgente: la conversión suya y la de sus hijos. Jesús nos enseña a establecer la escala de los valores divinos en nuestra vida y nos da una lección sobre el santo temor de Dios.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Novena Estación

JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

Una vez llegado al Calvario, en la cercanía inmediata del punto en que iba a ser crucificado, Jesús cayó por tercera vez, exhausto y sin arrestos ya para levantarse. Las condiciones en que venía y la continua subida lo habían dejado sin aliento. Había mantenido su decisión de secundar los planes de Dios, a los que servían los planes de los hombres, y así había alcanzado, aunque con un total agotamiento, los pies del altar en que había de ser inmolado.

Jesús agota sus facultades físicas y psíquicas en el cumplimiento de la voluntad del Padre, hasta llegar a la meta y desplomarse. Nos enseña que hemos de seguirle con la cruz a cuestas por más caídas que se produzcan y hasta entregarnos en las manos del Padre vacíos de nosotros mismos y dispuestos a beber el cáliz que también nosotros hemos de beber. Por otra parte, la escena nos invita a recapacitar sobre el peso y la gravedad de los pecados, que hundieron a Cristo.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Décima Estación

JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

Ya en el Calvario y antes de crucificar a Jesús, le dieron a beber vino mezclado con mirra; era una piadosa costumbre de los judíos para amortiguar la sensibilidad del que iba a ser ajusticiado. Jesús lo probo, como gesto de cortesía, pero no quiso beberlo; prefería mantener la plena lucidez y conciencia en los momentos supremos de su sacrificio. Por otra parte, los soldados despojaron a Jesús, sin cuidado ni delicadeza alguna, de sus ropas, incluidas las que estaban pegadas en la carne viva, y, después de la crucifixión, se las repartieron.

Para Jesús fue sin duda muy doloroso ser así despojado de sus propios vestidos y ver a qué manos iban a parar. Y especialmente para su Madre, allí presente, hubo de ser en extremo triste verse privada de aquellas prendas, tal vez labradas por sus manos con maternal solicitud, y que ella habría guardado como recuerdo del Hijo querido.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Undécima Estación

JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

«Y lo crucificaron», dicen escuetamente los evangelistas. Había llegado el momento terrible de la crucifixión, y Jesús fue fijado en la cruz con cuatro clavos de hierro que le taladraban las manos y los pies. Levantaron la cruz en alto y el cuerpo de Cristo quedó entre cielo y tierra, pendiente de los clavos y apoyado en un saliente que había a mitad del palo vertical. En la parte superior de este palo, encima de la cabeza de Jesús, pusieron el título o causa de la condenación: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». También crucificaron con él a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

El suplicio de la cruz, además de ser infame, propio de esclavos criminales o de insignes facinerosos, era extremadamente doloroso, como apenas podemos imaginar. El espectáculo mueve a compasión a cualquiera que lo contemple y sea capaz de nobles sentimientos. Pero siempre ha sido difícil entender la locura de la cruz, necedad para el mundo y salvación para el cristiano. La liturgia canta la paradoja: «¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza / con un peso tan dulce en su corteza!».

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Duodécima Estación

JESÚS MUERE EN LA CRUZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

Desde la crucifixión hasta la muerte transcurrieron tres largas horas que fueron de mortal agonía para Jesús y de altísimas enseñanzas para nosotros. Desde el principio, muchos de los presentes, incluidas las autoridades religiosas, se desataron en ultrajes y escarnios contra el Crucificado. Poco después ocurrió el episodio del buen ladrón, a quien dijo Jesús: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». San Juan nos refiere otro episodio emocionante por demás: Viendo Jesús a su Madre junto a la cruz y con ella a Juan, dice a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»; luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»; y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. Después de esto, nos dice el mismo evangelista, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, dijo: «Tengo sed». Tomó el vinagre que le acercaron, y añadió: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

A los motivos de meditación que nos ofrece la contemplación de Cristo agonizante en la cruz, lo que hizo y dijo, se añaden los que nos brinda la presencia de María, en la que tendrían un eco muy particular los sufrimientos y la muerte del hijo de sus entrañas.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Decimotercera Estación

JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ

Y PUESTO EN LOS BRAZOS DE SU MADRE

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

Para que los cadáveres no quedaran en la cruz al día siguiente, que era un sábado muy solemne para los judíos, éstos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran; los soldados sólo quebraron las piernas de los otros dos, y a Jesús, que ya había muerto, uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza. Después, José de Arimatea y Nicodemo, discípulos de Jesús, obtenido el permiso de Pilato y ayudados por sus criados o por otros discípulos del Maestro, se acercaron a la cruz, desclavaron cuidadosa y reverentemente los clavos de las manos y los pies y con todo miramiento lo descolgaron. Al pie de la cruz estaba la Madre, que recibió en sus brazos y puso en su regazo maternal el cuerpo sin vida de su Hijo.

Escena conmovedora, imagen de amor y de dolor, expresión de la piedad y ternura de una Madre que contempla, siente y llora las llegas de su Hijo martirizado. Una lanza había atravesado el costado de Cristo, y la espada que anunciara Simeón acabó de atravesar el alma de la María.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Decimocuarta Estación

JESÚS ES SEPULTADO

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi

R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]

José de Arimatea y Nicodemo tomaron luego el cuerpo de Jesús de los brazos de María y lo envolvieron en una sábana limpia que José había comprado. Cerca de allí tenía José un sepulcro nuevo que había cavado para sí mismo, y en él enterraron a Jesús. Mientras los varones procedían a la sepultura de Cristo, las santas mujeres que solían acompañarlo, y sin duda su Madre, estaban sentadas frente al sepulcro y observaban dónde y cómo quedaba colocado el cuerpo. Después, hicieron rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro, y regresaron todos a Jerusalén.

Con la sepultura de Jesús el corazón de su Madre quedaba sumido en tinieblas de tristeza y soledad. Pero en medio de esas tinieblas brillaba la esperanza cierta de que su Hijo resucitaría, como Él mismo había dicho. En todas las situaciones humanas que se asemejen al paso que ahora contemplamos, la fe en la resurrección es el consuelo más firme y profundo que podemos tener. Cristo ha convertido en lugar de mera transición la muerte y el sepulcro, y cuanto simbolizan.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.

Oremos: Señor Jesucristo, tú nos has concedido acompañarte, con María tu Madre, en los misterios de tu pasión, muerte y sepultura, para que te acompañemos también en tu resurrección; concédenos caminar contigo por los nuevos caminos del amor y de la paz que nos has enseñado. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

 

 

Mes de Enero

Queridos cofrades: mi deseo para el año 2013 consiste en que cuando finalice todos hayamos progresado en el amor a Nuestra Señora, lo que nos llevará a cumplir con su voluntad: Haced lo que Él os diga. Amén.

Las intenciones del Papa para este mes son las siguientes:
General: La fe de los cristianos
Que en este Año de la fe los cristianos podamos profundizar en el conocimiento del misterio de Cristo y testimoniar nuestra fe con alegría.
Misionera: Los cristianos de Medio Oriente
Que las comunidades cristianas de Medio Oriente reciban del Espíritu Santo ¡a fuerza de ¡a fidelidad y la perseverancia, especialmente cuando son discriminadas.

Palabras del Papa:

En la felicitación navideña a la Curia romana, en la tradicional felicitación navideña, ha hecho una breve mención de los hechos acaecidos en el año, y ha prestado una mayor atención a los temas de la familia y al diálogo interreligioso, diciendo:

“La gran alegría con la que se han reunido en Milán familias de todo el mundo ha puesto de manifiesto que, a pesar de las impresiones contrarias, la familia es fuerte y viva también hoy'. Sin embargo, es innegable la crisis que la amenaza en sus fundamentos, especialmente en el mundo occidental. Me ha llamado la atención que en el Sínodo se haya subrayado repetidamente la importancia de la familia para la transmisión de la fe como lugar auténtico en el que se transmiten las formas fundamentales del ser persona humana. Se aprenden viviéndolas y también sufriéndolas juntos. Así se ha hecho patente que en el tema de la familia no se trata únicamente de una determinada forma social, sino de la cuestión del hombre mismo; de la cuestión sobre qué es el hombre y sobre lo que es preciso hacer para ser hombres del modo justo. Los desafíos en este contexto son complejos. Tenemos en primer lugar la cuestión sobre la capacidad del hombre de comprometerse, o bien de su carencia de compromisos.

¿Puede el hombre comprometerse para toda la vida? ¿Corresponde esto a su naturaleza? ¿Acaso no contrasta con su libertad y las dimensiones de su autorrealización? El hombre, ¿llega a ser sí mismo permaneciendo autónomo y entrando en contacto con el otro solamente a través de relaciones que puede interrumpir en cualquier momento? Un vínculo para toda la vida ¿está en conflicto con la libertad? El compromiso, ¿merece también que se sufra por él? El rechazo de la vinculación humana, que se difunde cada vez más a causa de una errónea comprensión de la libertad y la autorrealización, y también por eludir el soportar pacientemente el sufrimiento, significa que el hombre permanece encerrado en sí mismo y, en última instancia, conserva el propio «yo» para sí mismo, no lo supera verdaderamente. Pero el hombre sólo logra ser él mismo en la entrega de sí mismo, y sólo abriéndose al otro, a los otros, a los hijos, a la familia; sólo dejándose plasmar en el sufrimiento, descubre la amplitud de ser persona humana. Con el rechazo de estos lazos desaparecen también las figuras fundamentales de la existencia humana: el padre, la madre, el hijo; decaen dimensiones esenciales de la experiencia de ser persona humana.

El gran rabino de Francia, Gilíes Bernheim, en un tratado cuidadosamente documentado y profunda-mente conmovedor, ha mostrado que el atentado, al que hoy estamos expuestos, a la auténtica forma de la familia, compuesta por padre, madre e hijo, tiene una dimensión aún más profunda. Si hasta ahora habíamos visto como causa de la crisis de la familia un malentendido de la esencia de la libertad humana, ahora se ve claro que aquí está en juego la visión del ser mismo, de lo que significa realmen-te ser hombres. Cita una afirmación que se ha hecho famosa de Simone de Beauvoir: «Mujer no se nace, se hace» ("On ne nait pas femme, on le devient"). En estas palabras se expresa la base de lo que hoy se presenta bajo el lema «gender» como una nueva filosofía de la sexualidad. Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía. La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él

mismo quien se la debe crear. Según el relato bíblico de la creación, el haber sido creada por Dios como varón y mujer pertenece a la esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para el ser humano, tal como Dios la ha dado. Precisamente esta dualidad como dato originario es lo que se impugna. Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado, y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre esto. Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El nombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad. La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya. Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente. Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación.

Pero, en este caso, también la prole ha perdido el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular dignidad que le es propia. Bernheim muestra cómo ésta, de sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en objeto, al cual se tiene derecho y que como objeto de un derecho, se puede adquirir. Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser. En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre.

Con esto quisiera llegar al segundo gran tema que, desde Asís hasta el Sínodo sobre la Nueva Evangelización, ha impregnado todo el año que termina, es decir, la cuestión del dialogo y del anuncio. Hablemos primero del diálogo. Veo sobre lodo tres campos de diálogo para la Iglesia en nuestro tiempo, en los cuales ella debe estar presente en la lucha por el hombre y por lo que significa ser persona humana: el diálogo con los Estados, el diálogo con la sociedad -incluyendo en él el diálogo con las culturas y la ciencia— y el diálogo con las religiones. En todos estos diálogos, la Iglesia habla desde la luz que te ofrece la fe. Pero encarna al mismo tiempo la memoria de la humanidad, que desde los comienzos y en el transcurso de los tiempos es memoria de las experiencias y sufrimientos de la humanidad, en los que la Iglesia ha aprendido lo que significa ser hombres, experimentando su límite y su grandeza, sus posibilidades y limitaciones. La cultura de lo humano, de la que ella se hace valedora, ha nacido y se ha desarrollado a partir del encuentro entre la revelación de Dios y la existencia humana. La Iglesia representa la memoria de ser hombres ante una cultura del olvido, que ya sólo conoce a sí misma y su propio criterio de medida. Pero, así como una persona sin memoria ha perdido su propia identidad, también una humanidad sin memoria perdería su identidad. Lo que se ha manifestado a la Iglesia en el encuentro entre la revelación y la experiencia humana va ciertamente más allá del ámbito de la razón, pero no constituye un mundo especial, que no tendría interés alguno para el no creyente. Si el hombre reflexiona sobre ello y se adentra en su comprensión, se amplía el horizonte de la razón, y esto concierne también a quienes no alcanzan a compartir la fe en la Iglesia. En el diálogo con el Estado y la sociedad, la Iglesia no tiene ciertamente soluciones ya hechas para cada uno de los problemas. Se esforzará junto con otras fuerzas sociales para las respuestas que se adapten mejor a la medida correcta del ser humano. Lo que ella ha reconocido como valores fundamentales, constitutivos y no negociables de la existencia humana, lo debe defender con la máxima claridad. Ha de hacer todo lo posible para crear una convicción que se pueda concretar después en acción política.

En la situación actual de la humanidad, el diálogo de las religiones es una condición necesaria para la paz en el mundo y, por tanto, es un deber para los ensílanos, y también para las otras comunidades religiosas. Este diálogo de las religiones tiene diversas dimensiones. Será en primer lugar un simple diálogo de la vida, un diálogo sobre el compartir práctico. En él no se hablará de los grandes temas de la fe: si Dios es trinitario, o cómo ha de entenderse la inspiración de las Sagradas Escrituras, etc. Se trata de los problemas concretos de la convivencia y de la responsabilidad común respecto a la sociedad, al Estado, a la humanidad. En esto hay que aprender a aceptar al otro en su diferente modo de ser y pensar. Para ello, es necesario establecer como criterio de fondo del coloquio la responsabilidad común ante la justicia y la paz. Un diálogo en el que se trata sobre la paz y la justicia se convierte por sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, en un debate ético sobre la verdad y el ser humano; un diálogo acerca de las valoraciones que son el presupuesto del todo. De este modo, un diálogo meramente práctico en un primer momento se convierte también en una búsqueda del modo justo de ser persona humana. Aun cuando las opciones de fondo en cuanto tales no se ponen en discusión, los esfuerzos sobre una cuestión concreta llegan a desencadenar un proceso en el que, mediante la escucha del otro, ambas partes pueden encontrar panificación y enriquecimiento. Así, estos esfuerzos pueden significar también pasos comunes hacia la única verdad, sin cambiar las opciones de fondo. Si ambas partes están impulsadas por una hermenéutica de la justicia y de la paz, no desaparecerá la diferencia de fondo, pero crecerá también una cercanía más profunda entre ellas.

Hay dos reglas para la esencia del diálogo interreligioso que, por lo general, hoy se consideran fundamentales:

1. El diálogo no se dirige a la conversión, sino más bien a la comprensión. En esto se distingue de la evangelización, de la misión.

2. En conformidad con esto, en este diálogo, ambas partes permanecen conscientemente en su propia identidad, que no ponen en cuestión en el diálogo, ni para ellas, ni para los otros.

Estas reglas son justas. No obstante, pienso que estén formuladas demasiado superficialmente de esta manera. Sí, el diálogo no tiene como objetivo la conversión, sino una mejor comprensión recíproca. Esto es correcto. Pero tratar de conocer y comprender implica siempre un deseo de acercarse también a la verdad.

De este modo, ambas partes, acercándose paso a paso a la verdad, avanzan y están en camino hacia modos de compartir más amplios, que se fundan en la unidad de la verdad. Por lo que se refiere al permanecer fieles a la propia identidad, sería demasiado poco que el cristiano, al decidir mantener su identidad, interrumpiese por su propia cuenta, por decirlo así, el camino hacia la verdad. Si así fuera, su ser cristiano sería algo arbitrario, una opción simplemente fáctica. De esta manera, pondría de manifiesto que él no tiene en cuenta que en la religión se está tratando con la verdad. Respecto a esto, diría que el cristiano tiene una gran confianza fundamental, más aún, la gran certeza de fondo de que puede adentrarse tranquilamente en la inmensidad de la verdad sin ningún temor por su identidad de cristiano. Ciertamente, no somos nosotros quienes poseemos la verdad, es ella la que nos posee a nosotros: Cristo, que es la Verdad, nos ha tomado de la mano, y sabemos que nos tiene firmemente de su mano en el camino de nuestra búsqueda apasionada del conocimiento. El estar interiormente sostenidos por

la mano de Cristo nos hace libres y, al mismo tiempo, seguros. Libres, porque, si estamos sostenidos por Él, podemos entrar en cualquier diálogo abiertamente y sin miedo. Seguros, porque Él no nos abandona, a no ser que nosotros mismos nos separemos de Él. Unidos a Él, estamos en la luz de la verdad.

Para concluir es preciso hacer una breve anotación sobre el anuncio, sobre la evangelización, de la que, siguiendo las propuestas de los padres sinodales, hablará electivamente con amplitud el documento postsinodal. Veo que los elementos esenciales del proceso de evangelización, aparecen muy elocuentemente en el relato de san Juan sobre la llamada de los dos discípulos del Bautista, que se convierten en discípulos de Cristo (cf. Jn i, 35-39)- Encontramos en primer lugar el mero acto del anuncio. Juan el Bautista señala a Jesús y dice: «Este es el Cordero de Dios». Poco más adelante, el evangelista narra un hecho similar. Esta vez es Andrés, que dice a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías» (i, 41). El primero y fundamental elemento es el simple anuncio, el kerigina, que toma su fuerza de la convicción interior del que anuncia. En el relato de los dos discípulos sigue después la escucha, el ir tras los pasos de Jesús, un seguirle que no es todavía seguimiento, sino más bien una santa curiosidad, un movimiento de búsqueda. En efecto, ambos son personas en búsqueda, personas que, más allá de lo cotidiano, viven en espera de Dios, en espera porque Él está y, por tanto, se mostrará. Su búsqueda, iluminada por el anuncio, se hace concreta. Quieren conocer mejor a Aquél que el Bautista ha llamado Cordero de Dios. El tercer acto comienza cuando Jesús mira atrás hacia ellos y les pregunta: «¿Qué buscáis?». La respuesta de ambos es de nuevo una pregunta, que manifiesta la apertura de su espera, la disponibilidad a dar nuevos pasos. Preguntan: «Maestro, ¿dónde vives?». La respuesta de Jesús: «Venid y veréis», es una invitación a acompañarlo y, caminando con Él, a llegar a ver. «Venid y veréis». Esta palabra que búsqueda, la dirige también a los hombres de hoy que están en búsqueda. Al final de año, pedimos al Señor que la Iglesia, a pesar de sus pobrezas, sea reconocida cada vez más como su morada. Le rogamos para que, en el camino hacia su casa, nos haga día a día más capaces de ver, de modo que podamos decir mejor, más y más convincentemente: Hemos encontrado a Aquél, al que todo el mundo espera, Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre. Con este espíritu os deseo de corazón a todos una Santa Navidad y un feliz Año Nuevo. Gracias.

DÍA DE LA SAGRADA FAMILIA

El domingo pasado, festividad de la Sagrada Familia, se celebró en Madrid, la ya tradicional misa en la plaza de Colón, con tal motivo el papa, al finalizar en Ángelus, dirigió a los asistentes a ella el siguiente saludo:

“Que Jesús, María y José sean un ejemplo de la fe que hace brillar el amor y fortalece la vida de los hogares. Por su intercesión, pidamos que la familia siga siendo un don precioso para cada uno de sus miembros y una esperanza firme para toda la humanidad.

Que el júbilo de compartir la vida al amparo de Dios, que aprendimos de niños de labios de nuestros padres, nos impulse a hacer del mundo un verdadero hogar, un espacio de concordia, solidaridad y respeto mutuo”, expresó el Santo Padre.

Benedicto XVI concluyó encomendando a la Virgen María, “nuestra Madre del cielo, para que acompañe a las familias en su vocación de ser una forma entrañable de iglesia doméstica y célula originaria de la sociedad. Que Dios os bendiga a todos. Feliz domingo”

El cardenal Antonio María Rouco Varela, que presidió la celebración Eucarística, pronunció la homilía, que, como posdata, os transcribo literalmente.

MEDITACION EVANGÉLICA

La primera bienaventuranza de Mt tiene su correspondiente en el pasaje de Lc ((6, 20-22) Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.) ocupando en ambos evangelistas el primer lugar. Pero la formulación es distinta. Pues está redac-tada así: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

¿Cuál es la forma original? ¿.La de Lc o la de Mt? Seguramente la de Lc. Dos razones llevan a ello: a) la estructura hebrea hace ver que los elementos que se encuentren en Mt <en espíritu> < a la justicias> , «por la justicias > son adiciones del Mt griego, puesto que rompen el paralelismos de la estructura en relación con las demás bienaventuranzas, en las que, sin estas “adiciones”, el ritmo aparece uniforme; b) y también que, si Lc hubiese encontrado en el original las palabras de Jesús que tan acusadamente destacaban el sentido espiritual, él no lo hubiese omitido delibera-damente, dejándolas expuestas a una posible interpretación de tipo más material en sus lectores étnico-cristianos.

Por otra parte, la redacción de Lc tiene una formulación totalmente semita, por su formulación tan escueta como realista, y en perfecto ritmo de uniformidad con las otras que refiere.

Si Mt griego “espiritualiza” estas expresiones primitivas, es para hacer ver a una mentalidad distinta que la beatificación, V.gr., la “pobreza”, ha de ser llevada con verdadero espíritu: o lo que es lo mismo, bien valorada en el ambiente bíblico.

Tanto Mt como Lc utilizan la misma palabra griega para expresar el sujeto de esta bienaventuranza: “pobre” (ptojós).

Pero esta palabra no evoca lo mismo a un griego que a un hombre familiarizado con las nociones bíblicas.

¿Cuál es el concepto bíblico que responde a esta traducción griega de “pobre”?

Esta palabra griega traduce al termino hebreo ` aní a y 'aniy-yim`. La palabra desig-na, primeramente, en la legislación mosaica, a los que no poseían tierras (Ex 22.24: Lev 19.10: 23.22). Naturalmente, eran las gentes pobres en el sentido material. Y, como consecuencia aneja a ello, gentes sin influencia social y desprovistas de apoyo, y frecuentemente gentes explotadas y humilladas. Aunque no sea este exclusivo aspecto el que exprese aquí esta palabra, como proponen el sujeto de esta bienaventuranza: “pobre” como proponen algunos autores. Pero de esta afinidad de conceptos sucedió el que sean tratados como sinónimos en el paralelismo poético y que los LXX traduzcan la palabra “pobre” o “humillado” indistintamente por las correspondientes griegas. De aquí la solicitud que por ellos muestran los profetas (Am 8.4: ls 3,14.15: 10.2: 14.32). Pero después del destierro babilónico, a la noción de “pobre” se le junta la de persona que confía en Yahvé. Y así vienen a aproximarse primero y a asimilarse después los conceptos de «pobre» y «piadoso», hasta venir a ser términos casi equiva-lentes. Así se lee: “, Este pobre (´aní´) clama a Yahvé, y le escucha y le salva de todas sus angustias. Acampa el Ángel de Yahvé en derredor de los que le temen, y los salva del peligro» (Sal 34,7.8). «Yave, ¿quién es como tú, que libras al pobre `ani´ de aquel que es más fuerte que él, al pobre ´ani´ y al miserable que le despoja?» (Sal 35, 10).

El concepto de “pobre”, en este sentido bíblico, responde al término 'ani` e incluye un pobre material, y, por lo mismo, frecuentemente un desvalido de apoyos sociales; pero en este concepto es fundamental el aspecto religioso que tiene: es un pobre miserable, pero que confía en Dios y a él se vuelve pidiendo auxilio. Se diría: es un pobre, pero religioso.

Cristo, al beatificar así la pobreza, no hace propiamente una innovación. Ya en el A.T. se había visto «beatificar» la pobreza, unas veces con hechos. V.gr., Saúl, David, etc… y también con promesas. En varios pasajes del A. T. se habla del agrado con que ve Dios la pobreza, hasta el punto de venir a tener una intervención a su favor, que cambia su suerte. No que se trate de una revolución social, sino de pre-mios divinos al pobre confiado y piadoso.

Pero lo que aquí aparece Como inusitada novedad es que Cristo beatifica al que libre-mente acepta su estado de pobreza, lo mismo que el premio que promete no son bienes temporales, sino el ingreso en su reino. Los rabinos alabaron a veces la simplicidad, la humildad. Pero no la pobreza voluntaria. Expresando el pensamiento de ellos sobre esto, se ha escrito por especialistas: «Según sentencia suya, ninguno de los males se puede equiparar al mal de la pobreza». Pero el pobre despegado de bienes y que confía en Dios, está moralmente preparado para su ingreso en el reino. Pues éste no será patrimonio exclusivo, como se pensaba, del rico, al valorar con mentalidad primitiva de la Vieja Ley los bienes y las riquezas como premio a la virtud, y la pobreza como castigo, sino que la pobreza entra en el plan de Dios, y la religiosidad que acompaña al pobre lo pone a las puertas del reino.

Y con esta «bienaventuranza» se destaca también a Cristo como Mesías, al evocar el anuncio del reino –la “evangelización” – precisamente a los pobres y abatidos, conforme al anuncio de Isaías (61.ISS). Este pensamiento es destacado explícitamente por el mismo Mt en otro pasaje (Mt 11.2-6), lo mismo que lo hace Lc (7.18-23) cuando Cristo alude a sus milagros, que realizan la profecía de Isaías, como prueba de que él es el Mesías. Y también presenta su nueva misión de Mesías. Que no pien-san, conforme a las ideas del medio ambiente, en un Mesías que venga repartiendo a

todos los bienes y riquezas materiales. En su reino, la pobreza va a existir. Pero hay que aceptada libremente.

El premio que tendrán estos «pobres» es que de ellos “es” el reino. Esa pobreza, llevada con esa actitud religiosa, Les lleva al premio del reino. ¿Cuándo? Sí las bienaventuranzas se dirigen a los apóstoles y discípulos, que ya han ingresado en el reino, se diría que se refiere este premio al reino en su fase definitiva y celes-te. Pero los

verbos que se usan para indicar el premio de las bienaventuranzas, puestos unos en presente –“porque suyo es el reino de los cielos”-, y otros en futuro -(“porque ellos verán a Dios”-. no pueden utilizarse como argumento decisivo, ya que las bienaventuranzas pertenecen literariamente al estilo «sapiencial» o gnómico, y estos verbos han de ser valorados en este estilo sapiencial, en donde los tiempos cuentan menos que el contenido atemporal que encierran, y donde la permuta de tiempos no afecta al concepto.

Para la valoración de este punto en todas las bienaventuranzas hay que tener presen-tes tres elementos:

a) El doble concepto que se usa en los evangelios sobre e1 “ingreso” en el reino. Unas veces ya aparece como presente y realizado; otras, en cambio, aparece como futuro, por pensarse en su plena realización meritoria posterior.

b) El sentido «moral» de adaptación universal que les da Mt.

e) Que en algunas bienaventuranzas manifiestamente tienen un sentido «escatológico».

El contexto y estos principios podrán ser los que permitan valoradas en cada caso.

Tomada de Biblia comentada, por los profesores de Salamanca

POESIA

Yo no quiero morir: porque la muerte

mi vida acabará con mis dolores;

y no quiero, Señor, que mis amores

no tengan ya dolores que ofrecerte.

Yo no quiero morir: porque ese día

terminará esta lucha en que ahora peno,

y yo aspiro a la gloria de ser bueno

cuando puedo ser malo todavía.

Quiero la vida, sí, por emplearla

en lo único que puedo ennoblecerla,

¡por ponerla, Señor, a tu servicio!

¡por el goce interior de despreciarla!

¡por la gloria sublime de ofrecerla

como Tú la ofreciste, en sacrificio!

José María Pemán

Y nada más, que el año que comenzamos nos sea propicio, y nos haga querer más a Nuestra Señora de las Angustias.

Un fuertísimo abrazo

Paco

P.D.

Homilía del Cardenal Antonio María Rouco Varela

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Una vez más, una Plaza madrileña, la Plaza de Lima, nos ofrece un bello marco para celebrar la Fiesta de la Sagrada Familia públicamente ante la sociedad y ante el mundo como "una Misa de las Familias": de las familias de Madrid y de toda España. Así sucedió el pasado año. Hoy, además, como una Eucaristía de las familias de toda Europa. Me es muy grato, por ello, saludar con afecto fraterno en el Señor a los Sres. Cardenales, Arzobispos y Obispos de las Diócesis de España, pero, especialmente, a los hermanos venidos de Roma y de diversos países europeos. En un lugar destacado quisiera hacerlo con el Sr. Cardenal Prefecto del Pontificio Consejo para las Familias, que subraya con su presencia el valor pastoral que le merecen al Santo Padre y a sus colaboradores más próximos nuestra iniciativa a favor de la familia. El luminoso y siempre certero mensaje del Papa Benedicto XVI no nos ha faltado tampoco en esta ocasión en que la Eucaristía de las familias cristianas de España se abre a las Iglesias particulares de Europa. Mi saludo muy cordial se dirige también a los innumerables hermanos sacerdotes españoles y europeos, cercanos siempre a las familias que ellos atienden y sirven con cuidadoso celo y caridad pastorales. Nuestro más efusivo saludo va dirigido, sin embargo, a las innumerables familias - abuelos, padres, hijos, hermanos... - que se han sacrificado para venir a Madrid y poder celebrar en esta fría mañana madrileña, unidos en una extraordinaria asamblea litúrgica con los fieles de nuestra diócesis, la Acción de Gracias eucarística con alegría jubilosa por el inmenso don de la familia cristiana: familia que se mira en la Sagrada Familia de Nazareth como el modelo insuperable y decisivo para poder vivir en plenitud la riqueza de la gracia del matrimonio cristiano en el día a día del crecer y del quehacer de la propia familia. La familia cristiana sabe, además, que en Jesús, María y José, encuentra el apoyo sobrenatural necesario que le ha sido preparado amorosamente por Dios para que no desfallezca en la realización de su hermosa vocación.

Vuestra multitudinaria presencia, queridas familias, y vuestra participación atenta, piadosa y activa en esta celebración eucarística habla un claro y elocuente lenguaje: ¡queréis a vuestras familias! ¡queréis a la familia!; ¡mantenéis fresca y vigorosa la fe en la familia cristiana!; estáis seguras, compartiendo la doctrina de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de que el modelo de la familia cristiana es el que responde fielmente a la voluntad de Dios y, por ello, es el que garantiza el bien fundamental e insustituible de la familia para sus propios miembros -los padres y los hijos en eminente lugar-, para toda la sociedad y, no en último lugar, para la Iglesia. La Iglesia es, en definitiva, la "construcción de Dios", "en la que habita su familia", como enseña el Vaticano II; y la familia en ella es "Iglesia doméstica" (LG 6 y 11). Queridas familias cristianas: sois muy conscientes, incluso en virtud de vuestras propias experiencias de la vida en el matrimonio y en vuestra familia, de que ese otro lenguaje de los diversos modelos de familia, que parece adueñarse, avasallador y sin réplica alguna, de la mentalidad y de la cultura de nuestro tiempo, no responde a la verdad natural de la familia, tal como viene dada al hombre "desde el principio" de la creación y de que, por ello, es in-capaz de resolver la problemática tantas veces cruel y dolorosa de los fracasos materiales, morales y espirituales que afligen hoy al hombre y a la sociedad europea de nuestro tiempo con una gravedad pocas veces conocida por la historia. Queridas familias: porque queréis vivir vuestra familia en toda la verdad, la bondad y la belleza que le viene dada por el plan salvador de Dios, estáis aquí como protagonistas del nuevo Pueblo y de la nueva Familia de Dios, que peregrina en este mundo hacia la Casa y la Gloria del Padre, celebrando con la Iglesia el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, culmen y fuente de toda la vida cristiana -y consecuentemente ¡de la verdadera vida de vuestras familias!- como una Fiesta, iluminada por la memoria, hecha actualidad, de la Sagrada Familia de Nazareth.

Con la Sagrada Familia, formada por Jesús, María y José, se inicia el capítulo de la nueva y definitiva historia de la familia: el de la familia, que, fundada por el Creador en el verdadero matrimonio entre el varón y la mujer, va a quedar liberada de la esclavitud del pecado y transformada por la gracia del Redentor. Acerquémonos pues con la mirada de la fe, clarificada por la palabra de Dios, a la realidad de esta familia, sagrada y entrañable a la vez, que abre a las nuestras el tiempo nuevo del amor y de la vida sin ocaso. Llama la atención desde el primer momento de su preparación y constitución que lo que guía y mueve a María y a José a desposarse y acoger en su seno al Hijo, a Jesús, es el cumplimiento de la voluntad de Dios sin condiciones; aunque, humanamente hablando, les cueste comprenderla. María dice "Sí" a la maternidad de su Hijo, que era nada menos que el Hijo del Altísimo. Lo concibe por obra del Espíritu Santo, siendo Virgen y permaneciendo Virgen. José acepta acoger a María en su casa como esposa, castamente, sabiendo que el Hijo que lleva en sus entrañas no es suyo, ¡es de Dios! Se abandonan a su santísima voluntad, sabiendo que responden así a los designios inescrutables, pero ciertos, del amor de un Dios que quiere salvar al hombre por caminos que le sobrepasan por la magnitud infinita de la misericordia que revelan.

Son cada vez más conscientes de que a ellos se les ha confiado la vida y la muerte terrena de un niño, que es el Hijo de Dios, el Mesías, el Señor. Sí, sobre todo, lo sabe su Madre María que lo acompaña, a veces desde la distancia física, pero siempre desde una inefable cercanía del corazón hasta el momento de la Cruz: ¡la hora de la expropiación total del Hijo y de la Madre en aras del Amor más grande! En la escena del adolescente Jesús, perdido y hallado por sus padres en el Templo de Jerusalén, que nos relata hoy el Evangelio de San Lucas, se confirmaba y se preludiaba hasta qué grado de entrega y oblación de la vida conllevaba la aceptación amorosa de la voluntad del Padre: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?". Y, aunque ellos no comprendieron del todo lo que les quería decir, su angustia precedente quedó enternecedoramente compensada por el Hijo: Jesús bajó con ellos a Nazareth y, bajo su autoridad, "iba creciendo en sabiduría, estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres". Y "su madre conservaba todo esto en su corazón". De aquel amor de María y José, amor de total entrega a Dios, y, por ello, de una fecundidad humanamente inimaginable, ¡sobrenatural!, surge la familia en la que nace, crece y vive el Salvador del hombre, el Autor de la Nueva Vida, el Cabeza del Nuevo Pueblo de Dios, el Primero entre una incontable multitud de hermanos, que habrían de configurar la nueva familia humana.

Queridas familias cristianas de España y de toda Europa: miraos a vosotras mismas como esposas y esposos, padres e hijos, en el límpido espejo de ese prototipo de la nueva familia querida y dispuesta por Dios en su plan de salvación del hombre, que es la familia de Jesús, María y José.

¿Verdad que también vosotros podéis certificar que, cuando todo ese edificio de íntimas relaciones personales entre vosotros y con vuestros hijos se fundamenta en la vivencia fiel y siempre renovada de vuestro compromiso contraído sacramentalmente en Cristo, ante Dios y ante la Iglesia, os es posible e incluso sencillo y gratificante configurar vuestra familia como esa íntima comunidad de vida y amor donde se va abriendo día a día, "cruz a cruz", el camino de la verdadera felicidad? Entonces os sentís "como elegidos de Dios, santos y amados, para revestiros "de la misericordia entrañable, bon-dad, humildad, dulzura, comprensión". Sabéis pedir perdón y perdonáis. Sabéis sobrellevaros y ¿os santificáis mutuamente? Colocáis por encima de todo "el amor" que "es el ceñidor de la unidad con-sumada". ¿En quién y en dónde podrán encontrar los niños, que van a nacer, los discapacitados, los enfermos, los rechazados... etc., el don de la vida y del amor incondicional sino en vosotros, padres y madres de las familias cristianas? ¿Hay quien responda mejor y más eficazmente a las situaciones dramáticas de los parados, de los ancianos, de los angustiados por la soledad física y espiritual, de los rotos por las decepciones y fracasos sentimentales, matrimoniales y familiares, que la familia verdadera, la fundada en la ley de Dios y en el amor de Jesucristo?

En esta madrileña Plaza de Lima, el día 2 de noviembre de 1982, el inolvidable Juan Pablo II, declarado Venerable el pasado día 19 de diciembre por nuestro Santo Padre Benedicto XVI, celebraba una Eucaristía memorable, convocada como "la Misa para las familias" en el tercer día de su largo primer viaje por toda la geografía de las Diócesis de España ¡Viaje Apostólico inolvidable! En su vibrante homilía se encuentra un pasaje, cuya vigorosa fuerza profética no ha perdido ni un ápice de actualidad. Permitidme que os lo recuerde:

"Además, según el plan de Dios, -afirmaba el Papa- el matrimonio es una comunidad de amor indisoluble ordenado a la vida como continuación y complemento de los mismos cónyuges. Existe una relación inquebrantable entre el amor conyugal y la transmisión de la vida, en virtud de la cual, como enseñó Pablo VI, "todo acto conyugal debe permanecer abierto a la transmisión de vida". Por el contrario, -como escribí en la Exhortación Apostólica "Familiaris Consortio"-"al lenguaje natural que ex-presa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal.

Pero hay otro aspecto aún más grave y fundamental, que se refiere al amor conyugal como fuente de la vida: hablo del respeto absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o pública, puede ignorar. Por ello, quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad."

Benedicto XVI nos enseña hoy, en medio de una crisis socio-económica generalizada, un cuarto de siglo después de la homilía de la Plaza de Lima, en su Encíclica "Cáritas in Veritate": "La apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica... Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad".

El panorama que presenta la realidad de la familia en la Europa contemporánea no es precisamente halagüeño. El preocupante diagnóstico del estado de salud de la familia europea, que hacía en octubre de 1999 la II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos y que, después, Juan Pablo II recogía, detallaba y confirmaba en la Exhortación Postsinodal "La Iglesia en Europa", se ha ido agravando más y más. La actualidad del matrimonio y de la familia en los países europeos está mar-cada por la facilitación jurídica del divorcio hasta extremos impensables hasta hace poco tiempo y asimilables al repudio; por la aceptación creciente de la difuminación, cuando no de la eliminación, primero cultural y luego legal de la consideración del matrimonio como la unión irrevocable de un varón y una mujer en íntima comunidad de amor y de vida, abierta a la procreación de los hijos; por el crecimiento, al parecer imparable, de las rupturas matrimoniales y familiares con las conocidas y dramáticas consecuencias que acarrean para la suerte y el bien de los niños y de los jóvenes. A esta situación se ha añadido la crisis económica, con la inevitable secuela del paro y el desempleo como factor sobrevenido a la situación ya muy extendida de la crisis del matrimonio y de la familia. El derecho a la vida del niño, todavía en el vientre de su madre -del "nasciturus"-, se ve lamentablemente suplantado en la conciencia moral de un sector cada vez más importante de la sociedad, y en la legislación que la acompaña y la estimula, por un supuesto derecho al aborto en los primeros meses del embarazo. La vida de las personas con discapacidades varias, de los enfermos terminales y de los ancianos, sin un entorno familiar que las cobije, se ve cada vez más en peligro. Un panorama a pri-mera vista oscuro y desolador. Sólo a primera vista. En el trasfondo alumbran los signos luminosos de la esperanza cristiana: ¡Aquí estáis vosotras, las queridas familias cristianas de España y de toda Eu-ropa, para dar testimonio de esa esperanza y corroborarla. Con el "sí" gozoso a vuestro matrimonio y a vuestra familia, sentida y edificada cristianamente como representación viva del amor de Dios -amor de oblación y entrega, ofrecido y fecundo también en "vuestra carne"- y con vuestro "sí" al matrimonio y a la familia como "el santuario de la vida" y fundamento de la sociedad, estáis abriendo de nuevo el surco para el verdadero porvenir de la Europa del presente y del futuro. Europa, sin voso-tras, queridas familias cristianas, se quedaría prácticamente sin hijos o, lo que es lo mismo, sin el futuro de la vida. Sin vosotras, Europa se quedaría sin el futuro del amor, conocido y ejercitado gratuitamente; se quedaría sin la riqueza de la experiencia del ser amado por lo que se es y no por lo que se tiene. El futuro de Europa, su futuro moral, espiritual e, incluso, biológico, pasa por la familia realizada en su primordial y plena verdad. ¡El futuro de Europa pasa por vosotras, queridas familias cristianas!

Habéis recibido el gran don de poder vivir vuestro matrimonio y vuestra familia cristianamente, siguiendo el modelo de la Familia de Nazareth, y, con el don, una grande y hermosa tarea: la de ser testigos fieles y valientes, con obras y palabras, del Evangelio de la vida y de la familia en una grave coyuntura histórica de los pueblos de Europa, vinculados entre sí por la común herencia de sus raíces cristianas. Unidas en la Comunión de la Iglesia, alentadas y fortalecidas por la Sagrada Familia de Nazareth, por Jesús, María y José, la podréis llevar a un buen y feliz término.

¡Sí, con el gozo jubiloso de los que han descubierto y conocen que en Belén de Judá, hace dos mil años, nos nació de María, la Virgen y Doncella de Nazareth, el Mesías, ·el Señor, ·el Salvador, lo podréis! Amén.

 
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